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martes, 2 de enero de 2018

Para comprender mejor el Himno Nacional Dominicano, Miguel de Camps Jiménez IMPRESCINDIBLE


Que el Día de Reyes le dejen este libro a todos los niños dominicanos.

Luis Felipe De Jesús Ulerio

Luis Felipe De Jesús Ulerio

Luis Felipe De Jesús Ulerio, nació en Las Gordas, Nagua, República Dominicana en 1970. Estudió Filosofía en la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM), y en el Seminario Pontificio Santo Tomás de Aquino en 1994; Diplomacia y Relaciones Internacionales en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD) en 1996; Doctrina Social de la Iglesia en la Universidad Católica Santo Domingo (UCSD) y el Instituto Tecnológico Pastoral (CELAM), Colombia en el año 2002; Postgrado en Docencia Universitaria, Summa Cum Laude, en la Universidad Católica Santo Domingo (UCSD), en el año 2004 y Maestría en Gestión Universitaria (Summa Cum Laude), en la Universidad Católica Santo Domingo (UCSD), en el 2006).

Docente de Filosofía, Letras y Ciencias Sociales en la Universidad Católica Santo Domingo (UCSD), desde 1994.

Comenzó escribiendo poesía y cuentos. Ganó el segundo lugar del Concurso de Poesía Juvenil, en el Seminario Santo Cura de Ars, La Vega, 1987.

Obras de este autor (no en orden cronológico):

1) “El misterio del espíritu del río” de Luis Felipe Ulerio

1ra, edición: marzo, 2006
2da. edición: junio, 2006
3ra. edición: noviembre, 2006
4ta. edición: julio 2007
5ta. edición: octubre, 2008
6ta. edición: julio 2010
1000 ejemplares
© 2006 Copyright: Luis Felipe De Jesús Ulerio
lfju_3@hotmail.com

Ilustración de portada: Mechy Tejada

Editora Búho. Santo Domingo, julio 2010

ISBN: 9945-16-032-X

Impreso en República Dominicana
Printed in Dominican Republic.



2) Catalepcia: Cuentos de muertos contados por vivos, por 




3) CATALEPSIA 2: MÁS CUENTOS DE MUERTOS CONTADOS POR VIVOS  Luis Felipe de Jesús Ulerio



4) El Enigma de la Cabaña por Luis Felipe De Jesús Ulerio


 Epílogo

''Hay cuentos que parecen historias, pero hay historias que parecen cuentos por lo impactante de sus hechos.
El cuento en la mayoría de los casos, es la narración de acontecimientos inverosímiles, fruto de la invención de la mente humana, pero la historia se centra en hechos reales que los anales registran para la posteridad.
    En el libro que acabas de leer hay una de esas historias que parecen cuentos, es la que cuenta el padre de Marcelo a Marina, la esposa de ismael, sobre ''Adelsa, la mujer mas feliz del mundo''. Si es una historia real, a los tres años de edad su hermanito le corto el dedo indice de la mano derecha con un hacha, debajo de un almendro que había en el patio de su casa. Se caso siendo muy joven. Sus primeros hijos murieron en sus brazos; otra, se le ahogo en un rió, un funesto día en que se encontraba ausente. Su madre se suicido y expiro en sus brazos también. Su padre murió algunos años después de quedar discapacitado, por una trombosis. De nueve hijos que tuvo solo le quedaron cinco. 
    Pero la vida le dio fuerzas y Dios compenso todo su dolor. Con el tiempo su gran sueño de llevar a sus cinco hijos a la universidad lo hizo realidad, son todos profesionales. Hoy, después de una cirugía de cáncer de mama, en medio del tratamiento de quimioterapias, pregona que es la mujer mas feliz del mundo. 
    Esa mujer, amigo lector, de quien le hablo es mi madre, Adelsa ulerio.'' 

5) “El Caminante” de Luis Felipe Ulerio

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Publicado el: 28 marzo, 2015

Por: Ofelia Berrido

El escritor Luis Felipe Ulerio puso en circulación su más reciente libro “El Caminante”. El autor, filósofo, teólogo, docente y experto en la doctrina de la Iglesia Católica, se ha impuesto una misión similar a la que desde hace muchos años rige la obra del gran escritor español Fernando Savater: hacer de la filosofía un material digerible para los jóvenes de hoy.

La obra de Luis Felipe Ulerio trata sobre el hecho de que el ser humano en su proceso de crecimiento empieza al enfrentar la vida, a cuestionar y tratar de entender sucesos que para él resultan inexplicables; entre ellos, la existencia de Dios y el gran problema del bien y el mal.

En la mayoría de los casos no encuentra repuestas porque carece del conocimiento que le permite entender asuntos tan complejos, pero estos tipos de incógnitas no le dan tregua a una mente inquisidora y así, el hombre y la mujer empiezan a buscar respuestas dando inicio a la etapa del caminante: se inicia el viaje en busca de la verdad de la existencia. Se parte de la casa para enfrentar santos y demonios, sutilezas y desgracias en busca de la verdad.

En el proceso se explora diferentes fuentes y lugares. La situación se convierte en un verdadero problema a resolver: encontrar soluciones se torna en un asunto capital. El ser humano necesita saber quién es, necesita entender el porqué si hay un Dios omni-benevolente, omnipotente y omnisciente existe la maltad. Una vez la búsqueda se inicia ya el caminante no puede dar vuelta atrás, de hecho ya no lo desea; y a decir verdad, tampoco lo soportaría, porque una vez formuladas las preguntas el encuentro de las respuestas se vuelve una obsesión. Muchos mortales han hecho este viaje de iniciación; otros, algún día emprenderán un camino de búsqueda externa y extraviada hacia los secretos guardados en lo más interior del ser.

El libro nos cuenta la historia de un joven aldeano perdido en el mundo del inconsciente y de su amigo y guía el sabio anciano que le muestra la existencia humana desde los polos opuestos de luces y sombras. Sus enseñanzas abarcan el valor de la vida, el amor, la responsabilidad, la necesidad de vivir en un mundo solidario; así también, lo negativo como son los vicios y las ofensas. El escritor muestra las escuelas filosóficas de Elea, los presocráticos, los sofistas, entre otras. Entra al mundo escatológico con explicaciones que de seguro despertarán en los jóvenes lectores la curiosidad que surge al verse enfrentado cara a cara con los misterios de la muerte. El texto nos muestra una visión general de la filosofía, muy especialmente del mundo griego.

Por otro lado, el paralelismo que hace el autor con la Divina Comedia es notorio. El anciano Sócrates no es otro que el Virgilio de Dante. El primero, en la obra de Ulerio advierte que la vida bien vivida es un camino hacia la plenitud y es plenitud en el camino. Es él quien le muestra al joven cual es el castigo a que son sometidos los que no tienen caridad ni actúan con justicia ni verdad… destinados al pantano de lodo mal oliente o a la región de los embaucadores perdidos en aguas rojas de sangre…, drama de tanta desolación como el mismísimo infierno dantesco.

Tal como el joven aldeano se encuentra perdido en el inconsciente, Dante a mitad de su vida, adquiere conciencia de haberse apartado del camino de la virtud y perdido en la oscura selva del pecado, intenta escapar y no puede, es cuando aparece el poeta Virgilio, quien lo saca de la selva por el camino más largo, el infierno.

Pero en el caso que nos ocupa el sufrimiento de que es testigo el joven Marianito es menor. Sócrates, su anciano guía, lo confronta a su propia naturaleza a través de simbolismos: el cuerpo, como el templo que hay que cuidar para desarrollar el ser interno que habita en él; el camino que hay que recorrer para aprender las lecciones que brinda la vida en la senda de la evolución. Y entonces, entendemos el porqué el anciano habla de que una vez en el templo, una vez realizados y transformados ya no habrá sufrimiento porque todos serán redimidos. Y así proclama: “Que la tierra la siembren los agricultores y los artistas trabajen su arte, que cada hombre haga solo lo que ama y ponga su corazón en lo que hace. Solo así volverán los hombres a ser felices”.

