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sábado, 15 de agosto de 2009

TRICHE, EL MANATÍ

En recuerdo de Amaury Villalba

Cada zambullida hacía reventar el agua en torbellinos de

espumas. Triche lloraba. Sus lágrimas se unían a la gran salazón del

mar. Aunque trataba de razonar en medio de su tristeza, las lágrimas

corrían sin control por entre los pliegues de su cara. Hizo ''bembita"

con el labio superior y se vio muy gracioso. Como lo tenía dividido en

dos, podía mover una parte dejando la otra completamente quieta.

Recordó las palabras de su madre:

-"No te alejes de aquí. Las aguas están muy sucias y tengo que

encontrar el camino de las algas y los lirios.”

Allí en la desembocadura del río, las lluvias arrastraban gran

cantidad de lodo y basura: llantas, latas oxidadas, ramas, fundas y

galones plásticos, corrían mar adentro afeando el paisaje y poniendo

en peligro la vida de los habitantes de las aguas.

La mamá de Triche, una señora manatí, grande como un

minibús, (pesaba mil doscientas libras y tenía casi tres metros de

largo), necesitaba ir río arriba para comer su ración de algas y lilas.

Triche, su bebé de un año que ya alcanzaba las 60 libras, todavía se

alimentaba con su leche.

El tiempo pasaba rápidamente, pero la mamá de Triche no

llegaba.

El manatí subió a la superficie para respirar y contempló el

paisaje nuevamente. ¡Nada! Rastros de todo, menos de su madre. Se

sumergió de nuevo y su hocico oscuro y arrugado chocó con la naríz

puntiaguda de un tiburón tan joven como él.

-¿Qué me miras? -preguntó, escondiendo su timidez con un

tono de bravuconería.

-Nada, nada. Nunca había visto un manatí tan cerquita. Una vez,

por la playa, oí a unas niñas cantando: "Ti, ti, manatí..." y cuando le

pregunté a mi papá, me dijo: "¡Manatí! ¡Si te encuentras uno eres

mago, mi hijo!"

-Y ahora te estás creyendo que eres brujo, ¿no?

-No. Papá me dijo que ustedes son tan escasos porque la gente

se los come y también pueden morir heridos por las hélices de los

motores fuera de borda; presos en redes de pescar o víctimas de la

contaminación. Bueno, mi papá me dijo que una vez devoró uno por

Samaná...

-¿Y esas son tus intenciones? -exclamó Triche, alarmado. -Te

advierto que soy cinturón negro! -mintió.

-Descuida- dijo el tiburón. -Soy vegetariano, como tú. Cuando

me obligan, lo más que hago es masticar y masticar la carne para

chuparle el juguito. Después la boto. Antes, mi mamá se ponía

histérica, pero ya se cansó y me deja que coma hierbas, como ella

dice.

El tiburón no había cambiado su tono de voz tranquilo y en

ningún momento dejó de mirar a Triche directamente a los ojos.

-Créeme- continuó. No me hace ninguna gracia pelear para

comer, o peor aún, atacar a un indefenso como tú, que ni uñas tienes

para defenderte, ni unos buenos dientes como estos..

Al decirlo, abrió las mandíbulas tan grandes, que mostró dos

sierras perfectas de marfil afilado.

Los ojitos de Triche se pusieron más chiquitos. Trataba de

encontrar correspondencia entre el discurso del tiburón y sus gestos.

Ya había aprendido que entre lo dicho y lo hecho, hay mucho trecho.

Por eso, le gustó la mirada transparente del escualo y su instinto le

dijo que podía confiar.

-Bueno, te creo. Mi nombre es Trichechus manatus, pero mamá

me dice Triche. ¿Y tú?

-Mi nombre es Litoral. No, no te asombres. Mamá es muy

romántica. Su placer es nadar en las noches de luna llena. Cuando

estaba embarazada, vio a un poeta que recitaba sus versos a orillas

del mar y la palabra que más le gustó fue Litoral.

-A mí también me parece bonita. Suena a poesía y hasta parece

dibujar el mapa de una isla con reflejos de agua.

