martes, 7 de diciembre de 2021

Luis Martín Gómez: "Escribir no vende en República Dominicana"

Luis Martín Gómez


El ganador del Premio Nacional de Literatura Infantil 2003, Luis Martín Gómez, continúa apostando a los libros para niños(as) con su más reciente publicación "Mami: Operación elefante", cuya historia está inspirada en Mami, la elefanta de más de 60 años que murió en el año 2000, en el Zoológico Nacional.

"Mami: Operación elefante" es su segundo libro para niños. ¿Por qué se ha inclinado por la literatura infantil?

Me gustó la experiencia del primero, "El Hombre Grama y otros cuentos verdes y pintones", y me entraron ganas de trabajar otro, esta vez dirigido a niños de mayor edad que pudieran interesarse en una historia más larga y si se quiere más complicada. Pero no sé si la literatura infantil será una tendencia definitiva en mi obra; el tiempo dirá.

A propósito de que este libro está ilustrado por Elías Roedán, ¿cómo se da la sinergia entre un ilustrador y un escritor?

En mi caso, se ha dado muy bien, fluida y sin conflictos, tal vez porque he tenido la dicha de trabajar con dos excelentes ilustradores, Tulio Matos y Elías Roedán, que al mismo tiempo son excelentes personas. Creo que también ha ayudado el hecho de que durante muchos años fui creativo publicitario que laboró bajo la modalidad de "dupla" (un escritor y un ilustrador) y aprendí a trabajar en colaboración.

En la era de internet, ¿qué factores se deben tomar en cuenta a la hora de escribir para niños?

Seguir escribiendo buenas historias. El medio es coyuntural, ahora es internet, mañana será otro, que conviene usar como plataforma de difusión (por cierto, el libro "Mami: Operación elefante" tiene su respaldo digital en el sitio www.elefantamami.com). Pero lo fundamental, en esta Era y en la que vendrá, es hacer literatura de calidad.

Se dice que la literatura infantil no debe ser moralizante ni con funciones educativas per se. ¿Hasta qué grado es cierto esto?

No me disgusta que tenga esos elementos siempre que no se impongan a la función principal de la literatura, que para mí tiene que ver más con la emoción, con el placer estético. De hecho, desde que uno crea un protagonista y le asigna características y lo contrapone a un antagonista con valores diferentes, ya está sugiriendo algún aprendizaje, una preferencia por una forma de ser o por un ideal. Lo que hay que cuidar es que esto no te arrope el relato o te condicione el desarrollo o su final, que podrá ser ejemplarizante sólo si la historia lo requiere, pero no porque tenga que ser así.

Muchos dominicanos crecieron con literatura que obedecía a patrones extranjeros. Sin embargo, en la actualidad pareciera que la realidad es otra, pues hay varios escritores dominicanos escribiendo para ellos. ¿Podría decirse que la literatura infantil dominicana está en su mejor momento?

No podría afirmarlo porque no soy estudioso, académicamente hablando, de literatura infantil, ni soy crítico literario. Puedo hablarte como lector y decirte que admiro las obras de César Sánchez Beras, Aidita Selman, Lucía Amelia Cabral, Dinorah Coronado, Dulce Elvira de los Santos, Reynaldo Disla, Brunilda Contreras, doña Margarita Luciano, Rafael Peralta Romero, Farah Hallal... Ellos (y unos cuantos más que ahora se me escapan) dan buen testimonio de la salud de la literatura infantil dominicana. Por otra parte, no me gusta separar la literatura en extranjera o nacional, o en escrita por mujeres o por hombres. El rasero para la literatura debe ser, repito, la calidad.

Pregunta indiscreta: ¿escribir para niños vende en República Dominicana?

Hasta donde sé y por experiencia propia, escribir no vende en República Dominicana, ni para niños ni para adultos. Creo que siguen faltando lectores y gente que haga buen mercadeo. Las excepciones a la regla (Isael Pérez, Rafael García Romero) pudieran abrir un camino que conduzca a otra realidad. Ojalá.

¿Y a usted qué tal le ha resultado?

Mal, por supuesto, y con tendencia a agravarse, tomando en cuenta que me he empecinado en publicar con mi propio sello: "Mar de tinta", sin ser editor ni pretenderlo.

En el "Congreso de Literatura Dominicana Contemporánea: Tendencias y desafíos", el escritor Manuel Núñez dijo que hay diferencias entre un texto literario escrito por un periodista y un escritor. Siendo usted ambas cosas, ¿lo confirma o lo desmiente?

