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miércoles, 25 de septiembre de 2024

Penas y azahares de Virginia Bell de Bismar Galán y El mapa de la noche de César Sánchez Beras ya están disponibles para el público

 



'Penas y azahares de Virginia Bell', de Bismar Galán

Los textos narrativos de Bismar para esta audiencia tan exigente y difícil tienen como fundamento un tríptico sólido.


    Penas y azahares de Virginia Bell, es una novela de Bismar Galán publicada por la Colección Loqueleo, Santillana, 2024.
    Está construida sobre un armazón de dieciséis capítulos, en donde las descripciones físicas y psicológicas son tan vívidas, tan humanas y creíbles, que el lector [en mi caso fue así] termina asumiendo las distintas tramas tejidas como parte de una tragedia propia o de un evento personal.
    Los personajes dejan de ser tales, para ser personas íntimas, familia cercana o amigos de infancia. Quien lea este texto sentirá el vértigo de Virginia ante el acoso de Martín y la sombra que el acosador proyecta sobre la muchacha también nos cubre a nosotros, hasta hacernos sentir rabia, repulsión, ignominia y vergüenza.
    Penas y Azahares de Virginia Bell, se suma a una magnifica trayectoria de nuestro autor la cual comenzó en Cuba y que ahora nos pertenece. Bismar ha publicado antes y por la misma editora, las novelas «Padre mío, que lejos estás», «El violín de larimar», «Tú serás mi novia» e «Isleña, una historia de amor y sal», esta última ganadora del Premio Anual de Literatura Infantil y Juvenil Aurora Tavárez Belliard 2021.
    Con esta nueva obra Bismar Galán se levanta sobre cúmulo de excelentes narradores contemporáneos de nuestro país, para construirse un espacio por derecho propio, como una de las voces más singulares y auténticas de la novela juvenil dominicana.
    Los textos narrativos de Bismar para esta audiencia tan exigente y difícil tienen como fundamento un tríptico solido: Uno: cuenta buenas historias. Dos: es un cronista natural y testigo aguzado de su tiempo y tres: posee un manejo impecable de la prosa limpia, un lenguaje sobriamente depurado y una narrativa sin altibajos ni caídas.

César Sánchez Beras


Reseña

El mapa de la noche es una obra conmovedora y provocativa que nos invita a reflexionar sobre la HISTORIA DE LA ESCLAVITUD y sus impactos duraderos en la sociedad moderna.

Con una prosa magistral y personajes inolvidables, César Sánchez nos ofrece una visión de la lucha por la libertad y la dignidad humana.

César Sánchez nos presenta personajes profundamente humanos y complejos, como Adaeze, cuya fuerza interior y determinación la convierten en un símbolo de resistencia ante la opresión. A través de su historia, César nos recuerda la capacidad del ser humano para encontrar esperanza, incluso en los momentos más oscuros.


Ambas obras, en un acto de comunión y amistad entre los autores, fueron presentadas en la sala Carmen Natalia Bonilla de la Biblioteca Nacional Pedro Henríquez Ureña, hoy miércoles 25 de septiembre, a las 7 de la noche.








César Sánchez y Bismar Galán, amigos y colegas















lunes, 28 de mayo de 2018

¿Cómo vuelan las ciguapas? por Leibi Ng

Portada
De pronto se me han juntado las tierras y no solo mientras duermo. De pronto reafirmo que nada me es ajeno. Europa llegó a América hace 526 años (oficialmente), pero ahora sí que se armó el muñeco que da vida a los sueños en la tierra quisqueyana.
Y basta un cuento: ¡Adela ya sabe volar! Y basta un autor: Dr. Juan Carlos Toral.. Y basta un ilustrador: Pablo Pino (sí, el mismo de Anya Damirón). Y basta una editorial: Ediciones Toral. Y basta un Director Editorial: Bismar Galán… Todo junto es:

¡Adela ya sabe volar! 