Al decir esto, Trichechus puso sus cortas aletas en

movimiento, marcando un mapa con trazo imaginario.

-Desde hoy, Triche y Litoral son amigos -sentenció el tiburón

agregando:

-¿Quieres conocer mi escondite secreto?

-No puedo. Mamá me dejó aquí, esperándola. Si me muevo, me castigará.

La cara de Litoral se ensombreció.

-Triche, tengo que decirte algo. Yo no te encontré por

casualidad. Mis papás salieron de nuestra cueva, avisados de que

habían herido una manatí, pero regresaron pronto y mi mamá estaba

llorando. Dijo que la pobre sólo decía: "¡Mi bebé, mi bebé!". Yo salí sin

decir nada, seguro de que te iba a encontrar.

Las lágrimas corrían de nuevo por los pliegues de Triche.

-¡Estoy solito en el mundo! ¡Estoy solito!- gemía con gran

tristeza.

-No llores, Triche. Yo te ayudaré. No te dejaré solo. Te

acompañaré a buscar comida. Juntos nos defenderemos y haremos

frente a todas las dificultades. ¡Vamos, Triche, cuenta conmigo!

Triche lo miró por entre las lágrimas. Había amistad en esta

promesa de Litoral. Se desahogó llorando largo rato, hasta que se

calmó. Tenía que sobrevivir.

Junto a su amigo nadó, buscando el escondite secreto. Atrás

dejaron las aguas sucias y entraron al mar siempre verde y brillante.

Triche era un mamífero y Litoral un pez, pero ambos vivían en

el mar y la amistad no se fija en diferencias de formas, colores ni

lugares. Los rayos del atardecer iluminaron el cuerpo oscuro del

manatí nadando junto al plateado tiburón. Juntos tenían mucho que

aprender.

Copyright Leibi Ng

viernes, 26 de septiembre de 2008

LA ALEGRÍA DE VIVIR

La Alegría de Vivir

AQUÍ VA UN CUENTO MÍO INSPIRADO EN ESTOS DIBUJOS DE MI SOBRINO WOLFRANG MICHAEL EBERLE, ALIAS LOBY, cuando tenía no más de 5 añitos. La Alegría de Vivir

Chuic era un murciélago chiquito de San Cristóbal.
Claro que no era bonito, pero su mamá le dio tantos
besitos cuando lo amamantaba, como mosquitos le puso en
el hocico para enseñarlo a cazar, y nunca tuvo tiempo de
pensar en el asunto de la belleza.
Feo o bonito, era fuerte, saludable y, por supuesto, un
gran cazador de insectos y mejor fructívoro, o lo que es lo
mismo, comelón de frutas.
Chuic pensó en los amigos de la cueva. Ese día habían
apostado: quien comiera primero trescientos mosquitos,
ganaría los sabrosos mangos de la finca de doña Rosa, la
más grande de la provincia.
Lanzó un agudo chillido. El sonido avanzó en ondas,
evitando que chocara con los árboles, edificios o palos de
luz. Simplemente, las vibraciones avanzaban sin obstáculos,
indicando vía libre o chocaban con algo y se devolvían por
donde Chuic no podía pasar.
La noche estaba oscurísima. Capturó una mariposita,
¡ummm!; otra, ¡aaaah!, después un mosquito y... ¡tran!
¡Tremendo choque con el tronco obeso de una mata de
almendra!
Todo adolorido e inconsciente, fue encontrado horas
más tarde por Plin, Llin y Long, sus mejores amigos.
-¡Ay, Chuic, se te dañó el radar! -se lamentó Long,
compasivo.
-Llevémoslo donde Galena*, la lechuza. Ella sabrá qué
hacer -sentenció Plin, demostrando su sentido práctico.
-¡Rápido, vamos! -resolvió Llin.
Cada uno lo tomó por donde pudo y emprendieron el
vuelo. Así lo llevaron donde Galena, completamente
desmayado.
-Manténganlo en observación. -recomendó ésta
mientras le aplicaba hojas medicinales sobre los
magullones.
¡Pobre Chuic! Cuando despertó, sintió su hociquito
deformado y se puso muy triste. Se deprimió, es decir,
agregó a sus golpes físicos un problema del espíritu. Sufrió
temblores, perdió sus reflejos y como estaba fatigado o
cansado, casi ni se movía.
Chuic se sentía fracasado, perdido en la terrible
claridad del día.
-¡Ay de mí! -lloraba. -Ahora no soy más que un simple
ratón. Me pondrán un lazarillo. Perderé mi preciosa
libertad. No podré comer mangos, ni guanábanas, ni
manzanas de oro... ¡y ni hablar de la emoción de capturar
mosquitos en el aire! ¡Buaaah! ¡Estoy sordo! ¡Buuaah!
Tres días y tres noches lloró Chuic. No comió, no
bebió, no habló.
Todos estaban desesperados, porque no hay peor
ciego que el que no quiere ver. Chuic estaba negativo,
quejoso, pesimista... había que abandonarlo, ¿verdad?...
-¡No! -gritó Long. -Ahora es que Chuic nos necesita.
Vamos a convencerlo de que su problema tiene solución.
Así, idearon un plan. Se turnaron para leerle,
conversar, ponerle una musiquita y así no dejarlo solo ni un
momento. Le llevaron frutas en delicioso coctel. Le pasaban
las alitas por el cuerpo. Sin Chuic en el grupo, la diversión
no existía. Tenían que hacerlo reaccionar.
Sin embargo, Chuic seguía ausente de todo, con la
mirada perdida y completamente inmóvil.
Fue entonces que los tres amigos decidieron algo
extraordinario.