El método que usa De Jesús Ulerio es sostenido por las creencias de Platón cuando asevera que la mente humana tiene la necesidad de figuras metafóricas y míticas para que medien entre los mundos de “llegar a ser” (procesos de transformación) y la realización misma del “ser”. Estas figuras nos elevan de la experiencia sensorial inferior en que nos encontramos y desde la cual contemplamos la verdad.

Y así, vemos que Aristóteles redefine la noción de mimesis. El filósofo griego la identifica como la capacidad positiva del arte de retratar el significado universal de la existencia humana. En la medida en que el arte imita la acción, constituye un muthus, es decir, una historia que aísla las experiencias cotidianas; que da a nuestra existencia un mayor sentido de unidad y coherencia. Y es que el arte re-describe la realidad con el fin de divulgar la verdadera dimensión de las cosas. De esta manera, asegura el griego, redime al artista al confirmar que este tipo de práctica fomenta la verdad.

El filósofo y profesor Luis Felipe de Jesús Ulerio busca, a través de su obra, enfocar la mirada de nuestra juventud hacia la filosofía. Para él es un medio que puede facilitar la reflexión y el entendimiento del mundo que les toco vivir para que sean capaces de tomar sus propias decisiones y actuar bajo el conocimiento de que el libre albedrío trae consigo grandes responsabilidades. En este texto se respira la aspiración del autor de que los jóvenes vivan sostenidos por un quehacer ético que les permita ser más felices y es que él, tal como el guía de su historia, anhela abrir caminos…
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6) “Jade y los amigos inseparables” de Luis Felipe Ulerio

7) “Jade y el pollito amarillo” de Luis Felipe Ulerio

Como vemos, son tres libros


8) “Jade y la fiesta de la hermanita” de Luis Felipe Ulerio

9) “Los amantes de la cabaña” de Luis Felipe Ulerio

viernes, 29 de diciembre de 2017

HISTORIA DE SIGILO Y ASOMBRINA, Yuan Fuei Liao

SOMBRA PARA ESCUCHAR EL SILENCIO

Es bello reposar bajo una sombra para escuchar la voz del silencio…
El silencio del parpadeo de un bebé cuando quiere dormir.
El silencio de la mano invisible que pinta el arcoíris sobre el lienzo del cielo.
El silencio del rayo de Sol cuando besa la flor más pequeña del jardín.
El silencio de la hebra de un cabello de anciano al reposar encima de un libro.
El silencio de la copa de un helado cuando se derrite en la barquilla.
El silencio del aleteo de una mariposa enamorada.
El silencio del viaje de una nube aventurera.
El silencio de la semilla que se rompe para brotar una vida.
El silencio de la pluma que se lanza sobre la grama.
El silencio del charco cuando se evapora en el asfalto.
El silencio del poema que aún falta por ser escrito.
El silencio de las pisadas de una hormiga obrera.
El silencio de la gota que se desliza por una ventana cristalina.
El silencio de la sonrisa de la Luna en cuarto creciente.
El silencio de una guitarra guardada en su estuche.
El silencio de la estrella que se esconde detrás de la montaña.
El silencio de la mirada de un misionero que regresa a casa.
El silencio del crecimiento de una adolescente que sueña.
El silencio del corazón sincero cuando hace una obra de bien.
Como el silencio de Sigilo y el silencio de Asombrina…




¿No conoces la historia de Sigilo y Asombrina?

Te la contaré:


Un día muy soleado, cuando Jesús aún era bebé, llegaron varios niños con regalos para él. María y José recibían agradecidos cada presente. Pero el pequeñito Jesús intentaba dormir, sin lograrlo: los niños, por la alegría y la novedad, andaban muy ruidosos.
Un chiquillo, con el pelo alborotado, balaba como una oveja, pues había traído una manta de lana del rebaño de su padre:
—¡Traigo lana para Jesús para que no le dé atchús! ¡Traigo lana para Jesús para que no le dé atchús!
Una niña no paraba de brincar. Llevaba una cuerda para que, cuando Jesús fuera un poco mayor, pudiera saltar la tarea:
—¡Salta que salta, brinca la charca! ¡Salta que salta, brinca la charca!
Otro niño tocaba un estridente pandero que la hija de un maestro le había enseñado a hacer. Lo portaba como su regalo para entregar:
—¡Pandero, pandero, bailar es lo que quiero! ¡Pandero, pandero, bailar es lo que quiero!
La fila continuaba con una chicuela pitando un silbato que imitaba el cacareo de un gallo mañanero:
—¡Quiquiriquí, que ya estoy aquí! ¡Quiquiriquí, que ya estoy aquí!
Y así, una docena de pequeñuelos desfiló frente a Jesús con sus obsequios. Cada uno pretendía lucirse, ostentando y pregonando la creatividad de su regalo.
Pero, mientras tanto, el bebé quería dormir, y los estruendos y el calor no se lo permitían.
Fue cuando mamá María se dio cuenta de que una niña y un niño se habían quedado detrás de la puerta, rezagados, sin nada en sus manos. Ella, con su mirada, los invitó a acercarse. La niña se llamaba Asombrina, y el niño, Sigilo.
Asombrina tenía un gran tamaño. Se presentó ante el pequeño Jesús, sin saber qué regalarle. Pero frente a la cuna tuvo una idea: cubrió con su sombra al bebé. Ese fue su regalo: refrescado por la sombra de Asombrina, Jesús sonrió y cerró los ojos.
Por su parte, Sigilo se quedaba callado porque era muy tímido. Se presentó ante el pequeño Jesús, sin saber qué regalarle. Pero frente a la cuna tuvo una idea: regaló su silencio al bebé. Ante el silencio de Sigilo, Jesús se durmió plácidamente, y María lo acurrucó en sus brazos.
La rapidez con que se durmió el niño Dios hizo que el asombro atrapara a todos los presentes. Poco a poco fue creciendo un silencio, pero no era vacío: estaba lleno de adoración, de paz, de amor y de alegría.
María sonreía. José también. Todo en silencio.
Es bello reposar bajo una sombra para escuchar la voz del silencio…

Texto: Yuan Fuei Liao
Ilustración: Eddaviel

miércoles, 27 de diciembre de 2017

LOS MEJORES PELUQUEROS



Por Nelly García de Pion

Durante los últimos días había llovido sin parar. Nubes grandes y grises bailoteaban en el firmamento dejando caer su carga de agua.
El campo se veía desierto, todos los animales se habían refugiado en sus viviendas y desde la suya, la señorita Garza observaba preocupada el interminable aguacero junto a la pequeña Brisa Fresca, quien no cesaba de suspirar de puro aburrimiento.
La única que se sentía feliz con aquel temporal era la señora Rana Verde. Acababa de llegar toda alborotada de la casa de Cuervo Aurelio entonando sus mejores Croas-Croas.

—¡Qué lindo está todo!
¡Croac-Croac!
¡Qué mojado está!
¡Me gustan las charcas
para chapotear!
¡Croac-Croac!

