domingo, 14 de junio de 2009

Milady González, se dedica a escribir literatura infantil y juvenil desde hace muchos años. En la actualidad tiene publicado en modalidad digital "La vaquita lechera" en http://www.lulu.com/, registrados tiene cuentos como "La historia del abuelo, El manantial, Carla la caracolita, Los felices de la charca, Periquien, La sílaba, y este Cigarra, Cigarro que publicamos para ustedes. Además Milady tiene las novelas cortas "Miel de avispa, el Ciclo de Clara y El ladrón de recuerdos".

MILADYS GONZALEZ, escritora dominicana

Publico su cuento, pues tuvo la gentileza de enviárnoslo. Es una joven dominicana que ya tiene varios libros dedicados a los niños. Su narración me parece completa, con todo lo que tiene que tener un texto dirigido a la infancia: diálogos y agilidad. Este viene con moraleja y transmite una cierta serenidad frente al aprendizaje de temas tan contundentes como la muerte. Lo dejo para que disfruten y alienten a Miladys por su oficio tan necesario en nuestro país.


Cigarra, Cigarro.
Sentado en lo más alto de la rama de un árbol, se encontraba don Cigarro.
Aleteaba a tal velocidad que sería imposible para el ojo humano ver sus alas, su cara roja como pimiento y su abdomen a punto de explotar. Cantaba el Cigarro, cantaba para su amada que desde lejos, y de reojo, lo miraba de vez en cuando.
-Cállese ya -dijo una vocecilla-. Estoy cansada de no poder dormir. Su canto es tan agudo, tan estruendoso y tan molesto que, desde que empezó el verano, ha sido un infierno este lugar.
Don Cigarro no entendió de qué se trataba aquella alharaca, pero así y todo escuchó en silencio las quejas de aquel ser diminuto que desde una rama le gritaba.
-Es usted tan pequeña, arañita de las nubes, que he tenido que hacer un esfuerzo para saber quién me hablaba.
La arañita se sintió ofendida, molesta e insultada. Corrió con todas sus fuerzas por la hojita que le hacía de hogar y al tocar el borde de la hoja se deslizó por su hilo de seda hasta llegar a donde estaba el Cigarro. De modo que quedó suspendida en el aire y frente a su cara le dijo.
- Yo soy una arañita. Soy pequeña, sí, es verdad que soy pequeña. Pero usted compárese con un búho y verá que es tan pequeño como yo. Sin embargo ni los búhos hacen tanto ruido como ustedes las cigarras.
Apacible y primoroso, el Cigarro estiraba sus translucidas alitas, acariciaba cada contorno de aquella delicadeza. Por un momento la arañita sintió que la ignoraba, por eso se balanceó hasta quedar frente a frente a los que en ese momento le parecieron unos ojazos a la arañita.
- ¿Qué le pasa? Le estoy hablando -dijo la arañita al cigarro.
- Discúlpeme, arañita de las nubes. Es que tengo una cita con mi novia mañana y tengo que estar impecable. ¿Sabía usted que cuando canto, le canto a mi amada?
- Es usted un descarado. ¿Me esta diciendo que solo cantan para enamorarse los cigarros? ¿Y las cigarras no cantan?
- No, las hembras no cantan, solo los machos cantamos y lo hacemos también para alertarnos cuando hay peligro. Pero la verdad es que la razón principal de nuestro canto es el amor.
Al expresarse así don Cigarro la arañita vio que era sincero. Y por un momento olvidó todo el insomnio que había padecido todo el verano. Pero recapacitó y entonces le dijo:
- Mire, don Cigarro, el amor es maravilloso, pero yo necesito dormir, deje de cantar, aunque sea por una noche, deje de cantar.