Lo confirmo, son cosas diferentes. Pero eso ya lo han explicado excelentemente el profesor Juan Bosch y don Federico Henríquez Gratereaux en sendos ensayos sobre el tema.



LECTURAS | 24 SEP 2014. SANTO DOMINGO.- 

La eracra de oro de Virginia de Peña de Bordas. Cuento completo

En esta tierra quisqueyana, rica en leyendas gloriosas, vivía en tiempos de Cristóbal Colón un indiecito de unos treces años, osado e inteligente, llamado Tamayo. Era hijo de uno de los nitaínos más valientes de La Española y había aprendido de su padre a usar el arco y las flechas con maestría sin igual. Pertenecía a la noble raza de los araucas, pacíficos pero valientes en sumo grado. Su constitución emotiva demostraba que, como todos los hombres de su estirpe, era soñador y capaz de entregarse a la meditación. Así lo pregonaban el límpido fulgor de sus ojos y la dignidad y sosiego de su continente.

Un buen día, nuestro indiecito decidió solicitar el permiso de su padre para ir en excursión a las montañas del Baoruco, donde imaginaba que moraban aún las ciguapas de luengas cabelleras y las opias de sus mágicas leyendas. Las opias eran las almas de los muertos con vestidura mortal, que ellos temían.

El nitaíno, anciano de severo semblante y porte altivo, escuchó la petición de su hijo con un destello de comprensión en la mirada y sus labios se comprimieron con gesto apenado.

—¿Es posible, —preguntó en su sonoro idioma antillano —que te sea indiferente perder la vida? Has de saber que las selvas milenarias están cuajadas de peligros. ¿Acaso lo ignoras?

La expresión del chico era el anverso de una decepción. Por eso contestó con presteza:—Por el contrario, padre, lo he oído comentar muchas veces, pero… ya sé que pronto, cuando cumpla los catorce años, me veré precisado a laborar en las plantaciones y en las minas: y como me resta tan poco tiempo de libertad, bien quisiera aprovecharlo.

—Comprendo… —musitó el padre y sus ojos se nublaron repentinamente, pues no esperaba semejante confesión de su tierno hijo. —Pero debo advertirte que la aventura que has soñado es harto peligrosa y otros más denodados que tú han perecido en la demanda. ¿Por qué no desistes? Te asaltarán criaturas extrañas como jamás te soñaste conocer…

—¡Bah! —Contestó despectivamente el chico— ¿Acaso te encontraste con ellas alguna vez en tus andanzas por los montes?

En la mirada del anciano relampagueó el recuerdo.

—Aún me parece verlas: pálidas, iracundas, con la cabellera al viento y los ojos desorbitados; ¡pero mis pies fueron bastante ligeros para esquivarlas! Sabía que me esperaba en su compañía una muerte segura entre los despeñaderos. Creen que todos los humanos somos hijos de Maboyá, que todos llevamos en el alma el germen de la ambición y el desenfreno… ¡Y quizás estén en lo cierto! No perdonan ni un pensamiento impuro. ¿Comprendes?

—¡Ah, más que nunca anhelo ahora subir al Baoruco! ¿Padre, me concedes tu permiso y me das tu bendición?

El nitaíno no albergaba ya pensamiento de liberación. Aquella había sido la existencia bendita de sus antepasados; pensó entristecido: ¡la libertad! Y deseaba que su hijo la disfrutase: a despecho de las duras circunstancias de su vida. Por eso dijo blandamente:

—Los indios no escatimamos la ocasión de hacer hombres valientes de nuestros varones. Está concedida tu petición.

—Gracias, padre —agradeció entusiasmado el adolescente—; me haces el más feliz de los mortales. ¿Me prestas tu piragua y tu hacha de monte? Quizás es mucho pedir…

Vencido por su amor paternal, el nitaíno contestó:

—Ambas están a tu disposición, aunque mi hacha te servirá de poco. ¡Hoy no es más que un símbolo! Trabajaba con esmero y tesón durante mucho tiempo, fue confeccionada para prepararnos el sustento y defendernos de nuestros enemigos ancestrales, los Caribes, tan fieros como valientes. Hoy es poco menos que inútil para defendernos de los guerreros de pecho de hierro que nos esclavizan. Por eso te ofrezco la piragua: puede servirte mejor… Ve, hijo mío, y que Luquo, el Ser Supremo, ¡te proteja en el camino!