La alegría de la Rana Verde resultaba tan contagiosa que a Brisa Fresca se le quitó el fastidio y junto con ella bailó y cantó por toda la casa, hasta que la intempestiva entrada de Cuervo Aurelio las dejó frías del susto.
Cuando la señorita Garza se recuperó del espanto, los invitó a tomar asiento y pasó a contar su historia.
—Hace algunos años, cuando Brisa Fresca era solo un bebé y fue confiada a mi tutela, me fueron dadas, junto con la niña, unas tijeras, además de hacerme ciertas confidencias que serían de mucha utilidad en su crianza. Ya ustedes saben que las ciguapas son criaturas un tanto peculiares.
—¡Ah! Claro —interrumpió Cuervo, señalando a Brisa Fresa que se había quedado profundamente dormida.
—Desde luego, se refiere usted a sus pies que siempre van en dirección contraria.
—Ojalá se tratada de eso —continúa la señorita Garza —el problema no son sus pies… ¡es su cabello!
—¡Sus cabellos! —exclamaron Cuervo y Rana a coro.
—Sí, amigos. Su pelo se hace muy, muy largo si llueve por más de tres días y si no es cortado antes del cambio de luna, se tornará verde y luego se pegará a la tierra como pasto. Y ella…
—¿Qué le ocurrirá? —preguntaron conmovidos.
—Ella —dijo la señorita Garza, visiblemente emocionada,  —se convertirá en un árbol, cuyos frutos serán tan dulces o agrios como lo fuera su carácter.
La reacción no se hizo esperar: empezaron a sollozar, a abrazarse, a hipear de la tristeza.
—¡Un momento! —dijo Cuervo, mientras se sacudía aparatosamente el pico.  —Aquí hay algo que no está claro. Usted dijo que le entregaron unas tijeras… Entonces, ¿cuál es el problema?
—Sí, ¿cuál es el problema? —repitió Rana.
—El problema es… ¡qué he perdido las tijeras!
—¡Aaaaay, nooo! —irrumpió Rana, dando una gran voltereta en el aire y llevándose las patas a la cara.
—Ahora, dígame —intervino Cuervo, justo en el momento en que Rana Verse de disponía a caer desmayada: —¿Dónde se le han perdido las tijeras?
—Ha sido en el corral, mientras cortaba las crines del potro Pinto.
Dos días más, después de esta reunión, continuaron las lluvias, pero cuando salió el sol, se restableció todo al contacto de sus luces y calor.
Brisa Fresca se sentía radiante y durante una buena parte de la mañana jugó sin notar nada raro, pero a medida que avanzaba el día, el pelo comenzó a crecer hasta convertirse en un verdadero estorbo.
Mientras tanto, Cuervo Aurelio se dedicaba a espiar a Rata Arrocera, de quien tenía serias sospechas. Por supuesto, lo hacía con disimulo y hasta se disfrazó de gallina para confundir al roedor, pero de nada le valieron sus tretas porque la Rata es muy lista y lo sorprendió.



—Señor Cuervo —dijo Rata muy enojada —¿sabe que haría si tuviera un par de alas como las suyas?
—¿Qué cosa haría? —preguntó el cuervo un tanto turbado al verse descubierto.
—Volar muy alto y desde allí, tratar de localizar las tijeras.
Cuervo Aurelio estaba sorprendido. La sugerencia del roedor no solo tenía sentido; sencillamente le pareció excelente, y muy entusiasmado dio las gracias y remontó vertiginosamente.
La situación de Brisa Fresca era difícil. El pelo no paraba de crecer y la señorita Garza y Rana Verde se turnaban para sostener la larga y espesa cabellera.
A ratos la garza, a ratos la rana, y luego también las abejas, los colibríes, cotorras y libélulas… pero después de tanto zumbar, revolotear y saltar, sintieron mucho calor y se metieron al río.
Brisa Fresca disfrutó del baño aliviada del peso de sus cabellos que flotaban en el agua, y tan distraída estaba compartiendo con sus amigos que ni se percató de la confusión que se originó cuando unos pequeños quedaron enredados en su pelo.



—¡Auxilio! —gritaba mamá Camarón y mamá Cangrejo —¡Nuestros pequeños han sido atrapados por un monstruo oscuro y peludo!
Y mientras más se desesperaban, más pinzadas daban y ya no paraban de cortar la melena hasta liberar a sus crías. Claro que ellas no fueron las únicas liberadas, ya que ambas madres, sin proponérselo, hicieron un magnífico corte a Brisa Fresca.
Ahora todos estaban contentos… ¡Bueno! En principio, no todos, porque Cuervo Aurelio se enteró de lo ocurrido y se sintió algo deprimido. Él, después de sobrevolar muchas veces el campo, había encontrado las tijeras, pero ya no eran necesarias. Los crustáceos se habían adelantado. Finalmente, Cuervo también comprendió que para Brisa Fresca había sido lo mejor. En lo adelante, no tendría que depender de ningunas tijeras, pues ahora ella sabía que cangrejos y camarones serían los mejores peluqueros.
FIN

jueves, 21 de diciembre de 2017

De los tres niños que salvaron la Navidad, Néstor Medrano



“El viejo Antolín les contó que el niño Picú lo hacía feliz. Que tenía la promesa de llegar a la mina donde se guarda la esencia de la Navidad.
Les dijo que estaba escrito que era él quien debía penetrar y liberarlos del maligno de Tuzán. Pero Tuzán los sorprendió. Y con artes de magia de la mala hizo que el niño Picú desapareciera de la faz de la Tierra y sus confines. El niño Picú estaba destinado a salvar todas esas tradiciones hermosas y festivas de las criaturas divinas del Señor. Y una mañana ¡Zas! Tuzán lo alejó.
―¿Y cómo lo hizo desaparecer Tuzán?―preguntó Crisóstomo, buscando entender mejor la historia. Juanchi, se lo explicó…
―Tuzán es un ser malísimo que desapareció con magia de la mala al niño Picú…que iba a salvar las historias y las tradiciones del pueblo, tomando la esencia en una cueva donde había una mina… y así sucesivamente…
Crisóstomo miró más confundido que nunca al viejo Antolín, el viejo Antolín les mostró su dentadura blanquísima, se encogió de hombros y les dijo:
―Algo así…más o menos…pero ya, deben marcharse, pronto será de noche y sus padres estarán muy preocupados. Además no quiero que los vean en esta casa, el monstruo podría morderlos…
―¿Hay un monstruo?―preguntó Crisóstomo…recibiendo un codazo de Juanchi, que finalmente le aclaró:
―Solo bromea…”. (Fragmento).

lunes, 18 de diciembre de 2017

El ciempiés fuma arco iris en pipa y otras verdades. Mateo Morrison



Mateo Morrison
mateo@mateomorrison.com

Al leer el libro El Ciempiés Fuma Arco Iris en Pipa y otras Verdades de Lady Diana Castillo Villalón, experimento una importante sensación de que no estoy frente a un libro más de literatura para niños, sino frente a un conjunto de relatos escritos con los mejores elementos del idioma, donde cada palabra está plenamente seleccionada para que responda al proceso comunicativo cuyo resultado sea una obra artística.

Y digo esto porque una buena parte de los libros que se escriben sobre este importante y delicado género, priorizan el contenido, el argumento, la historia que cuentan y se olvidan del uso del lenguaje, y a veces resulta tan pobre que no merece el calificativo de obra literaria.

Asumir el hecho literario desde una narrativa hecha para niños y niñas, no debe significar rebajar la dignidad literaria, sino al contrario, elevarla con un nivel de especialidad aún más difícil que si se dirigiera sólo para adultos.

Este tipo de literatura que nos trae El Ciempiés Fuma Arco Iris en Pipa y otras Verdades, corresponde a una categoría que puede ser disfrutada por cualquiera, pues su soporte no es sólo el aspecto argumental, sino la estructura formal con que éste llega a través de un lenguaje depurado donde cada palabra ocupa un lugar preciso dentro de la estructura artística que le sirve de soporte.

Y es que una obra literaria no es sólo contenido, la forma en que se escribe será determinante para saber los niveles de calidad que les son atribuidos a todo texto con fines de permanencia en el tiempo.

Pero no sólo se trata de contenido y forma en esta obra, aparte de la lección ética que le deja a las lectores, está un fino sentido del humor y un definido horizonte de ironía orientado a combatir las bajezas humanas y exaltar los valores de la solidaridad, la hermandad y todos los aspectos que se constituyen en lecciones positivas para los lectores.

No falta lo lírico, como cuando dice en este texto que reproducimos del relato La niña y el Unicornio, lo siguiente: 

“El hombre apartó la vista de una hoja seca que estaba examinando.
¿Qué saben ustedes sobre eso? No han visto uno de esos tiempos que tienen alas multicolores y toman la miel de las flores.
Eso es una mariposa dijo la niña.
No importa su nombre. Es el tiempo, evasivo y hermoso, estoy seguro de que si atrapo uno podré tomar el sol mas rato y la luna conversará menos con las estrellas. Ahora déjenme en paz”.