- No puedo dejar de cantar, si no canto no me caso con mi novia, y si no me caso no tendré hijos, y si no tengo hijos no dejaré mis castas en este mundo.
- Ni que fuera a morirse usted mañana, don Cigarro.
La arañita estaba segura que la engañaba y que su actitud era solo por fanfarronear.
- Machos. Todos son iguales. No importa que tan pequeños sean, siempre quieren ser el mejor de todos.
Más que un reproche aquello era un lamento de la arañita.
- Arañita de las nubes, perdone usted la impertinencia, será por poco tiempo que nuestro canto continuará, solo quedan unas semanas del verano, todos los cigarros nos iremos y, como ya le dije, las cigarras no cantan.
La arañita de las nubes dio media vuelta, resignada, sabía que tendría que escucharlos lo que quedaba de este verano y el siguiente si ella continuaba allí.
En su pequeña hoja en lo mas alto del árbol esperaba la arañita que terminara el verano, unas semanas que se hicieron eternas como el infinito, no muchos durmieron en aquel tiempo, porque aquel verano fue tan habitado por cigarras que a penas hubo espacio para los demás insectos y animalitos que vivían en aquel rincón del patio.
Pero como todo pasa, pasó el verano, y feliz la arañita de que hubiese terminado se deleitaba en sus habitáculos entre tejidos como una gran maraña de hilos invisibles.
Una mañana mientras tejía su casa nueva, la arañita de las nubes vio al búho dormido en una de las ramas más ocultas del árbol. Despacio, como acechándolo, se acercó a él, dio varias vueltas tratando de decirle algo, pero temerosa de despertarlo, asustarlo y que la aplastara con su enorme pata no dijo nada. Cuando comenzaba a cansarse hizo un minúsculo ruido como limpiándose la garganta, el búho, ave de sueño pesado durante el día no la escuchó, ella hizo el insignificante ruido una vez más, pero el búho continuaba profundamente dormido. La arañita de las nubes subió hasta una rama que se encontraba por encima de la cabeza del búho, después de mucho esfuerzo llegó al tope, ató su hilo de seda y se deslizó hasta quedar enfrente de la cara anteojos del búho, entonces con dos de sus patas lo tocó suavemente, el búho se acomodó sin notar el suave toque, y ella, ya cansada de la hazaña, gritó con todas sus fuerzas.
- Despiértese ya!.
Con toda su calma y sin notar la existencia de la arañita de las nubes, el búho estiró sus alas y una de sus patas y bostezó. Aquel bostezo asustó enormemente a la arañita quien se vio camino al estomago del búho y sin regreso.
- Hola, Señor Búho.
- Ohhh! Arañita de las nubes ¿cómo estás?
- Muy bien, muy bien. Lo veía yo dormir y me decía qué tranquilos estamos desde que se fueron las cigarras.
- Sí, las pobres. Los machos solo viven un verano. Después que se casan, se mueren todos los cigarros, y las cigarras se quedan solas a cuidar a sus hijos.
Una risa retraída y perturbada se escapó de la garganta de la arañita quien en aquel momento quedó perpleja ante tal noticia.
- Señor Búho, ¿cómo puede usted inventar tal atrocidad? ¿Piensa que le voy a creer que todos los cigarros que estuvieron aquí no hace una semana, cantando como si se fueran a morir…Un recuerdo de don Cigarro la hizo entender la verdad... Están muertos. Y terminó su frase con una expresión mezclada de tristeza y pesar.
- No puede ser. Pero, Señor Búho, eso es una crueldad. ¿De qué sirve que vivan entonces?
- Son las leyes de la naturaleza, mi querida amiga. La muerte es un acontecimiento natural que nos pasa a todos. Unos primero, otros después, pero al final es solo un ciclo.