Una noche de luna llena, iluminados por su mágica luz,
tomaron a Chuic por dos de sus cuatro patas, extendiéndole
cuanto pudieron el patagio, la membrana que une los dedos,
patas y cola de los murciélagos. Volaron a toda velocidad,
alto, muy alto, y cerca de la mata de mango más olorosa
que encontraron, lo soltaron.
Chuic cayó al vacío con los ojos muy abiertos. Sintió
que iba a morir. Caía pesadamente en el abismo oscuro con
las alas plegadas... Entonces, lanzó un tremendo chillido,
despidiéndose de las frutas maduras y la amistad sincera.
¡La noche le devolvió en eco todos los tonos de su grito!
Abrió sus patas. Planeó como siempre lo hizo. Subió,
bajó, mordió las frutas... Se enfrentó a la oscuridad
buscando a sus amigos, que victoriosos, volaban a su
encuentro.

Cuando regresaron a la cueva, el quiróptero herido
había desaparecido. En su lugar estaba de nuevo el más
valiente y bullanguero Chuic, con toda la alegría de vivir
apostando a que se comería todos los mangos de la finca de
doña Rosa.


* Galena, como Galeno, el médico de la antigüedad que le dio su nombre a los doctores de hoy.
Posted by Picasa

martes, 9 de septiembre de 2008

¡APARECIÓ CHUIC!


Dibujo de mi sobrino, Wolfrang Michael Eberle Ng (Loby), cuando tenía 5 años. Ahora tiene 23 y se fue a estudiar chino mandarín. Te extañamos Loby.
Posted by PicasaLa Alegría de Vivir