Y arrancando una aromática rama de curia, le tocó en el hombro bendiciéndole.

La floresta, henchida de trepidaciones y ruidos apagados, elevaba al cielo la alegría del trópico. El lago de Jaragua era una gema arcoirisada de vivísimos matices. La piragua, como una sombra chinesca, se deslizaba ante el sol. Todo era brillantez y luminosidad cegadoras. El rostro oliváceo del indiecito se tornaba cada vez más jocundo. No le arredraban las enormes tortugas, iguanas y caimanes que veía deslizarse sobre sus orillas, porque sabía cómo esquivarlos; ni los manatíes de rostros casi humanos, que jugaban al borde del agua diáfana. Recordaba con placer que su padre había llegado a domesticarlos y muchas veces le colocó sobre sus amplios lomos para divertirle. La canoa, de pulida caoba se deslizaba bajo los árboles de ramas caídas, que moteaban el agua de sombra y sol. Pájaros diversos de vistosos plumajes, saltaban audaces de rama en rama, llamándole la atención.

El ruido isócrono de los remos cesó de improviso. Percatóse con asombro de que su piragua se había inmovilizado, como si de repente hubiera echado raíces. ¿Sería la mano de algún cemí que la retenía? ¿Es que estaba vedado pasar por allí? Algo semejante debía suceder, pues al tocar los remos la superficie lisa y brillante del lago, arrancáronles chispas luminosas, como de una gema que hiriese el sol, pero no avanzaba en modo alguno. Estaba perplejo; no sabía qué partido debería tomar. Hizo un esfuerzo supremo por darle impulso a su piragua y los remos se quebraron, astillándose. ¡La masa de sus aguas se había petrificado! Alrededor, la tierra era toda bermeja, ornada de árboles florecientes. Como sucede a menudo en el trópico, el crepúsculo caía rápidamente y el paisaje entero se envolvía en sombras de misterio. Bajo unas palmeras que se agrupaban en forma de templo, creyó ver ojos humanos que le atisbaban, eran criaturas pálidas, hurañas, cuyas cabelleras luengas y sedosas les cubrían enteramente como un manto real. No cabía duda: ¡eran ciguapas! Sirenas o ninfas, según los indígenas; abortos de Luzbel, según los frailes hispanos. Tamayo conocía sus implacables y frías decisiones; por tanto, debía proceder con cautela. En aquel paraje reinaba un silencio absoluto y se percibía la melodía del viento entre las hojas. La luna en el horizonte era un espectro pálido.

Ya estaba allí y era indigno de un Taíno volverse atrás, aunque sentía clavados en él sus ojos desafiadores. Sin pensarlo más, arrastró su piragua hasta la orilla y la ató cuidadosamente al tronco de una ceiba con un fuerte bejuco de jagüey, que colgaba de un árbol de la ribera. Acto seguido, se encaminó al grupo que le miraba con atención. Notó al acercarse que no eran como las imaginara, sino criaturas demasiado jóvenes y hermosas para causarle daño a ningún mortal. Por lo menos, eso le sugería su mente de niño inocente. Las interpeló, pues, sin sombra de temor.

—¿Serían tan amables en decirme qué paraje es éste y por qué motivo se ha encallado mi piragua en el lago? Me ha sido imposible moverla…

—Forastero, preguntas muchas cosas a la vez —contestó la que parecía de más edad— y eres demasiado joven para aventurarte por estas soledades. Harías bien en volverte por donde has venido y tratar de olvidar todo lo que has visto…

El indiecito vivía la embriaguez de un sueño y refutó sin amilanarse; contemplando los ojos hipnotizantes:

—¡Ah! ¡Es demasiado hermoso para olvidarlo! Y además soy hijo de nitaíno, y he aprendido desde la cuna a no temerles a hombres, ni a bestias…

—¡Ah! ¡Eres valiente como testarudo! —amonestó la más joven, cuya voz alada tenía resonancias de cascabeles. ¿Cómo te llamas, chiquillo?

—Yo me llamo Tamayo… y vosotras, ¿cómo os llamáis?

—Somos la Indolencia, la Oscuridad y la Superstición.

—¡Que nombres más extraños! En fin, pensé que deseaba conoceros y que quizás me enseñaríais dónde se encuentra la felicidad en esta tierra nuestra.