- Pues yo pienso que si las cigarras solo vienen a este mundo a cantar para casarse es un desperdicio de la existencia.
- ¿Qué haces todo el día, arañita de las nubes? -preguntó el búho enfadado. Aquel modo de valorar la existencia de una cigarra no le pareció a él que fuera apropiada.
- Yo no molesto a nadie por lo menos. Esas cigarras… Perdón, los cigarros, no paran de cantar, y no cantan como los pájaros que deleitan en las mañanas, cantan sin ton ni son, es desesperante.
- Aun así tienen su utilidad, y que tú o yo no la conozcamos no quiere decir que sean inútiles.
- Pues si usted lo dice debe tener razón, usted ha vivido más que yo, es un ave de la noche que debe conocer bien de estas cosas.
El búho se sintió aliviado al escuchar la respuesta de la arañita y la miró compasivo de su inexperiencia y su ignorancia.
- Señor Búho, ¿Por qué no me cuenta más de las cigarras? ¿A dónde se van las madres con sus hijos?
- Ponen sus huevos en árboles, y esperan hasta el próximo año para reaparecer. Hay unas cigarras que se tardan diecisiete años en reaparecer, son de los insectos los que más tiempo de vida tienen.
La arañita se quedó admirada. Y con marcada tristeza dijo:
- Yo conocí a un cigarro cantor. No fui muy amable con él. Me arrepiento ahora que se adonde se fue.
- Yo también conocí a un cigarro, pero este no era cantor. Era mudo.
- ¿Mudo? Oh no. Eso si que debió ser terrible.
- Sí, mucho. No pudo casarse nunca. Ninguna cigarra quiere casarse con un cigarro que no cante. Con su canto demuestran su fortaleza, las cigarras no quieren hijos débiles que no canten. El propósito de un cigarro es ser feliz, igual que el propósito de todos los seres del mundo.
- Qué triste debió estar el cigarro.
- Muy triste. Pero yo le conté la historia de una mariposa que nunca pudo volar.
Los ojos de la arañita parecieron saltar de su cara.
- ¿Una mariposa sin alas?
- Sí, sin alas. Pero no por faltarle sus alas deseó morirse. Hizo su vida normal, y cuando se casó tuvo hijos hermosos que sí tuvieron alas.
- Señor búho, ¿y usted es feliz? -preguntó la arañita. Aquella pregunta sorprendió al búho quien pareció visiblemente turbado.
- La verdad es que todos vamos en busca de algo que nos haga felices siempre. Yo sin embargo no busco nada que me haga feliz, porque todo lo que puedo necesitar lo tengo. Está dentro de mí.
- ¿Y qué es eso? ¿También yo lo tengo?
- Todos lo tenemos. No importa el tamaño que tengamos. Es un gusanito. Es el gusanito de la felicidad. Lo que pasa es que también tenemos el gusanito de la desconfianza, de la tristeza, de la ignorancia, además del gusanito de la felicidad tenemos otros gusanitos que luchan constantemente en contra del héroe de la vida. Solo hay que tenerlo presente y saber que el gusanito de la felicidad está por encima de cualquier otro gusanito.
La arañita se mostró dudosa. Y el búho le dijo.
- Ves, ahí está ese gusanito de la duda. Una carcajada de la arañita iluminó el solemne momento. - Tiene usted razón, Señor Búho. Yo también tengo ese gusanito de la felicidad.
El búho comenzó a dormirse mientras la arañita continuaba su conversación. Su vocecilla parecía cantarle una canción de cuna al búho. Cuando la arañita lo vio profundamente dormido, escaló su hilo y volvió a su trabajo. Tenía que aprovechar la tranquilidad del verano porque cuando llegaran las cigarras cantaría con ellos hasta quedar completamente ronca.
-- Milady Gonzalezmilady@sosuanet.com

