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jueves, 29 de junio de 2023

Entregan PREMIO BIBLIOTECA NACIONAL DE LITERATURA INFANTIL a MIGUEL PHIPPS CUETO

 


«Miguel Phipps Cueto es un académico, cuentista, novelista, narrador de literatura infantil dominicano, miembro de la Academia Dominicana de la Lengua, Miembro del Consejo Nacional de Cultura, Jurado ante el Premio Nacional de Literatura, y Presidente del Consejo Editorial de la Universidad Central del Este en la República Dominicana.

Nació en el Ingenio Consuelo, Provincia San Pedro de Macorís, en 1955. Hijo de David Phipps (Inmigrante cocolo) y Venecia Cueto (dominicana). Se casó con la señora Juana Modesta Cabrera, con la que ha procreado tres hijos: Juan Miguel, Carlos Miguel y Yamell Idelkys.

Está considerado como uno de los escritores dominicanos más prolíficos de la última década.

Reconocido como Hijo Ilustre y Meritorio del Municipio Consuelo, Hijo Distinguido de San Pedro de Macorís, Egresado de Honor de la Universidad Central del Este. Galardonado: Un siglo de Protagonistas Macorisanos. Movimiento Cultural Dominicano: Trabucazo del año 2004. Premio Nacional de Literatura Infantil.

Su preparación profesional incluye: Maestría en Administración Educativa, Postgrado en Supervisión educativa, Postgrado en Metodología de la Enseñanza, Licenciado en Educación, Mención Biología y Química, Maestro Normal Primario, Diplomado en alta Gerencia de Recursos Humanos y Diplomado en Código Laboral.

Es reconocido por el Ministerio de Cultura, el Ministerio de Educación, la Presidencia de la República, la Academia Dominicana de la Lengua, el Consejo Nacional para la Niñez (CONANI), y el Instituto Nacional Técnico Profesional (INFOTEP).

También, ha sido reconocido en las provincias de San Juan de la Maguana, Monte Plata, San Cristóbal, Elías Piña, Barahona, Monte Cristi, Dajabón, La Romana; y los municipios de: Las Matas de Farfán, Bayaguana, Quisqueya. Por los colegios: Villas del Mar Internacional, Cristo Rey, Psicopedagógico y Limardo. Institutos: “El Contador” y el Instituto Dominicano de Seguros Sociales. Los hospitales: Jaime Oliver Pino, Dr. Luis Beras, Carl Teodoro George, Dr. Antonio Musa. El Central Romana, Cámara de Comercio y Producción, Inc. San Pedro de Macorís, Cámara de Comercio y Producción, Inc. San Cristóbal, Sindicato de Choferes SITRAHAM, Grupo Empresarial Detallista y la Fundación Espacios Culturales.

Una biblioteca en el Municipio Consuelo tiene su nombre. En la XIII Feria Internacional del Libro, Santo Domingo 2010, una calle ha sido dedicada al laureado escritor.

El periódico Hoy, a través de su revista Tinmarín, realizó un concurso nacional con su cuento Nacimiento Divino.

La revista Al Compás, del periódico Listín Diario en la República Dominicana, ha publicado varios de sus libros infantiles. Por su calidad literaria, el periódico Listín Diario publicó su cuento perfecto: Virginidad Sacrílega; y en el mes de diciembre del 2004, el mismo periódico publicó de manera completa Nacimiento Divino.

Textos suyos son estudiados en escuelas y universidades y han sido antologados en sucesivas publicaciones nacionales e internacionales; algunos han sido traducidos al italiano. Su colección de cuentos El Seno de lo Prohibido fue reeditado ocho veces y Las Hogueras del Infierno, cinco.

La Secretaría de Estado de Educación aprobó la publicación de tres volúmenes de cuentos infantiles de Miguel Phipps que son ya material de apoyo para la comprensión lectora y el comentario oral de los estudiantes del nivel básico».