Un cuento inteligente que trata a los niños como a seres inteligentes. Respeta su sabiduría. Les sirve un espléndido menú de conceptos para conocer y disfrutar junto a los padres, a los maestros, a los tíos... Cumple con todas las reglas para una larga vida como historia para niños de todas las edades (para los esquemáticos: mayores de 6 hasta los 100).
Toral une con lucidez el mito de la ciguapa con la dulce tradición de Alicia en el país de las Maravillas, con la alquimia renacentista, con el mundo de las hadas y las creencias criollas... Y sin duda se eleva alto en la literatura infantil dominicana.
Los personajes, especialmente el señor Raúl, son evocadores de la sed de sabiduría y el dominio de la naturaleza que floreció desde el alto Medioevo hasta el Renacimiento. Camilo, el gato es un buscador de extraños ingredientes necesarios para pociones mágicas, lo que hace pensar que es un conocedor de las yerbas del bosque (que no deja de recordarnos al Gato de Cheshire). Joaquín, es un omo (gnomo adaptado al Caribe y tierras americanas) que se enorgullece de estar a cargo de los oficios de la casa y encima es panadero y hace postres por vocación (con lo que me recuerda al elfo Dobby de Harry Potter); y…
Adela, la princesa de las ciguapas con sus hermosos botines victorianos

¡Llegó la monarquía a la Española!

¡Adela es la princesa de las ciguapas! Como toda princesa, es caprichosa y se empeñó en volar. ¿Pero cómo vuela una ciguapa? ¿Cómo coge carrerilla para elevarse como los aviones, con esos pies al revés?
Adela ha sido llevada por su madre Hortensia al reino Mágico de las Animitas y es aquí donde como extranjera que no vuela, la dotan de polvos mágicos que sí le permiten flotar y moverse por el espacio y en eso estaba cuando una fuerte tormenta sacude el globo en el que viajaba y ella cae a tierra, cual Alicia en el agujero, pero en lugar de un conejo ¡la encuentra Camilo, el gato!


“Criaturas Fantásticas del Caribe”

Juan Carlos Toral saca de su sombrero de mago-escritor a Don Pedro José Alberizo, autor de “Criaturas Fantásticas del Caribe”, publicado en Santo Domingo en 1878, “la fuente” que valida como seres fantásticos a las animitas, a los nanos y a los omos.
En el mundo mitológico dominicano, las luciérnagas o cocuyos, (llamadas nimitas o animitas por nuestros campesinos), son vistas como un fenómeno misterioso. En grupo, ellas forman luces nocturnas en movimiento que en medio de la oscura noche dan alas a la imaginación. Individualmente, una pequeña luz que revolotea cercana está asociada a las almas de nuestros seres queridos que han muerto y que desean decirnos algo antes de alejarse o sólo reconfortarnos con su presencia. Siempre pueden ser mensajeros de Dios como las mariposas, ¿quién lo sabe? Ahora, sabemos que también son el reino de las ciguapas que quieren volar y vuelan, con o sin polvos mágicos.

El señor Raúl, símbolo de la búsqueda del conocimiento y quien da la clave para que Adela vuele

Estoy muy feliz y agradecida de tener noticias del Dr. Juan Carlos Toral. Veo en él a un humanista, un ser noble y culto que ha mirado a la literatura infantil y juvenil como un medio para soltar las animitas de su alma, su búsqueda, sus encuentros o hallazgos; sus aprendizajes, sus conocimientos... Lo hace con originalidad, con su propia voz, con la economía de palabras precisa y el aporte a su cultura local y universal, porque se siente que él tiene un universo entero para regalarnos.