viernes, 12 de junio de 2009

Delfín Vs Murciélago

Fábula de Leibi Ng


El murciélago y el delfín


Un murciélago curioso


al mar se fue un día a buscar


al delfín que le aceptara


un reto para pelear.


Después de volar la noche


se posó en un arrecife


y divisó a los delfines


que retozando vinieron.


-!Eh, tú, el más brilloso!


Te reto a un duelo ultrasónico


para probar que a nosotros


ningún pez nos quita el sueño.


El delfín no se inmutó,


pero emitió tal silbido


que como todos sabemos,


casi perfecto, invaluable


es la envidia de un radal.


¿Sabes que después del hombre,


es que va nuestro cerebro?


-Lo sé -repuso el murciélago


y a seguidas continuó:


-Y tú no podrás negar


que es virtud en la raza mía,


adaptarnos sin melindres


ante cualquier situación.


-No lo discuto y comprendo


que probablemente tú,


hayas venido hasta aquí,


impedido de encontrar


amor en comunidad.


Para lanzarme este reto


seguro que haz de extrañar


juego, calor familiar...


El murciélago calló


pues comprendió


en un instante su porfía y temeridad.


Prueba grande de un entorno
falto de seguridad
es que seres inferiores salen siempre a provocar


a quien con tan buena estrella


vive feliz en el mar.

