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viernes, 27 de junio de 2025

La Luz Vieja, por Juan Báez Melo


Matanzas debe su nombre al hecho de que una vez sirvió como matadero general de varias comunidades, por lo tanto, debió de ser inmensa la cantidad de huesos que en el conglomerado existiría.

Se dice que algunas personas la perseguían y no la alcanzaban. Era como una bola de humo, que se movía con cualquier brisa, hasta con el impulso de los mismos perseguidores.

También se decía que el que la alcanzaba sufría de fiebre. 

Se afirmaba que era común verla en las cocinas de Julita Colón y de Ana Popolo, también en el olivo de la laguna y en el tamarindo de Loló Guerrero. 

La vieron por los frentes de lo que luego fue el matadero municipal. Me dijo el tío que un golpe de brisa se la llevó para el cerro.

Se señala que salía cuando había un enfermo de gravedad y que así sucedía porque era para anunciar muertos, pero es que en esa época las personas sólo se trasnochaban cuando había enfermos en estado de gravedad.

Meraldo Pimentel Melo el hijo de Rosa Tavito, me dijo que una vez notó una claridad que entraba por el tragaluz de su casa y que cuando se asomó era la Luz Vieja en el tamarindo y que de allí voló para la cocina de La Bola (Meraldo todavía está vivo y puede corroborar lo que aquí expreso).

Noticias que a mí han llegado de parte del primo Juan Báez Tejeda (Cupey), dicen que cuando el abuelo Pancho Báez estaba grave, los que asistían a su velatorio la vieron saliendo de por donde Ana Popolo y voló hacia el olivo de Domingo Carmenelia. Desde allí se fue de rama en rama hasta el tamarindo de Loló Guerrero, de donde, igual que en la historia de Meraldo, continuó para la cocina de la Bola.

Algunas de las personas que estaban en el velatorio la persiguieron, pero desapareció en el lugar ya mencionado.

Hubo una época que en Matanzas era común ver este fenómeno de la naturaleza, hoy extraño para los menores de cuarenta años, quienes ahora me preguntan si era verdad lo que decían los viejos. Pues sí, es verdad y no tenía relación con nada del otro mundo, ni con misterio alguno sobre muertos y aparecidos.

La Luz Vieja, que en otras partes llaman la Luz Andante o la Luz Mala, es producida por el fósforo que despiden los huesos en su estado de descomposición. Este fenómeno, se veía en las comunidades banilejas en una época cuando las mismas eran Hatos Ganaderos.

En Matanzas escasearon sus apariciones cuando llegó la Colonia Cañera, ya que todas las tierras fueron removidas, dejando en libertad el fósforo.

Cuando la vieron (en la gravedad del abuelo Pancho), es la penúltima noticia que de ella tenemos. Eso fue en 1967, antes de llegar el servicio de luz eléctrica, lo que nos lleva a la conclusión de que la claridad que existe en las noches presentes puede impedir ver las escasas veces que pueda salir.

sábado, 2 de septiembre de 2017

Carta de un viejo trompo al niño que lo abandonó. Por Juan Báez Melo


Para mis hermanos Tatín y Memé.

No sé si recuerdas el día que llegaste al taller para hacer sillas. Entre varios chicotes me escogiste a mí. Quién sabe si por el tamaño o por el grosor, ya que todos éramos desperdicios de baitoa. Un montón de pedazos de madera puestos al sol para que nos secáramos. Nuestro destino era ser quemados en el anafe donde se cocinaba el arroz. Nuestro sacrificio ayudaba a la alimentación de la familia.
Yo todavía no estaba seco, tampoco verde. Mi estado era de acojuelamiento, con la suficiente dureza para que me tallaran y no tan suave como para que el trabajo fuera fácil y después de que perdiera toda la humedad, me desfigurara.
Empezaste con un machete bien afilado. Luego raspaste mi superficie con el cuchillo que tu padre usaba para desollar los chivos. Recuerdo el tirón de orejas que recibiste por usarlo y tu grito de dolor… Fueron cinco días, entre rato y rato; suficientes para que te sintieras satisfecho.


Me hiciste casi redondo para que rodara lejos cuando dejara de bailar y así evitar quedar dentro de círculo que daba inicio al juego. El clavo que me pusiste de pie, lo afilaste tanto, que si no me movían, hacía un hoyo en la tierra, lo que de vez en cuando sucedió, principalmente cuando estaba floja por efecto de la lluvia.
Cuando nos ponían a bailar dentro del círculo, aquel de nosotros que no rodara lo suficiente para salir de él, se quedaba, y los demás trataban de sacarlo con sus respectivos trompos. Quien lo lograra, se convertía en su dueño, pero algunos niños nos clavaban, lo hacían de maldad y ahí venía el pelear con los trompo.



Me peleabas contra los de guayacán, de caoba, de roble, también de esa madera fibrosa que le decían majagua… Contra todos me tiraste y a todos los rajé. Fui dichoso. Muchas veces sentí miedo, principalmente cuando me enfrentabas a los de guayacán, pero esos, cuando secaban, se rajaban solos. Nosotros los de baitoa, mientras más pasa el tiempo, más endurecemos.  Me cayeron muchos trompos con clavos bien afilados, pero mi fortaleza me permitía rechazar las picadas profundas.
Los de caoba y roble quedaban marcados, cuando terminaban las jornadas parecían que habían sido picados por la viruela. Los de majagua eran los más difíciles: su fibra los hacía flexibles, pero también aprendí que dándoles de refilón podía irle comiendo poco a poco su cuerpo y después no podían bailar bien. Se convertían en carretas, es decir, más que bailar, corcoveaban, perdían la gracia de ser un buen trompo.
Nunca te fallé, siempre enfrenté con éxito los retos que me impusiste. ¡Claro! Contando con la eficiente ayuda de ese clavo que en lugar de gastarse, parecía crecer cada vez que le pasabas la lima o lo frotabas en la piedra de amolar del viejo. Tanto el clavo como yo, nos las arreglábamos para que salieras triunfante, lo hacíamos por el amor que pusiste cuando nos estabas fabricando.
Más de tres años pasamos en esos pleitos y en diversión sana, como cuando me lanzabas y con la palma de la mano me atrapabas. Allí bailaba suavemente, como un bailarín de ballet. También me gustaba que me pusieras a bailar sobre la cuerda, para eso la ponías doble y me deleitaba sintiendo como me rascaba la barriga.
Hoy cumplo quince, sin que me hayas vuelto a buscar. No solo has dejado de usarme, ya ni siquiera una relampagueante mirada me diriges. Cuando llegué a esta caja, los demás juguetes me animaron diciéndome que no me preocupara, que no me usabas porque creciste y tus entretenimientos son otros, que cualquier día alguno de tus hijos o sobrinos me recogería y que otra vez me pondrían a bailar y a batallar contra mis iguales de otros niños.



Como si fuera de otro mundo llegan a nosotros las conversaciones que sostienes con tus amigos de infancia, debido a que están en otra habitación  parece que fueran susurros, pero eso no impide que todos los juguetes aquí abandonados escuchemos el amor con que te refieres a nosotros y cuando te oigo hablar de mí me dan ganas brincar de la caja y salir bailando, es en ese momento cuando busco y no encuentro la cuerda que me impulsaba ¿la recuerdas? Era una gangorra fina, número tres; ese trozo que le quitaste a uno de los bollos que tenía tu padre para reparar el chinchorro.

©JUAN BÁEZ MELO

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