Lady Diana Castillo Villalón o los primores del cuento infantil



Por: LEÓN DAVID

La visión profética de George Orwell: 1984 es ahora
Hacer de menos la llamada literatura infantil, reputarla género ancilar porque por modo ostensible se propone no ya satisfacer el acendrado gusto del lector avisado, sino cautivar el alma en agraz del niño dirigiéndose a un público inexperto y, por ese hecho, supuestamente fácil de contentar, semejante opinión, insisto, sobre ir en menoscabo del libro destinado a los chiquilines, presta –harto me lo temo- flaco servicio al oficio demandante del escritor tanto como a los arduos encantos del arte narrativo.

Importa error de a folio suponer que la creación concebida para el solaz de los chicuelos es, en punto a rigor, habilidad, industria e inventiva, menos reclamante y, por ende, menos sustantiva y valiosa que la que se realiza para colmar las acaso retorcidas inconformidades de la persona adulta… A riesgo de infringir los oportunos modales de la discreción y la modestia postulando juicios con privanza de eternidad, no me abstendré de sostener en contra del parecer mayoritario del vulgo y acaso de los entendidos, que hacer genuina y perdurable literatura infantil no será, no es ni ha sido nunca cosa de coser y cantar. En efecto, si de apariencias delusivas no me pago, no tiene trazas de viable la creencia de que la ficción escrita para los niños, a causa de la inmadurez de quienes la leerán, requiere en lo atinente al logro del objetivo de entretenimiento y formación que de ella se espera, menos esfuerzo, talento y originalidad que los que solemos encarecer en las obras literarias de solera a las que son adictos ciertos individuos que han dejado atrás, en verdad muy atrás, la edad pueril.

Los asertos que acaban de escapar a los puntos de mi pluma no carecen, hasta donde he podido percibir, de fundamento a poco tengamos en la mira la finalidad suprema del arte de la palabra: seducir al lector mediante la belleza del lenguaje, sumergirlo en un universo extraordinario, sorprendente, donde en virtud de los poderes de la fantasía se auspicie el encuentro del fruidor de la obra con las ultimidades existenciales de su propio ser.

Va de suyo que en el caso del relato infantil pareja inmersión en los hontanares de la subjetividad, en las abisales simas del yo, impone de partida peculiares procedimientos constructivos y específicas estrategias retóricas. Salta a la vista que el mundo del niño no se asemeja al del adulto. Es, por tanto, imperioso que quien escriba para la chiquillada, por más que haya sobrepasado largamente la fase del trompo y las muñecas, lejos de haber dado la espalda a esa vis traviesa volcada hacia el asombro que es la marca inconcusa de la niñez, conserve –tesoro inmarcesible- el espíritu lúdico, optimista, desenfadado propio de los albores de la existencia… Y aquí es donde, bien lo hace explícito el popular adagio, “la puerca tuerce el rabo”; pues no todo escritor de probado profesionalismo o incluso de trayectoria sobresaliente, es capaz de producir páginas que los chicos leerán con gozosa fascinación. El don literario que hace las delicias del lector instruido y fructifica en narraciones y poemas de saliente calidad, no asegura en modo alguno el éxito de un autor cuando éste de repente da en la ocurrencia de escribir historias infantiles; que así como el creador de afortunadas novelas no es raro fracase con estrépito cuando incurre en la manía de estampar líricas efusiones sentimentales en lenguaje versificado, o el poeta de estro espléndido y acento musical a menudo se descalabra cuando endereza por los caminos de la prosa de ideas, así mismo el escritor de alto coturno y bien ganados títulos de excelencia en la esfera de la literatura para adultos, puede perfectamente zozobrar si, impedido por cualquier razón de conectarse con el niño que lleva dentro de sí, intenta hablar a la agente menuda en idioma que ya ha olvidado y desconoce.

No es este el caso –en ello va nuestro crédito- del libro de cuentos infantiles que exhibe el título de El Ciempiés Fuma Arco Iris en Pipa y otras Verdades, de la autoría de la joven narradora cubana Lady Diana Castillo Villalón. En las palabras introductorias que escribiera el poeta Mateo Morrison para dicho texto, topamos con el siguiente aserto que da remate a su atinada ponderación de los méritos de la cuentista: “esta selección de relatos (…) enriquece cualquier literatura de su género porque está escrita con los ingredientes esenciales de una obra de arte plena de sentido y con una estructura admirable.”… El juicio del prologuista es, para quien cure de la imparcialidad, ciertamente atendible. Veamos de mostrarlo: En mi falible opinión, el cuento para niños debe poseer, entre otras caudalosas prendas, las fundamentales cualidades a las que, a humo de pajas, aludiré a continuación: para empezar, desbordada fantasía de tónica jovial y coruscante; luego humor, gracejo, chispa, donaire; no puede faltar tampoco –tercer ingrediente- la poesía, la belleza de un estilo fluido, llano, fresco y sugerente; y, por descontado –postremo e imprescindible requerimiento-, es de rigor que las historias contribuyan a exaltar los valores de la alegría, la vida y el bien…

A estas cuatro estipulaciones –nos ceñiremos tan solo a ellas en obsequio a la brevedad-, a estas cuatro exigencias condice plenamente el libro de Lady Diana. La fantasía borbota, burbujea en cada una de sus páginas generando la magia fulgurante de lo maravilloso, como ocurre en el episodio de la bruja que convertida en estatua fue reventada en “miles de pedacitos que se regaron por el parque”; o bien como la vasija prodigiosa que el artesano modelara, la cual producía música; o acaso como el comienzo del relato titulado La niña y el unicornio, el cual reza: “Había una vez, en un océano, una isla. Era un lugar lleno de unicornios rojos, que volaban hacia los sueños de los niños. El océano estaba dentro de un libro y el libro lo tenía una niña”.

Por lo que toca al elemento festivo y retozón, a cada instante nos sale al paso, verbigracia el detalle de las tres palomas juezas del concurso de cocina, que al probar el repugnante menjurje de la bruja Oxer mudaron de color y cayeron desmayadas; o como el sujeto que a todo lo que se le preguntaba respondía, sin que viniera a cuento, con un refrán.

De impoluto lirismo, sobrados ejemplos podríamos escoger. Circunscribámonos a uno distraído de la fábula Las pecas de María: “María se fue muy contenta para su casa, pues al fin se libraría de esas odiosas manchitas. Iba tan alegre que entonó una canción. ¡Hacía tanto tiempo que no cantaba! Y mientras cantaba no se daba cuenta que detrás de ella se abrían los capullos de las flores, y con cada nota de su canción nacían ruiseñores y brotaban riachuelos a sus espaldas. Los habitantes de Gluglú sacaban las cabezas por las ventanas de las casas para ver aquel milagro. ¡Eran las pecas y la alegría de María las que hacían la magia!”… ¿Puede acaso darse mayor sencillez en la expresión de un suceso imaginario, no por exento de pretensiones retóricas menos estéticamente eficaz?

Por último, sería incurrir en delito de lesa equidad exegética no poner de resalto que la autora de la obra que a punto largo estamos escoliando, de manera natural, nunca forzada, alecciona, educa, orienta, plasmando en el entramado mismo de las historias que relata una serie de sustanciales valores éticos y de convivencia social; así el alcalde de Pueblo Chico, que era “aprendiz de todo y oficial de nada” y que “ Disfrutaba engañando”, recibe el peor de los castigos, éste: las mentiras con las que buscaba burlarse y perjudicar a gente cándida se tornaron verdades que hicieron la felicidad y la fortuna de los que él creía víctimas de su trapacería; o también el caso del artesano astuto que deseaba ofrecer al rey su vasija maravillosa y a quien los dos consejeros corruptos de la corte exigían a cambio de concederle audiencia con el soberano, la mitad de lo que el monarca le obsequiara a guisa de recompensa; ni corto ni perezoso, el avispado artesano, cuando el rey le preguntó si quería oro, plata y diamantes por su inigualable vasija, lo que pidió fue que le premiaran con doscientos azotes, y entonces, escuchemos: “El Rey se quedó asombrado y los consejeros abrieron los ojos como platos.