Hoy, 29 de junio de 2023, cuando se conmemora el natalicio del insigne PEDRO HENRÍQUEZ UREÑA, la Biblioteca Nacional entregó a MIGUEL PHIPPS CUETO el Premio Biblioteca Nacional de Literatura Infantil que otorga la institución, mediante jurado, a la trayectoria literaria del autor a través de sus obras; sus aportes a la identidad nacional, educación infantil y transmisión de valores. El galardón fue entregado por el Dr. Antoliano Peralta, en representación del Presidente de la República, Luis Abinader, y el director de la BNPHU, Rafael Peralta Romero. Este premio tiene una dotación de un millón de pesos.

La fotografía del escritor Miguel Phipps fue colgada al lado de las galardonadas Lucía Amelia Cabral (2021) y Margarita Luciano (2022), presentes en la ceremonia. También quedó abierta al público una exhibición de las obras del autor petromacorisano, quien se caracteriza por transmitir con su literatura la esencia de su tierra.

lunes, 20 de junio de 2022

El día en que Guillermo cambió su forma de ser, cuento de Rafael Peralta Romero


La gente quedó maravillada. En el vecindario fue la sorpresa mayor. En la escuela ni se diga. Llegó a hablarse de milagro o de que la Virgen escuchó el pedido de la madre. La abuela tomó el asunto como mal augurio, porque podría significar que el muchacho se iba a morir muy pronto. Todo el que lo conocía tuvo que ver con el caso, el día en que Guillermo cambió su forma de ser.

Ah, Guillermo... Las cosas que se le ocurrían a Guillermo. Nadie disfrutaba como él provocarle una maldad a un hermano, un amigo o un compañero de estudios. Si era en el juego, esconder una pelota para que nadie jugara resultaba cuestión simple para él. Si estaba en el aula, cambiar de lugar los libros y cuadernos de otros alumnos era una de sus diversiones.

Además, gozaba Guillermo cuando a uno de sus compañeros le preguntaban algo que no sabía responder. Era momento en que vociferaba “¡burro!”, para exponer a las risotadas de los demás a la persona en cuestión.

Siempre anduvo en busca del elemento chispeante o llamativo para sobresalir.

Podía ser colocándoles colas de papel a otro muchacho o pegándole en la espalda un rótulo que dijera por ejemplo “soy loco” o “se vende este burro”. También podía ser haciendo ver su conocimiento de alguna materia cuando alguien atravesaba un apuro, precisamente por desconocer eso.

A Pedrito, un vecino suyo de butaca, le pasó quizás lo peor que pudiera pasarle a un alumno debido a la conducta de Guillermo. Estaban en un examen de matemática y habían acordado previamente algo que nunca deben hacer los buenos estudiantes, que era decirse entre sí lo que cada uno no supiera. Pedrito dijo a Guillermo dos temas del examen hasta que éste los copió cuidadosamente en su temario.

Luego cuando Pedrito solicitó a Guillermo que le dijera algo de tipos de triángulos y esas cosas, Guillermo se paró y pidió a la profesora que lo cambiara de lugar.

“¿Qué te pasa?”, preguntó la profesora y Guillermo respondió señalando a Pedrito: “Es que este muchacho me está molestando”.

La profesora inquirió algo más sobre el particular y Guillermo dijo que Pedrito le estaba preguntando asuntos del examen. La profesora procedió a quitarle el papel a Pedrito sin este haber terminado, además de echarle públicamente una reprimenda ante la cual Pedrito sintió que la cara se le caía de vergüenza.

Pero Guillermo iba más allá. Su mente se mantenía activa procurando formas de molestar a alguien. Un blanco seguro de sus ataques era Loyda, una niña que se sentaba delante de Guillermo. El hecho de ser muy blanca fue causa de mortificación debido a que Guillermo nunca le dijo su nombre, sino canquiña, pedazo de palmito, blancuta o cualquier denominación relacionada con la blancura.