La enferma y su cama

Fábula por Leibi Ng

La enferma y su cama
Rectangular y sudada
la cama ahora sostenía
a la enferma que lloraba
porque no se deshacía
del mal que la maltrataba.
-No llores -dijo la cama.
Ten en cuenta que hay enfermos
que están en el duro suelo
y jamás tendrán almohada.
-Sí -repuso la infeliz. Eso
será en tu lugar, pero yo
que estoy tan mal, sufro
demasiado aquí,
y como piso no eres
déjame que me acomode,
pues no te puedo apreciar
porque ansiando estoy la muerte
para poder descansar.
Trata de diferenciar dentro
de dos males, uno;
porque el más grave !seguro!
siempre al otro vencerá.

sábado, 30 de mayo de 2009

La singular sintaxis de Lucía Amelia Cabral



Lección de la Silla de Guano al Presumido Burrito

por Lucía Amelia Cabral
De su libro Hay cuentos que contar, 1977, Ediciones Sargazo

En una ocasión, en el campo de don Pedrito, una silla de guano le dio tremenda lección a un presumido burrito.
Esta es la historia tal como es conocida.
Le decía el burrito un día a la silla de guano:
_¡Ay, amiga silla! Te digo que no sé cómo se haría el bueno de don Pedrito sin nosotros dos. Es más, -continuaba el burro asegurándole a la silla de guano, -si le llegaras a faltar tú, sé que todo le sería muy difícil, demasiado difícil, pero... y si acaso no me tuviera a mí... Piénsalo tú, que yo francamente ni imaginármelo puedo.
-Y con razón -añadía el burro -porque no podemos pretender hacer posible lo imposible.
Y mientras hablaba, tan convencido se mostraba el burro y tanto gozaba de lo que decía que soltaba una patada, y no sólo una patada, sino otra y otra más.
-¡Pebú! ¡Pebú! ¡Burrito! -intentaba callarle la silla de guano. -¡Qué insensata tu intranquilidad! ¿Será acaso que tienes ofuscado el pensamiento? Sí, tiene que ser... porque mira que es flaquita tu preocupación cuando sabes que jamás nuestra ausencia podrá don Pedrito lamentar... A menos, claro está, que -aunque expresando lo contrario- algo estés tramando y no comprenda yo de lo que se trata, pues de irse alguno -bien lo sabes- yo no puedo ser. Pero en cambio tú... si eres ingrato, puedes hacer camino solo. De modo que, Burrito, te pido que no gastemos palabras sin necesidad. ¡Guardémoslas! ¡Valen mucho para desperdiciarlas!
Mas este comentario de la silla de guano no le bastó al burrito de naturaleza carpetosa.
El burrito le tenía, sí, cariño a su compañera, la silla de guano, pero era también de opinión que no por eso debía dejar a un lado sus propios criterios de la vida.
-Oye, amiga del alma, no deseo que mal interpretes mis expresiones. No, -proseguía su impertinencia el burrito sin darse cuenta que tal vez hería el corazón de la afectuosa silla de guano de don Pedrito. -No es que tenga planes, planes de marcharme yo y dejarte, ni a ti ni a don Pedrito. ¡Nunca! Bien tranquila puedes estar. Más bien mi comentario resulta de serias reflexiones. De esos días, sillita, que uno se detiene a ver con calma el mundo. Le da a uno por pensar. Pensar, para al final reconocer verdades y desestimar una que otra cosita que no merece la pena. Y te digo que yo he estado pensando, reflexionando, logrando apreciar en su justo valor muchas cosas...
-¿Tú, Burrito, pensando? ¡Jum! Me sorprendes, de verdad, Burrito. ¿Tú, reflexionando!
-¡Ay,, ¿dónde has olvidado tu educación, Silla de Guano? ¿Qué haces interrumpiéndome? Pues, sí, te decía, que valorando muchas cosas he llegado a la conclusión de que yo, el burro de don Pedrito, sin temor a equivocarme, soy mucho más importante que tú, su silla de guano.
-¡Qué! ¿Qué dices? ¿Acaso habrán mis oídos escuchado bien tu perorata? ¿Me hablas a mí, amigo asno?
-Pero, ¿realmente te extraña mi comentario? -exclamó el burro. -Te repito, te repito... ¡SOY MÁS IMPORTANTE! Yo le llevo a la ciudad a vender los frutos. Soy yo quien le acompaña adonde los vecinos. Yo cargo el agua. Día tras día. Yo hago con él todas sus diligencias y de noche soy yo quien cuida del conuco y de la casa. Que no te quepa la menor duda; eso, Silla de Guano, es ¡IMPORTANCIA!
La silla de guano se quedaba azorada. Aunque no era mal humorada ni resentida, se tapaba los oídos, dispuesta a oír ni una palabra más de lo que el asno le día. Creía la sillita que con su silencio ayudaría al amigo burro a volver a su sano juicio. Pero, no. Dale que dale, él proseguía cantando sus hazañas cotidianas junto a don Pedrito.
-Bueno -decidió intervenir la silla. -¡Basta! Por tu bien te voy a dar una lección: Nunca más, amigo Burro, trates de decir lo que eres o cuánto crees que vales estableciendo -como lo has hecho- una necia comparación. Por esta vez te perdono. No me doy por ofendida pero escucha por esas orejas grandes, grandotas tuyas lo que tengo que aclararte. Pon atención. Ni siquiera quiero verte mover el rabo. Te digo:
¡T O D O S
S O M O S
I M P O R T A N T E S!
Aún los que menos crees. Por ejemplo, tú y yo. No eres menos. No soy más.
Ni más ni menos.
Igual necesitamos cuatro patas para estar de pie. Ambos igual.
Igual nos visten de guano, ambos igual.
Igual se acomodan en nosotros, ambos igual.
Igual de fieles a don Pedrito somos, ambos igual.
¿Comprendes, Burrito? Iguales aunque diferentes.
Y, así como es cierto que tú llevas y traes a don Pedrito, le ayudas, le cuidas y le acompañas; es conmigo que él descansa. Reposa. Recobra sus energías. Meditanto, mira atrás el día que pasó, ve el día de hoy y sueña con el día de mañana que será mejor