-No entiendo –dijo asombrado el Rey- puedes pedir riquezas y quieres que te den azotes, ¿estás seguro?

-Sí, su majestad- respondió el artesano.

Cuando los guardias del palacio iban a atarlo el artesano los detuvo.

-¡Un momento! –dijo. Soy un hombre que siempre cumplo mi palabra y le prometí a cada consejero la mitad de mi recompensa, pues bien, le corresponde a cada consejero cien azotes.

-¿Qué dices, campesino loco? –chilló el Primer Consejero.

–¿Cómo que cien azotes, no te das cuenta de que era una broma?- protestó el Segundo Consejero.

Pero el Rey era muy justo, por eso hizo que le administraran cien azotes a cada consejero para que no se aprovecharan más de sus súbditos.”

La villanía se paga: se impone la justicia. El mensaje que la divertida invención contiene anidará en el corazón del niño favoreciendo desde muy temprano el fortalecimiento de los más prístinos valores éticos, esos que ninguna sociedad que presuma de civilizada puede impunemente preterir.

El Ciempiés Fuma Arco Iris y otras Verdades es libro que fascinará al revoltoso público de los pequeñines; pero eso no es todo, los lectores que cargan varios lustros sobre sus hombros, con tal no hayan dejado apagar en el pecho la hoguera cálida de la infancia, cuando se aproximen a sus felices páginas no saldrán –lo afirmo, lo aseguro- defraudados.


FUENTE:Artículo León David

martes, 5 de diciembre de 2017

Cuentos para Angélica de José M. Fernández Pequeño


EL AUTOR HABLA DE LA OBRA


Un padre quiere hablar con su hija como si fueran dos amigos y, con ese fin, se hace pasar por Pedro, un amigo que escribe cuentos para la niña y se los envía desde diferentes lugares del mundo. Así, a través de la ficción, padre e hija construyen un vínculo hecho de ternura y entrega. Cuentos para Angélica es una aventura en busca de la sinceridad, la prueba de que la imaginación puede ser un país espléndido, indispensable para todos.


LA OBRA

Cuentos para Angélica fue considerada finalista en la edición 2003 del "Concurso Internacional de Literatura Infantil LIBRESA-Julio C. Coba". Un papá que busca comunicarse mejor con su hija, "usurpa" el papel de Pedro, un "cuentacuentos" amigo, para en su nombre escribir historias a su hijita sin que ella pueda descubrirlo. Así le narra las aventuras de otro Pedro, un niño como ella, y al final ocurre lo imprevisto. Los cuentos de este libro hablan de la imaginación, la ternura, el aprendizaje de la vida, el primer amor y tantas otras cosas en las que, estamos seguros, te podrás reconocer. Por eso te invitamos a leer a continuación, a llegar hasta un final que será, como tú misma vida, un principio.

martes, 28 de noviembre de 2017

El ascenso de la literatura infantil dominicana José Nova | 26 agosto, 2017

En el universo de la literatura dominicana, las creaciones destinadas al lector infantil y juvenil se han multiplicado con los años, no solo con la labor de los autores dedicados por completo a este sector, sino también con los aportes de otros escritores más conocidos por su línea adulta.

Es a partir de la segunda mitad de los ochenta, según apunta el exministro de Cultura y Premio Nacional Feria del Libro 2016, José Rafael Lantigua, y con mayor acento en el decenio de los 90, que la República Dominicana comenzó a cosechar con fervor este tipo de obras en una diversidad de géneros que sirven de impulso a la imaginación y la creatividad para educar, divertir y formar a los infantes dominicanos.

Los primeros registros de la bibliografía dedicada especialmente a esta clase los ofrece el investigador Miguel Collado en su libro En torno a la literatura dominicana, donde consagra a la escritora puertoplateña Virginia Elena Ortea (1866-1903) como la pionera de los cuentos infantiles y juveniles en el contexto nacional, con los títulos Los diamantes (Revista Ilustrada, 1 de febrero de 1899)y Estrellas y flores: cuento de Navidad (Revista Literaria, 23 de marzo de 1901), contenidos en su libro Risas y lágrimas.


Dinamismo


Sin embargo, Collado establece que en la década de 1930 es que se inicia la publicación de textos infantiles con un reducido número hasta los años 70, período en el que vieron la luz solo 24 obras para niños. Una bibliografía insignificante si se compara que entre los ochenta y los noventa circularon 99 libros infantiles.

Precisamente, un repaso en ese sentido desde la creación del Premio Anual de Literatura Infantil y Juvenil Aurora Tavárez Belliard, muestra que se han ampliado las temáticas, construcciones y poética de la narrativa, aderezada por la ilustración gráfica. La lista de los autores y obras que han merecido este reconocimiento como parte de los Premios Anuales de Literatura, que entrega el Ministerio de Cultura, la integran Lorelay Carrón (Un pedacito verde en el corazón, 1998), Margarita Luciano (Quién se robó el verde, 1999), José Enrique García (Un pueblo llamado Pan, 2000), Tomás Castro Burdiez (Balle Nita y el Pez Cador, 2001) Luis Martín Gómez, (Mamá, a aquella caracola le está naciendo un mar, 2002), César Sánchez Beras (El sapito azul, 2003), Jenny Montero (Éranse unas criaturas del monte, 2004), Julio Adames (Cuerpo en una burbuja, 2005 -poesía), Marcio Veloz Maggiolo (La verdadera historia de Aladino, 2006), Dinorah Coronado (Rebeca al bate y dos cuentos más, 2007), Ana Brígida Gómez (La sirenita de coral, 2008), Tony Morales (Las aventuras del niño inventor y la bruja Marleny, 2009), Brunilda Contreras, (Esperanza, 2010), Rafael Peralta Romero (A la orilla de la mar, 2011), Virginia Read Escobal (El Pacto de Guani, 2012), Farah Hallal (Sábado de ranas, 2013), Gisela Nolasco Peña (La Cigua Palmera y la Madam Sagá, 2014), José M. Fernández Pequeño (Bredo, el pez).

Para que se tenga una idea de la producción de cada año, hay que destacar que el jurado del Premio Anual de Literatura Infantil y Juvenil Aurora Tavárez Belliard recibe hasta más de 20 propuestas de diferentes autores. Cerca de cumplir cuatro décadas de intensa producción, la literatura destinada a los pequeños ha contado con un valioso grupo de escritoras, como Mary Collins de Colado, Aida Bonnelly de Díaz, Leiby Ng, Eleanor Grimaldi, Marianne de Tolentino, Carmen Martínez Bonilla y Lucía Amelia Cabral, entre otras que no están en la lista de premios.
Aunque la labor de las mujeres ha sido fundamental, también los aportes masculinos han jugado un importante papel en el boom de la literatura infantil.

Al académico, cuentista y novelista petromacorisano Miguel Phipps Cueto, se le debe el mayor número de aportes. No solo es uno de los autores dominicanos con más publicaciones en las últimas décadas, con 73 títulos y coautor de siete, sino que es el escritor más prolífico de literatura infantil de América Latina y el Caribe. Forma parte de la más prestigiosa colección de libros para niños de Iberoamérica. En su bibliografía se destacan La lechuza hambrienta y el astro Sol, La hormiga cocinera y el escarabajo pelotero, El roedor fanfarrón, Crisálida, Nacimiento Divino, Dientesano, La niña que se convirtió en flor, El pajarito perdido, Luciérnaga, Plumas de vanidad, El sapito delincuente, El regalo más bello, Castillito de arena y La ranita comilona, entre otros títulos.

En la fecunda producción masculina, Juan Bosch es valorado como el primer escritor dominicano en publicar un libro de cuento infantil: Un cuento de Navidad (Santiago de Chile, 1956). Tres décadas más tarde puso a circular El culpable (Isla Abierta, 1985). Otra de las grandes figuras de las letras dominicanas, Pedro Henríquez Ureña (1884-1946), dejó su huella en este terreno cuando publicó en el periódico El Mundo, de México, Los cuentos de la nana Lupe.