El día que en una clase de naturales la profesora explicó las propiedades del agua, Guillermo vivió un gozo inmenso y repitió “Inodora, insípida e incolora… como Loyda”.

El hecho de ser de piel muy clara sirvió a Loyda para sufrir el escarnio de Guillermo. Pero para Benjamín fue lo contrario. Sintió herida su interioridad cuando por causa de su negrura Guillermo le llamaba carboncito y con otros nombres despectivos. Además, solía decirles a ambos muchachos: “Júntense para que hagan un café con leche”. Y reía a chorros.

Preguntar el significado de una palabra recién localizada en el diccionario fue una diversión que Guillermo practicó al pasar el tiempo. Igualmente hacía quedar mal a sus compañeros preguntando la capital de un lejano país de África. Inclusive, su profesora titubeó para responder una vez que al intrépido muchacho se le ocurrió interrogar acerca de la capital de Gran Bretaña. Todos quedaron pensativos.

—Dígale, profe, a este grupo de brutos, para que aprendan como yo— dijo dirigiéndose en tono descortés hacia la maestra.

Ella no respondió y prefirió que lo hiciera Guillermo.

—¡La capital de Gran Bretaña es Londres!, —dijo enfáticamente y todos los niños quedaron boquiabiertos.

Estaban confundidos, pero no decían nada. Sólo una niña delgada y de apariencia frágil se paró para decir que Guillermo estaba equivocado. “Porque aquí nos han enseñado que Londres es la capital de Inglaterra y no de ese país que él dijo”. Guillermo estalló en risa alborotada, a la vez que increpaba a la muchacha con estas palabras:

—¡Pedazo de animal, míralo aquí donde lo dice, tú no sabes que Inglaterra es sólo una parte del Reino Unido...!

Guillermo tenía en sus manos un diccionario y mostró a quienes quisieron verla, la información que había proclamado a voz en cuello. Otros no supieron que decir ni qué hacer, pero a todos penetró un remolino de dolor por la forma en que Guillermo los humillaba.

Quien no había sufrido la escondida de un libro u otro objeto por parte de Guillermo, sintió que un día le faltó la merienda que trajo desde su hogar para comerla en la hora de recreo o se encontró en los cabellos un paquete de cadillos. Todo era obra de Guillermo. Y de verdad que el muchachito se convirtió en un tormento. Las niñas anduvieron espantadas por temor a que Guillermo les amarrase el lazo de la falda al pupitre y a cualquiera pudo ocurrirle que Guillermo le colocara un objeto ajeno en su mochila para aparentar intenciones de robar. Por causa de este comportamiento pasó un gran susto Andrés, ya que el propio Guillermo sugirió a la profe que revisara la mochila de ese niño cuando otro declaró que perdió su libro de Lengua Española. Desde ese día Andrés se convirtió en un solo llanto y se negaba a ir a la escuela.

Las cosas han cambiado. Ya lo dijimos. Guillermo es ahora un alumno formal y correcto.

Antes de la transformación, ocurrió que los alumnos del séptimo A y los del séptimo B fueron llevados a un paseo en el campo. Se establecieron en una antigua casa donde habitaban los abuelos de una de las profesoras. Era una casa de madera grande y ventilada, ubicada cerca de un río y rodeada de frutales. Jugaron, cantaron y comieron en abundancia. Cuando el sol se tornaba rojizo y tenue recogieron sus bártulos para regresar. Las maestras miraron detenidamente y reflejaron en sus rostros lo que buscaban. El microbús estaba encendido y presto para arrancar. Se oyó una voz:

—Falta alguien, profe.

—Yo sé quién, es verdad.

En realidad, faltaba Guillermo. Quien primero lo notó fue Loyda, a la que Guillermo llamaba “inodora, insípida e incolora”. Todos dirigieron sus sentidos a buscar a Guillermo. Caminaron todos los lados del patio y de la casa y muy pronto dieron con él porque gritaba.