Chuic era un murciélago chiquito de San Cristóbal.
Claro que no era bonito, pero su mamá le dio tantos
besitos cuando lo amamantaba, como mosquitos le puso en
el hocico para enseñarlo a cazar, y nunca tuvo tiempo de
pensar en el asunto de la belleza.
Feo o bonito, era fuerte, saludable y, por supuesto, un
gran cazador de insectos y mejor fructívoro, o lo que es lo
mismo, comelón de frutas.
Chuic pensó en los amigos de la cueva. Ese día habían
apostado: quien comiera primero trescientos mosquitos,
ganaría los sabrosos mangos de la finca de doña Rosa, la
más grande de la provincia.
Lanzó un agudo chillido. El sonido avanzó en ondas,
evitando que chocara con los árboles, edificios o palos de
luz. Simplemente, las vibraciones avanzaban sin obstáculos,
indicando vía libre o chocaban con algo y se devolvían por
donde Chuic no podía pasar.
La noche estaba oscurísima. Capturó una mariposita,
¡ummm!; otra, ¡aaaah!, después un mosquito y... ¡tran!
¡Tremendo choque con el tronco obeso de una mata de
almendra!
Todo adolorido e inconsciente, fue encontrado horas
más tarde por Plin, Llin y Long, sus mejores amigos.
-¡Ay, Chuic, se te dañó el radar! -se lamentó Long,
compasivo.
-Llevémoslo donde Galena*, la lechuza. Ella sabrá qué
hacer -sentenció Plin, demostrando su sentido práctico.
-¡Rápido, vamos! -resolvió Llin.
Cada uno lo tomó por donde pudo y emprendieron el
vuelo. Así lo llevaron donde Galena, completamente
desmayado.
-Manténganlo en observación. -recomendó ésta
mientras le aplicaba hojas medicinales sobre los
magullones.
¡Pobre Chuic! Cuando despertó, sintió su hociquito
deformado y se puso muy triste. Se deprimió, es decir,
agregó a sus golpes físicos un problema del espíritu. Sufrió
temblores, perdió sus reflejos y como estaba fatigado o
cansado, casi ni se movía.
Chuic se sentía fracasado, perdido en la terrible
claridad del día.
-¡Ay de mí! -lloraba. -Ahora no soy más que un simple
ratón. Me pondrán un lazarillo. Perderé mi preciosa
libertad. No podré comer mangos, ni guanábanas, ni
manzanas de oro... ¡y ni hablar de la emoción de capturar
mosquitos en el aire! ¡Buaaah! ¡Estoy sordo! ¡Buuaah!
Tres días y tres noches lloró Chuic. No comió, no
bebió, no habló.
Todos estaban desesperados, porque no hay peor
ciego que el que no quiere ver. Chuic estaba negativo,
quejoso, pesimista... había que abandonarlo, ¿verdad?...
-¡No! -gritó Long. -Ahora es que Chuic nos necesita.
Vamos a convencerlo de que su problema tiene solución.
Así, idearon un plan. Se turnaron para leerle,
conversar, ponerle una musiquita y así no dejarlo solo ni un
momento. Le llevaron frutas en delicioso coctel. Le pasaban
las alitas por el cuerpo. Sin Chuic en el grupo, la diversión
no existía. Tenían que hacerlo reaccionar.
Sin embargo, Chuic seguía ausente de todo, con la
mirada perdida y completamente inmóvil.
Fue entonces que los tres amigos decidieron algo
extraordinario.


Una noche de luna llena, iluminados por su mágica luz,
tomaron a Chuic por dos de sus cuatro patas, extendiéndole
cuanto pudieron el patagio, la membrana que une los dedos,
patas y cola de los murciélagos. Volaron a toda velocidad,
alto, muy alto, y cerca de la mata de mango más olorosa
que encontraron, lo soltaron.
Chuic cayó al vacío con los ojos muy abiertos. Sintió
que iba a morir. Caía pesadamente en el abismo oscuro con
las alas plegadas... Entonces, lanzó un tremendo chillido,
despidiéndose de las frutas maduras y la amistad sincera.
¡La noche le devolvió en eco todos los tonos de su grito!
Abrió sus patas. Planeó como siempre lo hizo. Subió,
bajó, mordió las CBfrutas... Se enfrentó a la oscuridad
buscando a sus amigos, que victoriosos, volaban a su
encuentro.178

Cuando regresaron a la cueva, el quiróptero herido
había desaparecido. En su lugar estaba de nuevo el más
valiente y bullanguero Chuic, con toda la alegría de vivir
apostando a que se comería todos los mangos de la finca de
doña Rosa.%^


* Galena, como Galeno, el médico de la antigüedad que le dio su nombre a los doctores de hoy.

Los mejores peluqueros, cuento de ciguapa por NELLY GARCÍA DE PIÓN

  Los mejores peluqueros, por Nelly García de Pion Durante los últimos días había llovido sin parar. Nubes grandes y grises bailoteaban en e...