Otras lecturas para niños


Algunos de los libros recomendados son Versos del mar (Bismar Galán), Mi caballito de goma y otros poemas para niños (Andrés Acevedo), Las gallinas son eléctricas (Farah Hallal), Las dos nanas (Dinorah Coronado), “Daniel y el ave” (Marivell Contreras), El unicornio (Vinicio López Azuan), Los fabricantes de juguetes (Iván Payano), El sonido que faltaba (Leibi Ng). El ave y el nido (Salomé Ureña) y La ciudad de los niños (Manuel Rueda. Junot Díaz, premio Pulitzer, se estrenará en el 2018 en el mundo de los relatos infantiles con un cuento sobre dos niñas dominicanas que crecen en Nueva York, titulado Islandborn.

Original publicación: http://elcaribe.com.do/2017/08/26/ascenso-la-literatura-infantil-dominicana/

domingo, 26 de noviembre de 2017

Entrevista a Farah Hallal,



Farah Hallal

Nació en Salcedo. A eso le atribuye su vena revolucionaria, esas ganas de luchar para que el mundo (o su país) sea mejor. Estudió Artes Gráficas en la Universidad Pedro Henríquez Ureña pero su trabajo se ha vinculado siempre a las letras. Escritora y directora creativa en agencias publicitarias y medios de comunicación, en los que también ha fungido de correctora. Es la fundadora de la Revulú, una revista infantil por la que dio a conocer sus cuentos y poemas. Farah, a través de la escritura, persigue de manera incansable que se respeten los derechos humanos, promoviendo talleres para enseñar a leer y escribir. Ella dice que, aunque parezca una locura, se puede vivir de la escritura. Sus hijos son su mayor inspiración. Aunque ella es una niña confesa.

Entrevista a Luis Reynaldo Pérez por Diario Libre



Luis Reynaldo Pérez

Franco. Y esa misma franqueza, confiesa, la usa para escribir a los niños y satisfacer a ese niño interior que lleva dentro. Es poeta, gestor cultural y editor. Dice que lee desde que tiene uso de razón y es un consumidor asiduo de literatura infantil. Lunario (Alfaguara, 2014) es una de sus publicaciones hecha especialmente a la medida de los niños (as) (sin importar la edad que tengan), sus lectores más exigentes. Su experiencia es vastísima en estos menesteres literarios y culturales. Cuando habla, lo hace con una propiedad que no se quiebra. Es uno con la palabra y en esta ocasión nos permite conocer un poco sobre sus andares y experiencias en la literatura infantil.

Entrevista con Lucía Amelia Cabral




Lucía Amelia Cabral

Tiene una imaginación increíble. Cuando habla de lo que escribe, se le dilatan los ojos, de por sí expresivos, y se ilumina el rostro. Cada palabra es un dibujo que va cobrando forma. Es egresada de la Escuela de Derecho de la Universidad Pedro Henríquez Ureña pero su vida ha ido girando en torno a la comunicación y la literatura infantil. Gracias a la publicación de su libro ‘hay cuentos qué contar”, la llaman para que sea parte de un programa televisivo también para los chiquitines. Y así, su rumbo se va escribiendo solo, por el camino de los cuentos y una que otra poesía. Pero siempre como el tinte infantil, su pasión, sin duda.

sábado, 21 de octubre de 2017

EL BARCO DE VAPOR EN DOMINICANA








¿Veremos los tucutús, abuelo?




¿Veremos los tucutús, abuelo?

Luis Beiro

Néstor Medrano se hizo escritor a partir del periodismo. Es uno de esos casos donde la vocación no se pierde a causa de la inmediatez. Por su trabajo, Medrano debe todos los días cubrir eventos, redactar informaciones y someterse al lenguaje convencional que impone la tradición del país para el periodismo escrito.

Sin embargo, la semilla de escritor salía a relucir en algún momento del día (o de la noche) y Medrano era el personaje de sus propias historias. Así fue armando novelas, relatos, poemarios y literatura infantil, porque su intuición creativa no pretendía un límite genérico. Él ha escrito varios libros, la mayoría inéditos, en espera de que en el país se instaure un negocio editorial que reconozca el oficio que ha elegido. Mientras llega ese momento, publica sus historias aquí o allá. La más reciente, titulada: “¿Veremos los tucutús, abuelo?” lleva el sello de la editorial SM, a través de su colección, “El barco de vapor”. Es un relato para niños, ilustrado por Montserrat Ubach, donde se evidencia la destreza escritural de Medrano; quien además, no abandona su vocación lectiva, ni tampoco su formación como periodista.



domingo, 15 de octubre de 2017

¿Quién es Marino Berigüete en la Literatura Infantil Dominicana?


Nacido en Barahona, República Dominicana en 1962. Abogado, político y escritor. Entre sus publicaciones destacan obras de diversos géneros literarios: Mujeres y Odas a Barahona (poesía); Despertar de las palabras (ensayo); Maralba (novela); 13 cuentos supersticiosos del sur y Gotas de agua (cuento).

Ha colaborado como articulista en el periódico Última hora, de su país. En la actualidad combina sus actividades políticas con su labor como parte del Consejo Editorial de la Universidad Central del Este, en Santo Domingo.

A los dieciséis años inició su carrera literaria, con el cuento Segura y el Diablo. Poco después ingresó en la Universidad Autónoma de Santo Domingo, mas tarde ingresa a la Universidad Pedro Henríquez Ureña y realiza un Post grado en Ciencias Políticas y otro en Derecho Internacional, ha sido diplomado en varias universidades y fue profesor de Derecho Internacional y Civil en la Universidad Católica de Santo Domingo y Pedro Henríquez Ureña.

Su primera obra publicada  fue Mujeres  en (1986), con veinticuatros años, no obstante cuatro años después fue el libro Treces Cuentos Supersticiosos del Sur el que lo llevó a ganar un prestigio entre los escritores literario dominicanos.

Su madurez literaria llegó con El Retrato de la Madre y Otros Cuentos y Secretos y Soledad, verdadera exhibición de su prosa integra abundantes elementos experimentales, tales como la mezcla de diálogo y descripción y la combinación de acciones y tiempos diversos, recursos que empleó también en parte en el Plan Trujillo (Novela) un retrato de la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo.

Marino Berigüete, desarrolló un Periodismo Literario en varios periódicos, sus primero artículos, vieron la luz, en los desaparecidos periódicos: Última Hora, La Nación, El Siglo donde se refleja en sus escrito un la preocupación social por su país.

Impulsor en esa Nación la creación de lo que es el Ministerio de Cultura, y fue Secretario de Cultura del Partido Reformista, que presidía para ese entonces el presidente de la República Dominicana Dr. Joaquín Balaguer.

Otras obras suyas son Melissa y el árbol, (cuentos) Odas a Barahona (poemas) Mujeres (poemas).