Había caído en un hoyo lleno de aguas sucias y hediondas. Todos los niños quedaron extrañados porque cuando llegaron vieron que ese hoyo estaba cubierto de tablas y planchas de zinc. ¿Cómo pudo Guillermo caer en él?

Antes de averiguar lo sacaron y le quitaron sus ropas empapadas de pestilencia. Lo bañaron con jabón y suficiente agua clara hasta dejarlo limpio. Todos lo consolaban para que no siguiera gimiendo. Varios niños se despojaron de piezas de vestir para cubrirlo. El primero en entregar su abrigo fue Benjamín, llamado carboncito por Guillermo.

Cuando Guillermo estuvo limpio y con ropas secas, las maestras y los demás niños siguieron analizando cómo cayó en el hoyo inmundo. Es que el propio Guillermo quitó algunas de las tablas que lo cubrían y puso en su lugar unas hojas de plátano. Preparaba así una broma fenomenal. Luego olvidó lo que había hecho. Pasó corriendo por el lugar y cuando pisó sobre las hojas, éstas abrieron y Guillermo se precipitó al fondo del pozo con aguas fétidas.

Desde entonces Guillermo pasó a ser el niño más comedido y correcto de toda su escuela.

Rafael Peralta Romero

lunes, 27 de junio de 2016

La niña de agua por Rafael Peralta Romero


Melancólica, frente al río, la niña llovía lágrimas.
Se apoyaba en una piedra alta y pulida,
como si se recostara en el tronco de un árbol.
tanto lloraba que parecía que con sus lágrimas
quisiera aumentar el caudal del río.
Pasó por allí un agricultor que vio sin detenerse
que una niña lloraba.
Iba el labriego con su mente muy lejana,
pues pensaba que los pájaros podían dañarle la cosecha
y como tan ocupada llevaba su atención, no dispensó a la niña
ni un saludo, ni una palabra.
Pudo decir “niña, ¿qué te pasa, por qué lloras?”,
pero pasó y no dijo nada, como si nadie estuviera allí.
la niña seguía gimiendo.
Cuando ya del labrador no se veía ni la silueta,
asomó al lugar un maestro, con su portafolio 
y su ropa bien planchada.
Llevaba reloj de pulsa y justamente cuando llegó al punto
más cercano a la niña, lo miró. En su rostro se dibujó
una inquietud, se le estaba haciendo tarde.
“Los muchachos se pueden desesperar”, pensó
el profesor y aceleró el paso. En ningún momento
dijo nada a la niña que recostada sobre una piedra
más alta que ella, lloraba sin parar. Ni siquiera dijo
“niña ¿qué te han hecho?”.
“A nadie le importa mi dolor”, pensó la chica y lo creyó
más todavía, cuando pasó por el lugar un predicador.
Llevaba una biblia negra, con los bordes rojizos y su pensamiento
andaba distante, pues dedicaba todo su esfuerzo a memorizar
un grupo de palabras que quería repetir más adelante.
el predicador no se detuvo a observar que una niña lloraba
tanto como para alimentar el río. Y pasó sin decir nada.
en ningún momento dijo “¡Dios, qué le ha ocurrido a esta niña!”.
La niña aumentó entonces la intensidad de su llanto.
El río estaba muy quieto y podían verse claritas las ondas
que se formaban cuando caían las lágrimas. 
Una ranita pálida y delgada sintió que algo extraño ocurría
y dio un salto fuera del agua. Se posó sobre un trozo de palo
varado sobre yerbas acuáticas y de inmediato
quiso consolar a la muchacha.
—Dame razón de tu llanto, dime por qué tantas penas —dijo la rana
mientras miraba fijamente a la niña.
—Es que me han dicho —dijo entre gemidos la niña—
que yo me parezco al agua.
—Y eso ¿qué importa? —inquirió la rana. 
a lo que la niña respondió:
—Olor no tendría si soy como el agua.
También, amiga, me faltará el sabor.
no sé qué será de mi vida
si en mí no hubiera color.
La rana rió de buen modo y tan fuerte fue su cua cua, cua,
que se oyó en los charcos vecinos. La niña entre tanto,
palideció aún más y aunque había disminuido el llanto,
aumentó su desconsuelo. Creyó que la rana se burlaba
de su dolor y eso le dio nueva fuerza para sus gemidos.
La rana sospechó que algo extraño pasaba y detuvo la risa.
Apoyó más sus patitas delanteras sobre el madero, levantó la cabeza
y en tono grave, como si fuera una maestra, quiso decir algo muy serio:
—Así no razones,  —dijo la rana,
pues mejor que el agua nada
piensa que eres pura, mi niña.
importante, necesaria y diáfana.
Como a la niña no le bastaban estas razones
para remediar su desconsuelo, la rana siguió
buscando en su diminuta cabeza otros argumentos
para calmarla. Se empeñó en explicarle
que no se mofaba de ella y que el motivo de su risa
jamás sería la burla. Asumió la rana un tono tan familiar,
tan tierno, que no dejaría duda a su interlocutora de que
le hablaba con el corazón.