RECOMIENDO ESTE LIBRO♥de venta en Cuesta, Centro del Libro.
¡ADELA YA SABE VOLAR!
Juan Carlos Toral
Ilustraciones Pablo Pino
Ediciones Toral.
Dirección editorial: Bismar Galán
ISBN: 978-9945-8783-4-9
Impreso en República Dominicana
por Serigraf, S. A.


lunes, 17 de julio de 2017

La metáfora del estanque


A propósito de “Bredo, el pez”, de José M. Fernández Pequeño

Por: Bismar Galán

Aquí está Bredo, uno de los tantos peces que han intentado escapar del estanque o al menos ascender en sus turbias aguas. Esto equivale a decir: “Aquí está Fernández Pequeño, el verdadero Bredo, quien ha logrado escapar del estanque, nuestro estanque, y tenido el valor de contar su aventura”. ¿Demasiado rápido para arrebatar el antifaz al narrador? Tal vez, pero asumo el reto. Lo asumo bajo el convencimiento de que, además de la genialidad y la ingenuidad propia del Principito, en esta obra hay mucho de la trascendente “Rebelión en la granja” de Orwell, gracias a la compartida visión del totalitarismo, la supresión de la voluntad individual y la manipulación de la verdad.
Claro que pude escribir sobre la sencillez creadora del autor, de lo ingenioso de su propuesta, de la distancia que logra entre concepción y expresión exacta, y simplicidad. Sí, pude hablar de la sublime y subyacente audacia poética que desborda la narración o de esa fuerza que es propia del lenguaje puro y coherente; pude hablar de ese mundo interior, infantil y a ratos cauto que identifica al texto. Pude hablar de esas imágenes que hacen de “Bredo, el pez” una obra cautivadora y sin edades. Como también pude dejarme cegar por el gozo y el placer desbordantes en cada una de sus páginas.
José M. Fernández Pequeño
Mas, ante la oportunidad y honor que me han sido concedidos, he preferido apelar a lo subyacente, a esa realidad solapada en la aparente inocencia que identifica a la historia de Bredo. Detrás de esa simulada ingenuidad, detrás de esas aguas tan propias como persistentes en los caribeños y sus creaciones (léase “su cultura”), hay una inquietante suma de mensajes y metamensajes que serán más perceptibles, estoy seguro, para quienes hemos tenido la “suerte” de vivir en el estanque. Sí, ese estanque donde no solo “la insularidad nos corroe” y donde el ansia de libertad nos magulla hasta la sombra.
Confieso que, para analizar esta elegante obra, lejos del apego al tecnicismo demandado por la crítica literaria y como he anunciado más arriba, he preferido buscar más allá del mensaje literal. He preferido hacerlo desde la metáfora que aflora en todo el texto, desde su propio título. En ella persisten, con total naturalidad y bañadas de inocencia, situaciones que ha tenido que vivir el autor antes, durante y después de escapar a la intolerancia y la marginación.
Esta metáfora trasciende el tributo a la migración, un tributo sin lisonjas ni medallas, pleno de imágenes que erizan la piel. Esta metáfora salda una deuda con la lacerante herida que provoca dejar el terruño para aventurarse a buscar y buscarse más allá de ese estanque que sus dioses venden como alfa y omega, como el único y real paraíso terrenal.
Aquí, el “quién soy” se convierte en el interrogante que empuja al singular personaje a la búsqueda de su identidad, centro del dramatismo que da sentido y sirve de excusa para la confidencia. Como todo hecho bien narrado, en “Bredo, el pez” lo literario se va hilvanado con sobriedad, sencillez y profundidad a la vez, a través de rupturas expresivas, sin perder la cohesión ineludible entre contenido y forma. Junto con la belleza que le es propia a la buena literatura, en esta obra el lector encontrará: amor, fidelidad, re-creaciones, enajenaciones, miedos, sufrimientos, dolor e impotencia social.
Escapar del estanque, si no es un sueño, muchas veces se convierte en una obsesión de aquellos “peces” que deciden enfrentar las circunstancias que tratan de hacerlos diminutos e indefensos, aquellos sobre los que redes y anzuelos se ciernen como lluvia de flechas de los arqueros de la dinastía Qin.
Son constantes en “Bredo, el pez”: el miedo, la sospecha, la desigualdad, el acecho… Para expresarlo, el autor pone la palabra precisa en boca de sus personajes, palabra resultante de la más personal meditación sobre ese estanque que evidentemente ama con la misma fuerza que extraña.
Precisamente, extrañar a los seres queridos es de las primeras y más naturales reacciones del que abandona su suelo. Llegan nostalgia, reconocimiento y reafirmación del amor: “Ninguna otra tenía unas escamas tan brillantes, y menos aún aquel aro plateado alrededor de sus ojos”, al decir sobre la madre de Bredo, esa madre que él idolatra y que puedo asegurar –yo que la conocí muy bien– era, además, la bondad personificada.
Puede la palabra desde arriba ser un arma tan benigna como fatal. De ahí que citar su persuasivo discurso es la forma más precisa para definir (criticar) cómo los peces protectores (¿cerdos de Orwell?) nos dibujan el estanque con la intención de conservarnos como parte de su mancha: “No hay peces extraños ni más mundo que este estanque. Nada existe fuera de lo que ves a tu alrededor”. Y así lo creímos y lo defendimos, hasta conocer otros mares; pero así lo creen y lo defienden muchos otros, incluso sin conocer el propio estanque.