DOS GOTAS DE AGUA, por Marino Berigüete,

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Por Marino Berigüete

Érase una vez un pueblecito donde vivían dos gotas de agua llamadas Melina y Massiel. Desde tempranas horas de la mañana, iban por los montes de hoja en hoja, de flor en flor; corrían por los troncos y saltaban de piedra en piedra.
Llegaron al río y empolvadas de tierra se lanzaron a rodar. La corriente de agua las arrastraba. El agua les devolvió su color. Volvieron a ser claras y transparentes como dos lágrimas. Llegaron alegres al mar. Las olas las mecían en sus lomos de un lado a otro y ellas, muy contentas, reían y bailaban en un solo pie. El aire las empujaba de un lado a otro y ellas, muy contentas, reían y bailaban en un solo pie. El aire las empujaba de un lado a otro y las vestía de sal. A la vez, sentían un frío intenso.
El Sol, al verlas temblando, las abrazó con sus rayos dorados. Se calentaron tanto que volaron al cielo. Al verse tan altas, acostadas en una tranquila nube, Melina le dijo riendo al Creador del mundo:
—Papá Dios, mi amiga y yo queremos vivir aquí en el cielo, a tu lado.
Y allá en el cielo azul, Papá Dios se pasó sus manos por las barbas de nube, las miró con ojos de estrellas, las miró con ojos de estrellas, pensativo ante el pedido de las dos gotas de agua. Y les dijo con su voz de trueno y rayo.
—No puedo complacerlas.
—¿Por qué? —Preguntó Massiel —Nos vamos a poder muy bien aquí.
Dios se quedó en silencio, pensando acerca de las palabras de Melina y su amiga…
—Por favor, Diosito —dice Melina juntando sus dos manitas.
—No puedo —dijo Dios preocupado por el pedido de las dos gotas de agua—. El mundo sin ustedes —continuó Dios hablando pausadamente y acariciándose las barbas— no tendría color, los árboles morirían de sed, los ríos se convertirían en caminos de piedras, las flores se secarían en caminos de piedras, las flores se secarían de tristeza, los animales morirían y el mundo desaparecería por completo.
—No sabía que dos simples gotas de agua como nosotras fueran tan importantes —dijo Melina.
—Cada una de ustedes es importante —les contestó Dios. —Ustedes juntas forman los ríos, el mar, las nubes, y hasta la propia vida de los seres humanos que viven en la tierra.
—Dios —dice Massiel, —perdónanos por pensar sólo en nosotras.
—Todo el mundo —les dijo Dios, —piensa que su mundo es el más importante, pero el mundo es de todos. Cada cosa que existe en el mundo está cumpliendo una función y si el hombre aprendiera de la sabiduría de la naturaleza, ese mundo sería más bello.
Las dos gotas de agua se miraron y se agarraron con sus húmedas manos dispuestas a bajar de nuevo a la Tierra. Dios comprendió que ya ellas habían entendido la lección y comenzó a soplar lentamente sobre las nubes. Entonces, las nubes abrieron sus puertas y varias gotas de agua bajaron a la tierra de nuevo. Melina, contenta, mientras caían, cantaba una canción.

La canción de Melina decía así:

Volvemos contentas del Cielo,
a besar la tierra y mojar los campos,
a acariciar las hojas de los árboles.
Volvemos del cielo, brillantes,
a encender los colores en las flores
y a escuchar el dulce canto de los pájaros.
Volvemos del cielo bendecidas,
a limpiar el mundo, a alimentar los ríos
y a llenar de agua los mares.
Volvemos del cielo cristalinas,
a alegrar el mundo.
Volvemos del cielo,
a murmurarle a la gente
cuánto Jesús los ama…

Dios escuchó la canción  de Melina entonada y se puso jubiloso.
Entonces las alcanzó y les dijo a las dos con voz de trueno y rayo:
—Gotas de agua, lágrima de mis ojos, que salen de mi alma, demuestren a todos en el mundo mi gran amor por ellos.

©Marino Beriguete de su libro MELISSA Y EL ÁRBOL

lunes, 2 de octubre de 2017

Literatura para duendes. Dentro del bosque

La escritora Rosa Francia Esquea rodeada de niños lectores

Ylonka Nacidit Perdomo

A Eric V. Ramos… por recordarme las “cosas”
que tengo pendientes de realizar al iniciar el año.


No soy escritora de literatura infantil, o bien, en el mejor de los casos, diría de literatura escrita para infantes. Lo único que puedo decir es, que como toda niña de mi generación, educada en un hogar tradicional, mis primeros viajes imaginarios a la literatura fueron de la mano y en los brazos de mi madre. Ella fue quien me alfabetizó en la casa y, luego, aún cuidándome por mi delgadez y mi poco deseo de comer me llevó a temprana edad a un colegio de monjas altagracianas, en cual cursé la primaria, la intermedia y la secundaria.
De mi infancia recuerdo como lecturas iniciales las aventuras de Pinocho, y los versos que mi mamá me enseñaba para recitarlos en las veladas que se organizaban en el colegio. La poesía de Gabriela Mistral me sorprendió por su musicalidad, recuerdo de su libro “Ternura” el poema Meciendo (El mar sus millares de olas/mece, divino. / Oyendo a los mares amantes, / mezo a mi niño. / El viento errabundo en la noche/ mece los trigos. /Oyendo a los vientos amantes, / mezo a mi niño. / Dios Padre sus miles de mundos/ mece sin ruido. /Sintiendo su mano en la sombra/ mezo a mi niño”.
La Edad de Oro de José Martí, me cautivó mucho, y más aún sus ilustraciones realizadas a plumilla. Heredé de mi abuela paterna, una primera edición de 1889, bajo el título La Edad de Oro. Publicación mensual de recreo e instrucción dedicada a los niños de América redactada por José Martí y editada por A Da Costa Gómez en Nueva York. Éste es, y será, mi principal libro de cabecera para recordar lo que llamo mis “tiempos felices”.
He pensado que cuando en nuestro país, y en el circuito de especialistas, académicos, escritores y lectores se habla de literatura infantil, lo que se pretende es llamar la atención sobre este tipo de creación en un solo sentido: denominar así a la literatura escrita para niños desde la óptica y desde la percepción de los adultos. No sé si es correcto o válido utilizar esa “etiqueta” puesta a esa creación como un guiño, ya que entiendo que toda literatura se asume como ficción cuando se construye para y hacia los otros.
Considero que, toda literatura –sea para adolescentes o niños- es un nuevo alfabeto de palabras con sus territorios semánticos propios y un status referencial de autoría. Así, la literatura infantil se afirma como si fuese un paisaje de recuerdos y, se justifica por sí misma, subvirtiendo con desarraigo lo institucionalizado como mito, o bien, provocando el deshojamiento de las ideas.
Pero fuera del “sentimiento” de escribir, de la pertenencia y apropiación de la palabra ¿cómo se puede abarcar con magia el pensamiento de la infancia, contarle a los niños, narrarle una historia, en torno a las ideas del bien y del mal, de lo que se considera como justo, si la naturaleza de su infancia los hace vulnerable?
“Conjugar” una narración para abrir el universo de la infancia a la cotidianidad del mundo, requiere de una interlocutora-escritora explícita, que se comprometa con cierta clarividencia a dejar a un lado los arquetipos borrosos que estén totalmente distantes de la historia que se cuenta, que los personajes puedan instaurar un diálogo abierto, recreativo, si se quiere, para que los infantes accedan a las ideas de lo que se dice.