© Rafael Peralta Romero

martes, 31 de enero de 2012

A la orilla de la mar



Lucia Amelia Cabral

Preciso, sagaz, Rafael Peralta Romero ama el reto.  Hace suyo el espacio en blanco y lo construye.  En ese oficio ignora confines.  Cuenta, pauta y deslumbra.  Suelta las amarras.  Arma el escenario.  Espabila la inventiva,  templa sus palabras preferidas.  Y la historia real y genuina se hace para siempre posible.  Cuenta para los niños, para los jóvenes, para los mayores.  Cuenta corto, cuenta largo, con manifiesta intención de convocar.  Si ha de asustar, asusta.  Si cabe la provocación, provoca. Hace reír cuando toca reír.  Afinca y avanza.  Sin ñoñerías, sin repugnancias, sin pesimismo, se alza chispeante su prosa.  Ajena a cabos sueltos, se enseñorea en el salobre territorio de los recuerdos y la fantasía, como en el caso de esta fecha especial, a los pies mismos del mar.
De agua clara, de arena tibia, de magia y espuma, la narrativa de Rafael Peralta Romero transforma lo cotidiano.  Torna lo sencillo en una experiencia para compartir, en una ocasión irrepetible por la ruta del destino memorable.  Su palabra certera dispara su desbordante gozo de contar, para espigar su propia esencia y conectar con la vida de manera muy singular.   
Un ejercicio muy lúcido, muy puntual, en horario de luna y sol, le sirve de tinglado a su arte de escribir. Su factura limpia, irrenunciablemente pulida, airosa, tiene arquitectura de estilo, con curiosidad de mañana que asoma en la cama del mar amigo.  Rafael Peralta Romero construye, deconstruye y reconstruye, cara a cara a la imaginación y la realidad, al mito y la verdad para endosar el mundo presente, el que fue y el que vendrá, el que nos reúne y une.  Proclama la suya de literatura dominicana y universal, de hoy y después.
Agradezco emocionada esta tarde de invierno sub-tropical que nos ha traído a la vetusta casa de la Academia Dominicana de la Lengua por convocatoria de A la orilla de la mar, que ha sabido valerse de su titulo sugerente y hermoso.  ¿A la orilla de la mar?  ¿De qué mar?  El de Miches, sede de la nostalgia del amigo Rafael y puerta atlántica a la esperanza azul de muchos dominicanos. 
Deliciosa marina travesía esta, cobijada en la amistad con la naturaleza amable y el viento bueno en la playa del recuerdo, que al atardecer se pinta de fulgurante costa del imaginario.  Esta última obra de Rafael Peralta Romero, que agrupa diez textos fascinantes, tiene además el apoyo precioso de Ana María Cöen, una celebrante de todos los tonos de la acuarela, quien aparentemente también ha descubierto los secretos del mar con el mismo fervor que el de las cayenas y palmeras, aves y nubes del cielo. 
Qué magnifico inicio es Boquita para invitar a descubrir los encantos de A la orilla de la mar.  Hasta me enseñó –confieso que lo desconocía- el grave asunto de la paternidad irresponsable de los maqueyes, dolorosa realidad que se suma a la vida de transeúnte, de nómada histórico del maquey.  Boquita, desconchado, transita por los peligros de la vida, hasta que finalmente pudo escapar de la tristeza, gracias a un niño de mar.