jueves, 28 de mayo de 2009

CUIDADO CON LO QUE DIBUJAMOS Y NARRAMOS EN L.I.J.

La mujer en la cocina se repite una y otra vez en los libros de literatura infantil y juvenil a pesar del esfuerzo paulatino de modernos creadores, quienes se esfuerzan por cambiar los modelos tradicionales de comportamientos. A continuación, unos apuntes del sitio http://www.ducotedesfilles.org/ a favor de nuestras chicas, niñas, muchachas. Las imágenes simbólicas Las ilustraciones transmiten un mensaje paralelo al del texto sirviéndose de un léxico simbólico del que se podrían encontrar las raíces lejanas en la imaginería popular y que describe una sociedad patriarcal tradicional, sobre todo rural. No sabiendo aún leer, el niño pequeño interroga interminablemente las ilustraciones de los libros y aprende muy pronto a descifrarlas. Observándolas con la misma atención es posible catalogar el aparato simbólico del que se sirven los libros para instruir a los niños acerca de los papeles sexuales en la familia y en la sociedad y acerca de las características psicológicas (que se les presentan como innatas y naturales) de los hombres y de las mujeres, de los niños y de las niñas. Algunos de los símbolos más frecuentes El mandil (delantal) es el símbolo principal del papel femenino por excelencia: la limpieza de la casa, el cuidado de los niños. En las escenas de calle, el delantal está sustituido por la cesta o el carro de la compra, la sillita y el cochecito del niño. Cubos metálicos, escobones anticuados, escobas de esparto, bayetas chorreantes, aparecen a menudo en las imágenes para hablarnos del carácter inmutable de las tareas caseras, de su fatalidad, de su perennidad, para decirnos que la tecnología no es asunto de mujer. La imagen de una mujer a cuatro patas, un mechón sobre los ojos y un cubo metálico a su lado, ocupándose en frotar el suelo con un cepillo, es un tópico de los libros infantiles. Imagen de la película "Como agua para chocolate". El sillón es el trono del padre, el símbolo de su autoridad y de su poder. Las gafas simbolizan la inteligencia, la instrucción. Sirven, cuando una niña las lleva, para advertirnos de que es muy lista; pero sirven también, puesto que está entendido que con ellas la niña queda afeada, para establecer la tradicional incompatibilidad, en la mujer, entre belleza e inteligencia. La antipática “primera de la clase” fanática del trabajo escolar, la directora de escuela agria y detestable, la “solterona” desabrida, llevan gafas. La madre las lleva muy raramente. Los periódicos son la información, la modernidad, la participación en la vida de la colectividad: el padre y el abuelo los leen, así como los hombres en la calle y en los transportes públicos. Del mismo modo que los cuentos de hadas, los libros, que el pequeño formato y la cubierta rosa permiten a menudo identificar con las novelas sentimentales y fútiles, son símbolo de falta de interés por lo real, de evasión en el imaginario y, al límite, de irresponsabilidad social. Los unos y los otros están reservados a las mujeres y a las niñas. La cartera, (maletín) que simboliza la profesión intelectual o de ejecutivo, es un atributo exclusiva- mente masculino y sobre todo paterno: en vano se buscará en los libros ilustrados una mujer, y aún menos una madre, que la posea. A pesar de la pobreza de los modelos femeninos propuestos por los libros infantiles, se reconocen entre ellos los dos polos tradicionales de la imagen de la mujer, la santa y la puta, en una versión adaptada a los más pequeños. Frente a la madre sacrificada, fatigada y virtuosa, otra mujer es a menudo descrita en sus comportamientos o su carácter. Se trata de la antipática “dama elegante” inútil, explotadora, irresponsable, frívola, vanidosa. Vestida de forma ridícula, demasiado delgada porque es adicta a regímenes y gimnasia, consumidora neurótica, la “dama elegante” derrocha en vestidos y cosméticos el dinero ganado por su marido, en lugar de ocuparse de su casa. A menudo, un sombrero excéntrico con flores, plumas o pájaros, nos informa de su rareza e incluso de su locura; paquetes y bolsos firmados por “boutiques” de lujo, nos hablan de su frivolidad y de su parasitismo. En la niña, cintas, lazos, chirimbolos en forma de florcita o de mariposa y otras cursiladas son el símbolo de la coquetería necia, de la feminidad atolondrada, de la tontería. Si la madre-ama de casa es el modelo positivo omnipresente, los libros proponen a la antipatía de los niños algunas mujeres transgresoras. Ante todo la mujer de poder, directora de escuela dictatorial, reina despótica o vecina autoritaria, objeto de odio y de sarcasmo. La mujer sin casar no puede ser, en los libros para niños, más que la clásica “solterona”, dejada por imposible a causa de un físico o de un carácter que los hombres rehuyen. Huesuda, mal arreglada, con un sombrero ridículo, zapatos demasiado grandes y gafas, la “solterona” es la víctima de ilustradores e ilustradoras, que se lo pasan en grande con ella si apenas el texto lo permite. Un símbolo contundente: la ventana, habla a los niños de la pasividad de la mujer y de la niña en su papel de espectadoras de la actividad y de la creatividad masculinas. Princesas prisioneras en la torre del castillo, jóvenes que esperan el gran amor, niñas taciturnas, madres pensativas y melancólicas, contemplan la actividad de fuera sin abandonar su espacio propio, el interior de la casa. Mujeres y niñas aprecian y alientan la construcción del mundo por los hombres en las obras, los campos y la calle, ven pasar la vida sin participar en ella... La ventana las retiene y las protege, las informa y las excluye. La ventana nos habla también de romanticismo y de ensueño: la huida de las mujeres y de las niñas en el imaginario es uno de los tópicos de la literatura infantil. El mensaje de la ventana es insistente: la mujer pertenece al interior y a la afectividad, su relación con el mundo real está filtrada por una pantalla que la aísla. La ventana es su mirada, una mirada que, a menudo, está empañada por la lluvia.

Los mejores peluqueros, cuento de ciguapa por NELLY GARCÍA DE PIÓN

  Los mejores peluqueros, por Nelly García de Pion Durante los últimos días había llovido sin parar. Nubes grandes y grises bailoteaban en e...