Para ser escritora de literatura infantil, para esas pequeñas personitas que viven su edad dorada es, necesario ser un duende, y no emprender como único rol ser un ángel protector o un héroe magnánimo; solo se requiere ser un duende dentro del bosque, no un simple peregrino fabulador, audaz y complaciente, porque la inocencia rebelde existe en los infantes con sus interrogantes, con sus oídos atentos y sus recurrentes entrecejos que ponen en duda las palabras que no aceptan para analizarlas como “buenas”.
En la inocencia todos tenemos incertidumbres y conflictos vagos; nos enredamos en imágenes y guardamos un arsenal de miedos; otras veces, nos resistimos a reconocer nuestro reino y a cualquier autoridad oscura o de mansedumbre, pero siempre en la infancia escuchamos una voz que sobrevive a todas las horas, que nos va construyendo la memoria. Nuestra infancia comienza con cómplices. Somos “bebés” y escuchamos a alguien que va escribiendo nuestra biografía ficticia o semificticia, aunque pequeña.
Este largo viaje de palabras que he pensado en alto es, como un adictivo, como una elegía liberadora que me había contado a mí misma; es la mirada totalizadora que he recordado cuando empecé a despertar del sueño de la inocencia; nunca antes había hecho esta catarsis de comprensión sobre el mundo en el cual discurrió la frugal edad de oro en la cual no sentíamos fatigarnos en la aventura del saber, porque siempre una es benevolente con el aprendizaje que nos ofrece nuestra madre, y nos ajustamos a las “decorosas” convenciones.
Si hoy he podido escribir estas líneas guiada por un angélico duende, es porque tuve de frente, ante mí, la edición del cuento “Las Mariposa” [1] de Rosa Francia Esquea, una escritora que me honra con su amistad.
Rosa Francia Esquea
La primera lectura de este libro la realicé en noviembre del 2006; desde entonces no he cambiado mi opinión de que este cuento unitario de Esquea, “Las Mariposas”, se nos presenta como un relato de concertación, con raíces que provienen de un árbol esbelto, cuyas hojas nacen para crecer con el vaivén que trae el viento en invierno, para que luego, en primavera, sus flores surjan de múltiples colores.
Cuando la palabra de una autora como Rosa Francia germina desde el viento, el viento se convierte en un militante abierto e infinito para aferrarse al espejo de los tiempos, y echar al suelo aquella expresión de que “las palabras se las lleva el viento”.
Su escritura es como la de una hormiga que va página por página dándonos epígrafes, pistas próximas, para aproximarnos al borde del drama. Su lectura es de un aliento dócil, donde los sentidos admiran el mensaje de los pliegos de papel pintados por mariposas.
Este libro de Rosa Francia es la primera piel que la mirada inocente debe descubrir para entrenarse en el mundo de los adultos, porque en la infancia, a veces, las cosas son previsibles, pero en la adultez, las cosas se convierten en una tormenta de intensidades abismales, que nos hacen mostrar una “nueva piel” esculpida por el dolor, el silencio, la soledad, la muerte y las injusticias.
Perderse en la primera piel sucede a edad temprana y, luego, en la vida que es equivalente a la existencia, cuando ponemos deslindes entre la tristeza y la felicidad, y nos reconocemos al través de los símbolos que reinan en la tensión de la sobrevivencia.
Esto me sucede ahora, porque en el remolino que es esta sociedad, donde una inmensa mayoría son miopes o sufren de una progresiva miopía, “Las Mariposas” sobreviven renovando su piel con un vuelo en el tiempo eterno.
Y, ahora que ellas habitan el espacio metafórico de la literatura infantil a través de este singular cuento de Rosa Francia Esquea, creo, pienso y siento, que debemos aferrarnos a la dialéctica como resistencia y no dejar que la infancia dominicana tenga miopía.
“Las Mariposas” son ahora, en el presente, mi “edad de oro”, y los invito a ustedes a hacerlas suyas al igual que el libro de José Martí, como una publicación “de recreo e instrucción dedicada a los niños de América”.
Considero que éste es, el final y el propósito que debe asumir la literatura infantil cuando estamos en nuestra primera piel: la instrucción y el recreo.

Nota:

[1] Las Mariposas es el título del cuento de Rosa Francia Esquea que narra la desaparición física, y el horror de la tortura que sufrieron las Hermanas Mirabal, Patria, Minerva y María Teresa, siendo víctimas de la tiranía trujillista. La autora actualmente es la Editora del suplemento infantil “Tinmarín” del periódico HOY.
Esquea, Rosa Francia. Las Mariposas. (Editora Universitaria. UASD, 2006): 53 páginas. Introducción de la autora, y prólogo de Margarita Luciano López. Ilustraciones a color de Amaya Salazar.

http://acento.com.do/2015/opinion/8209982-literatura-para-duendes/

sábado, 2 de septiembre de 2017

Carta de un viejo trompo al niño que lo abandonó. Por Juan Báez Melo


Para mis hermanos Tatín y Memé.

No sé si recuerdas el día que llegaste al taller para hacer sillas. Entre varios chicotes me escogiste a mí. Quién sabe si por el tamaño o por el grosor, ya que todos éramos desperdicios de baitoa. Un montón de pedazos de madera puestos al sol para que nos secáramos. Nuestro destino era ser quemados en el anafe donde se cocinaba el arroz. Nuestro sacrificio ayudaba a la alimentación de la familia.
Yo todavía no estaba seco, tampoco verde. Mi estado era de acojuelamiento, con la suficiente dureza para que me tallaran y no tan suave como para que el trabajo fuera fácil y después de que perdiera toda la humedad, me desfigurara.
Empezaste con un machete bien afilado. Luego raspaste mi superficie con el cuchillo que tu padre usaba para desollar los chivos. Recuerdo el tirón de orejas que recibiste por usarlo y tu grito de dolor… Fueron cinco días, entre rato y rato; suficientes para que te sintieras satisfecho.


Me hiciste casi redondo para que rodara lejos cuando dejara de bailar y así evitar quedar dentro de círculo que daba inicio al juego. El clavo que me pusiste de pie, lo afilaste tanto, que si no me movían, hacía un hoyo en la tierra, lo que de vez en cuando sucedió, principalmente cuando estaba floja por efecto de la lluvia.
Cuando nos ponían a bailar dentro del círculo, aquel de nosotros que no rodara lo suficiente para salir de él, se quedaba, y los demás trataban de sacarlo con sus respectivos trompos. Quien lo lograra, se convertía en su dueño, pero algunos niños nos clavaban, lo hacían de maldad y ahí venía el pelear con los trompo.



Me peleabas contra los de guayacán, de caoba, de roble, también de esa madera fibrosa que le decían majagua… Contra todos me tiraste y a todos los rajé. Fui dichoso. Muchas veces sentí miedo, principalmente cuando me enfrentabas a los de guayacán, pero esos, cuando secaban, se rajaban solos. Nosotros los de baitoa, mientras más pasa el tiempo, más endurecemos.  Me cayeron muchos trompos con clavos bien afilados, pero mi fortaleza me permitía rechazar las picadas profundas.
Los de caoba y roble quedaban marcados, cuando terminaban las jornadas parecían que habían sido picados por la viruela. Los de majagua eran los más difíciles: su fibra los hacía flexibles, pero también aprendí que dándoles de refilón podía irle comiendo poco a poco su cuerpo y después no podían bailar bien. Se convertían en carretas, es decir, más que bailar, corcoveaban, perdían la gracia de ser un buen trompo.
Nunca te fallé, siempre enfrenté con éxito los retos que me impusiste. ¡Claro! Contando con la eficiente ayuda de ese clavo que en lugar de gastarse, parecía crecer cada vez que le pasabas la lima o lo frotabas en la piedra de amolar del viejo. Tanto el clavo como yo, nos las arreglábamos para que salieras triunfante, lo hacíamos por el amor que pusiste cuando nos estabas fabricando.
Más de tres años pasamos en esos pleitos y en diversión sana, como cuando me lanzabas y con la palma de la mano me atrapabas. Allí bailaba suavemente, como un bailarín de ballet. También me gustaba que me pusieras a bailar sobre la cuerda, para eso la ponías doble y me deleitaba sintiendo como me rascaba la barriga.
Hoy cumplo quince, sin que me hayas vuelto a buscar. No solo has dejado de usarme, ya ni siquiera una relampagueante mirada me diriges. Cuando llegué a esta caja, los demás juguetes me animaron diciéndome que no me preocupara, que no me usabas porque creciste y tus entretenimientos son otros, que cualquier día alguno de tus hijos o sobrinos me recogería y que otra vez me pondrían a bailar y a batallar contra mis iguales de otros niños.



Como si fuera de otro mundo llegan a nosotros las conversaciones que sostienes con tus amigos de infancia, debido a que están en otra habitación  parece que fueran susurros, pero eso no impide que todos los juguetes aquí abandonados escuchemos el amor con que te refieres a nosotros y cuando te oigo hablar de mí me dan ganas brincar de la caja y salir bailando, es en ese momento cuando busco y no encuentro la cuerda que me impulsaba ¿la recuerdas? Era una gangorra fina, número tres; ese trozo que le quitaste a uno de los bollos que tenía tu padre para reparar el chinchorro.

©JUAN BÁEZ MELO

Para comprender mejor el Himno Nacional Dominicano, Miguel de Camps Jiménez IMPRESCINDIBLE

Que el Día de Reyes le dejen este libro a todos los niños dominicanos.