Las ciguapas se miraron entre sí, lanzando al chino una mirada perversa.

—La felicidad existe en el bosque milenario de las ciguapas, donde todo es belleza y encantamiento —repuso la Indolencia con voz cansina—; y añadió:

—Jamás se ha cortado un árbol ni se ha pescado en nuestros ríos… Las frutas más tentadoras caen maduras al suelo, sin que haya necesidad de tumbarlas. Hasta ahora nadie había llegado a nosotras por determinación propia. Si deseas conocer las maravillas de natura que encierra esta tierra de tus antepasados, permanece con nosotras una noche completa y conocerás los secretos de los Cemís: penetrarás en la Eracra* Sagrada que guarda las cenizas de los Tres Behiques Sabios que enseñaron las artes de tu tierra natal. Allí existen tesoros incalculables, amuletos que llevaron al cuello los caciques ya desaparecidos. Y cuenta cierta conseja, que el valiente que logre ceñir a su garganta esos preciosos ornamentos logrará vencer al opresor. Tan sólo debes probarnos que eres valiente a toda prueba… ¿No te tienta la aventura?

—Sí que me tienta… pero no sé a qué llamáis valor. ¿Enfrentarse acaso a las bestias feroces? No existen en esta tierra nuestra animales ni alimañas que ataquen al hombre…

—No, pero hay criaturas que nos ofenden hoy más que las bestias: ¡hombres vestidos que hacen daño a los nuestros… Deben perecer todos!

—Cierto; pero no es de indios traicionar, y les llamo hermanos desde que aprendí a amar a su Dios. Ya veis que no os sirvo.

Los ojos de la ciguapa Oscuridad lanzaron chispas de furor, golpeándose maquinalmente las rodillas con dedos que remataban en afiladas puntas.

—¡Ah, ya comprendo! Masculló con sibilante acento—, serás traidor a los tuyos, como lo fue Guacanagarix, quien creyó encontrar amigos en los maguacochíos y abandonó a los de su propia raza… ¡Infeliz!

Ya el chico iba a dar la espalda malhumorado, cuando su interlocutora lanzó una especie de alarido y exclamó exasperada, revelando lo que bullía en su oscuro cerebro:

—Pues bien, ya no podrás marcharte, ¡mal que te pese! ¡Tus pies se adherirán a la tierra, como tu piragua al lago! Forzosamente pasarás esta noche entre nosotras y harás lo que se te ordene en todo momento. Estás completamente a nuestra merced, con que comienza a rezar por tu alma.

En el silencio que siguió a esta declaración tan inesperada, se adivinaba la sorpresa del muchacho, pero su altivo semblante apenas trasuntó una leve emoción.

—¡Pues tanto mejor! —dijo con aplomo al cabo de breves instantes—. La suerte está echada… Me consuela que no podéis quitarme más que la vida; he aprendido de los frailes hispanos que el alma es intocable e imperecedera, y en cambio, la materia es barro vil y deleznable.

La ciguapa Superstición lanzó una extraña carcajada, muy semejante a un bufido, y dijo con sorna:

—¡Vaya que eres valiente entre las mujeres! Al parecer solo los hispanos te intimidan… Mira, esta noche la luna tiene dos alas; es la luna roja de las ciguapas, embozada en nubes; propicia para las moradoras del bosque, pero adversa para los mortales. Dentro de unos instantes, bajará hasta nosotros y nos servirá de carruaje.

—No tienes por qué intimidarte —bisbiseó la ciguapa más joven, llamada Indolencia— preocúpense o no los mortales, a cada cual le llega su fin, con que abandonarse a su sino sería lo más acertado…

Y volvió a bostezar como si el sueño la venciese.

—Pues yo estoy convencido —aseveró el indiecito con entereza— que sólo Dios puede acelerar nuestros días, con que ya veis que no podéis intimidarme. Es inconcebible, además, que los astros bajen hasta nosotros. ¡Jamás oí decir semejante cosa! —añadió despectivo.

—Pues agárrate bien, si no quieres caerte de las nubes —ordenó la ciguapa mayor— porque, aunque no lo creas, ya vamos emprendiendo el vuelo.

Tamayo sintió que se erizaba su cabellera, porque se elevaban vertiginosamente, agarrados unos a otros.

Aquí no se puede respirar —suspiró el indiecito— y, además, hace un frío horrible.