Son diversas las enseñanzas dirigidas a construirnos esa paranoia colectiva en que se nos sume, sobre todo con la intención de sembrar la duda y la sospecha. Allí aprendimos a sospechar eternamente, de todo y de todos porque, como nos lo revela Fernández Pequeño a través de sus peces, “cuanto más amable se oyera, peores intenciones tendría quien hablaba”. Tenía razones el pez para sospechar: “Aquí hay algo raro. Cuidado si no intentan engañarme para que esté tranquilo y hacerme después quién sabe qué horribles cosas”.
Conozco, como Bredo, del miedo que persiste en el estanque, y como dijo la piedra, “me parece que lo más monstruoso ahora mismo es tu miedo”. Y se ha convertido en algo cotidiano debido a las consecuencias que podrían derivarse del hacer, el decir y hasta del simple pensar. Es por eso que Bredo pensaba que “Se había vuelto una vergüenza para los suyos y no quería pensar en el castigo que le esperaba si subía”, aunque no estaba dispuesto a ser condenado a ser siempre de los de abajo. Todo así, porque en nuestro estanque, como nos asegura el narrador, “el miedo del pez era más fuerte que su dolor”. Lo peor es que lo sigue siendo para la mayoría de los peces condenados a permanecer.
En “Bredo, el pez”, como en el real estanque, la persecución, el encierro, la vigilancia, la desigualdad se vuelven una obsesión. De ahí que, ante el encuentro con alguien que ya ha logrado salir y dejado de comer solo musgos, fluya un deseo que conduce a la más usual de las preguntas: “¿Cómo podría salir del estanque?”.
No es para menos, porque entre tantos motivos, se eterniza la sensación de vigilancia en que hemos estado sumergidos, casi siempre sin saber por quién y muchas veces sin conocer el porqué. Testimonios de Bredo así lo confirman: “había sido vigilado durante los días anteriores sin que él se percatara”. Lo cierto es que, cualquiera que sea el espacio, seguimos cargados de la vacilación: “Yo también tengo la duda de que somos observados”. Estamos convencidos de que somos vigilados, esencialmente si intentamos llegar, escalar y mucho más, si se sospecha que deseamos escapar… Pero, ¿cómo no intentarlo si la desigualdad nos empuja y “los peces más grandes del estanque, nunca quedan atrapados en la red de los dioses”?
Cuando logramos burlar los bordes del estanque, nos lacera la nostalgia. Nostalgia por aquellos que quedan dentro y que emerge en aseveraciones tan elocuentes como estas: “Si al menos Carlos, Montse y Sabrina estuvieran cerca”. “¿Quién viera a Carlos el calculista manejando el aparato de Palina?”, en claras evocaciones a la libertad y a las carestías de los otros, los que se quedan atados al estanque y sus realidades.
Pero Bredo logró salir del estanque y ver que “el mundo”, digo el mar abierto, sí existe. Pero con el vuelo llevó esa herida en el costado, esa herida que cicatriza pero que jamás sana en quienes logramos escapar, porque como he dicho en otro lugar “escapar es una herida”. Luego, una vez en mar abierto, comienzan las dudas, la autointerrogación: “¿Dónde he venido a dar? Deja ver si al final era mejor quedarse en el estanque”.
Fuera del estanque, nada ganará más valor que la amistad, la mano de esos que nos reciben y se convierten en los nuevos hermanos. “…en aquel lugar tenía libertad de hacer lo que quisiera, pero también el peligro estaba en todas partes y él dudada mucho que pudiera sobrevivir sin ayuda”, en referencia al espacio receptor. Y en paralelo, como es natural, la voz del miedo de los nativos ante el extraño: “Que se cure rápido y diga adiós. Aquí no hay espacio para nadie más”. Pero no importa, afuera lo más valioso es que “nada era tan impresionante como la luz intensísima que corría por aquel lugar…”. Se ha dicho “luz”, de esa que se extraña en el estanque.
Pero volver, no al estilo Almodóvar, es de las grandes obsesiones de quienes escapan del estanque. Por eso Bredo, y a propósito de contrastes lumínicos, regresó y “el estanque lo recibió con  su escasa luz y su agua densa, de un azul que ahora le parecía descolorido”. Sí, podía notar las diferencias porque ahora tenía con qué contrastar realidades.
Se encuentra de nuevo en un estanque donde se especula del que escapa, como eso de que “Bredo había muerto”, como de otros se dice que «cambiaron de sexo» aunque no sean chernas o que «están en una misión encomendada por los dioses del estanque», manera sutil de crear más dudas y desconfianza entre los peces. Por eso, entre los amigos de siempre unos se muestran inquietos; otros, curiosos y los más, desconfiados. Mientras, Bredo se hace más preguntas: “¿Cómo puede alguien preferir estar preso en el estanque, donde lo único que hicieron siempre fue abusar de él, en lugar de salir y ser libre?”.
En toda esa vida en el mar abierto, léase “mundo”, se aprende, sobre todo se aprende a perder el miedo y a decir. Eso hizo Bredo: “¡Es mentira! Esos que echan comida en el estanque son humanos, no dioses; y tampoco es verdad que saquen a los peces en su red para llevarlos a vivir en ningún mar. Los matan, que los vi con mis ojos”. Por eso, digo yo, se les teme a los peces que salen a mar abierto y regresan con realidades que esgrimen, algunas veces con relativa sutileza y otras, con euforia desbordada.