En el pueblo de Los Uveros no quedó duda de que el mal puede ser derrotado.  Tenía que ser así en los dominios del abuelo, donde reina su ejemplo, su cariño, su palabra, como voz clara de la autenticidad de la nación dominicana.  Esa complicidad con el abuelo es de hierro, vale decir, imbatible, aunque su textura sea la ternura.
Mediopeje es propiamente un monologo, tremendamente actual, donde triunfa, porque tiene que triunfar, el ser sobre el tener.   Cuenta de una realidad inevitable, en un inventario de dones y certezas donde se sobrepone la fuerza del pensamiento agudo, salpicado de sutil humor. 
Día de San Juan, es retrato del amor al terruño, a los antecesores, privilegiada geografía de preguntas y respuestas, a la vera de la tradición que se pierde empalidecida.  
La espuma del centollo, Un loco en Cocoloco, El singular viaje del intrépido Caribe, alucinante trayecto encima de una ballena del pez que al final prefirió regresar a las aguas tibias del sol, de los afectos y del español, son otras más de las historias de Rafael.  Se suman El día que la mar se echó para atrás, como un gato cuando encrespa el lomo, La cangreja triste, crustácea contadora de visiones y relatos, salvada por tinos del destino y El carro submarino, donde nueva vez la figura del abuelo se eleva en protagónica camaradería.
Asertivo, con gracia omnipresente de diáfano humor, Rafael Peralta Romero en cada una de estas historias engancha directo con el lector, desde el más joven al de largos años. Le invita cálidamente, con el anzuelo de sus preguntas y exclamaciones, a sumar su propio parecer, a ser proactivo, de la mano con el autor.  Mientras, su innegable oficio de narrador exhibe un equipaje de norte irrehuible, siempre desprovisto de remiendos, enemigo de titubeos, dueño victorioso del ritmo narrativo que nunca pierde ni se arremolina.  La literatura para niños y jóvenes de Rafael Peralta Romero es reivindicativa.  Nos da raíces, nos levanta en alas.  País el suyo de cimbreantes cocoteros, del abuelo y luz rutilante, de tradiciones y amistad, de peces y cangrejos y, más aún, de futuro que, como el mar, desde el horizonte, puede deslizarse hasta llegar a nuestros pies.
La palabra escribe la historia.  Escrita está a la orilla de la mar.  En expresión de Liliana Bodoc, autora argentina, “la palabra es fundamento de la condición humana.  Hay que volver a apasionarse con las palabras: las palabras pronunciadas, las palabras escritas, el origen de las palabras, el cambio de las palabras, la mentira de las palabras. En realidad estamos hechos de eso, en gran medida.”  No puede existir la vida, digo yo…“la buena literatura”, dice ella, “sin lo indispensable, volver a enamorarnos de nuestra lengua y de nuestras palabras.” Rafael Peralta Romero lo sabe, lo trabaja y lo pregona.


 Con ocasión de la puesta en circulación de
“A la orilla de la mar” el  17 de enero de 2012

Los mejores peluqueros, cuento de ciguapa por NELLY GARCÍA DE PIÓN

  Los mejores peluqueros, por Nelly García de Pion Durante los últimos días había llovido sin parar. Nubes grandes y grises bailoteaban en e...