—Olvídate de tu condición de humano y serás como si fueses divino —aconsejó la ciguapa Superstición con voz casi inaudible.

Tamayo comprobó que olvidándose de sí mismo, sentía un agradable bienestar, y aunque volar en compañía de aquellas hijas de Maboyá era por lo menos anonadante, experimentó la emoción incomparable de ser mago o Cemí, al trasladarse con tanta celeridad de un mundo a otro. Volaban por encima de la luna en fantástica procesión, y el chico contemplaba a su placer lo que otros hombres imaginaban apenas. Los perfiles de las albas montañas hacíanle sentir una admiración reverente. Todo parecía escarchado y en penumbra, de una belleza deslumbradora y tranquila.

¡Y allá abajo, cuánto ruido! ¡Cuánta gente! Por eso dijo con llaneza infantil:

—Mucho me gustaría poder permanecer aquí: ¡es más bello de lo que soñé!

—Desdichadamente tornamos a la tierra. La luna se ha cansado de volar y tú has salido airoso de esta prueba. Por lo menos, eres valiente y sereno —comentó con menos aspereza la ciguapa Oscuridad.

Descendían, y el descenso era aún más vertiginoso que la ascensión. Cortábale el aire la cara y zumbábanle los oídos como si le abanicasen un huracán. De pronto sintióse sumergido en las aguas de un río y creyó que iba a perecer ahogado, pero recordó las mágicas palabras de la Superstición y olvidó una vez más su condición de ser humano. Seguro de hacerle frente a las más duras pruebas, comenzó a nadar sosegadamente, como lo había hecho mil veces en compañía de sus amigos, buscando escondrijo entre los juncales del río. Las aguas turbulentas se cerraron sobre su cabeza, pero continuaba rítmicamente, seguido de cerca de sus celosas guardianas. Las sombras que le rodeaban bajo las aguas no eran tan sólo las de las ciguapas; parecían las de caciques destronados, quizás largo tiempo desaparecidos. Marchaban uno tras otros, altivos y desafiantes, coronadas de plumas sus cabezas de largas cabelleras, negras como la endrina. Una sombra, la más erguida, se detuvo ante él, con el brazo extendido en ademán de reto. De su muñeca pendía el grillete, que le permitió reconocer a Caonabo, el más valiente de los Quisqueyanos.

—Si no eres de los nuestros, que quisimos morir por echar de nuestro suelo al usurpador, partirás con nosotros a la tierra de las sombras, preferible mil veces a vivir avergonzado ante los hombres de tu estirpe. ¿Di, qué eres?

El indiecito sintió un tumulto en su corazón al proferir:

—Soy indio y siento como indio, Matunheri. Mi rebeldía está aquí —confesó, oprimiéndose el pecho con orgullo—, pero tengo un padre anciano, quien ha padecido ya bastante y temo por él. Algún día, cuando él sea tan sólo espíritu, como lo sois vosotros, empuñaré las armas y haré la guerra contra los invasores a la manera de mis antepasados. ¡Así me escuche Luquo!

—¡Ah, creímos que eras cristiano! ¿Acaso es Luquo tu Dios!

—Para mí, como para mi padre, Luquo es Jesús, un Ser Omnipotente, todo clemencia y compasión. No importa cómo le llaméis, siempre vela por nosotros y perdona nuestros yerros.

—Está bien orientado, compañeros; concedió el cacique de la Cibuqueira. Es de los nuestros… Así podemos marchar en paz a la región del Coaibay. Que Luquo te conceda la mayor de las glorias humanas: ¡luchar por tu patria! Y, hieráticos y solemnes, deslizánronse unos tras otros, cual si fueren arrastrados por el ímpetu de la corriente. Apesadumbrado, Tamayo reconoció en el grupo a Caribes, Macorixes y Ciguapos, de la raza que dejaba crecer sus cabellos como símbolo de su hidalguía. Mirándoles pasar, caían sus lágrimas ocultas como lluvia de fuego sobre su corazón.

Entonces las ciguapas, que habían permanecido tranquilas y observantes, le rodearon de nuevo, diciendo:

—Por segunda vez te ha salvado tu buena estrella… No tenemos reproche alguno que hacerte, y ahora vas a conocer la eracra de oro y los orígenes milagrosos de tu pueblo. En ninguna época ha pisado allí criatura viva, y el impío que pasa inadvertidamente por aquel sacro recinto, muere en el acto, como fulminado por el rayo.