Faltaría decir que, para la construcción de esta metáfora, Fernández Pequeño apela a la aventura, tema favorito de los niños. Esgrime un lenguaje sin artificios y mágico a la vez, donde la fantasía resplandece y asombra. Nos muestra una historia que atrapa, mientras crece en dinamismo y expectativas, obligándonos a mantenernos pegados al texto, a sus personajes, a sus esencias... Para mayor fortaleza, combina el heroísmo individual con el colectivo: exclusiva manera de sobrevivir en un estanque en el que los peces llevan como único abolengo, la esperanza.
Ya sabemos que el apego a las aguas y sus circunstancias, no es nada extraño en cada una de las aventuras de este creador. Evidentemente, un modo de mantenerse unido a su estanque, a sus recuerdos y experiencias, a sus asiduas escapadas al río Bayamo. De ese apego y amor por lo propio nos ha llegado esta obra que, además, lo delata como un gran conocedor de la espinela. A través de sus décimas, nos comparte moralejas propicias para reflexionar y aprender.
Estoy convencido de que conseguir tanto en una obra como esta ha exigido mucho más que arrojo, lealtad y valor. Algo así exige genialidad, constancia, imaginación y un trabajo meticuloso con el lenguaje (nada extraño en Fernández Pequeño) a fin de lograr sencillez, autenticidad y frescura. Queda así una obra en la que pueden abrevar los amantes del buen arte, sin distinción de edad, sexo, religión, ideas y cuantas fronteras se puedan levantar en beneficio o desmedro de... Ojalá sus lectores no sean como las personas mayores, a las que “hay que explicárselo todo”, como nos dijera el Principito.
Santo Domingo, 11 de julio de 2017
©Bismar Galán

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