Tamayo guardó silencio. La bondad inesperada de aquellas hijas de Belcebú le pareció un buen augurio. Por fortuna, había conservado puro su corazón y alimentado su alma con las enseñanzas milenarias de sus mayores. Su rostro volvió a tomar su expresión jocunda. Y emprendieron el camino, que alumbraban a trecho los cocuyos, como lámparas fosforescentes, formando cascadas de luz. No había allí claridad ni de noche ni de día; la planta del hombre jamás había hollado aquella tupida selva, ya que la espesura del bosque era tal, que apenas se filtraba la luz de la luna por entre el espeso ramaje, y sólo podían avanzar marchando de uno en uno. Como finos encajes, la guajaca colgaba con la brisa. La vegetación lujuriante, adornada de helechos arborescentes, cortinajes foliáceos y altísimas palmeras, era un espectáculo imponente en su grandeza milenaria. Veía por todas partes criaturas semejantes a las que le acompañaban, algunas con aquella expresión intimidante en sus rostros de belleza perturbadora. Había riachuelos y cascadas, en los cuales advirtió grupos que parecían solazarse en las aguas, como niñas traviesas y turbulentas. Para él, aquel inmenso bosque estaba inundado de sombras y misterio. Caminaron durante varias horas en silencio: las ciguapas delante, sin dar la espalda, siempre cautelosas y desconfiadas, sondeando sus ojos a cada instante, como si en nada les interesase lo que sucedía en derredor. Ya sólo faltaba el último picacho, que se le antojaba inaccesible, y avanzaba, con las ropas empapadas todavía, dando traspiés por aquella jungla enmarañada, pero tal era el dominio que ejercían sobre él aquellas mujeres tenebrosas, que, con sólo clavarse sus ojos hipnotizantes, recobraba él de nuevo el equilibrio y proseguía sin desmayos la rápida ascensión.

De súbito vislumbró en lo alto un fulgor extraño, como de un sol que alumbrase a medianoche. Ya sentía el frío de la madrugada y un temor reverente invadía su ánimo. ¿Vería de nuevo las opías de los caciques desaparecidos? ¿Podría platicar con el bravo Caonabo, frustrado redentor de los suyos?

El paisaje cambiaba. Cesaba la espesura y se convertía en un opulento prado, ornado de arbustos y florecillas olorosas. La luna brillaba intensamente y el cielo estaba cuajado de estrellas. En el fondo de la meseta, revelóse a sus ojos la masa deslumbradora de la eracra sagrada, como un escudo finamente labrado. Imposible hubiera sido avanzar un solo paso hacia aquel prodigio, si una de las ciguapas no le hubiese tomado de la mano para conducirle. Vacilaban sus pies y se adherían a la tierra, a pesar de su ávida curiosidad.

—¡Avanza! —ordenó imperiosamente la Oscuridad, apuntando hacia la eracra, con un fulgor inusitado en sus pupilas insomnes. —Ahora somos tus ángeles; ¡quizás más tarde seamos tus jueces implacables!

Tamayo siguió la ruta indicada. Un soplo compensador de brisa, cargada de aromas, hizole suponer aquel recinto un paraíso. Flamencos de color rosado se alzaban soñolientos, huyendo amedrentados a su paso. Llegó al arqueado portal y los dorados goznes giraron suavemente, como si la mano invisible del genio de la noche se hubiese extendido para darle paso. Fortalecida el alma por lo que juzgaba un milagro, el joven penetró en el sacro reciento y sus ojos pareciéronle demasiado pequeños para admirar lo que se ocultaba a la vista de los profanos. Allí estaban colocados en nichos los Cemis adorados por sus antepasados, representados por caprichosas figuras de oro sólido y sobre pulidas bateas, negras y brillantes como ébano. Veíanse amontonadas joyas principales de aparador, en una barbacoa de roja ácana, estaba colada toda una vajilla del mismo precioso metal. Veíanse frutos exquisitos sobre los cuencos; y, blancos como obleas, de los que consumía la gente principal. Tamayo no había ingerido alimento alguno en muchas horas y el aroma apetitoso de aquellos frutos produciále un cosquilleo en el estómago; pero comprendiendo que estaban allí como ofrenda a los Cemis, se abstuvo de tocarlos. Contemplábalo todo absorto y maravillado, cuando sintió una terrible conmoción. El templo osciló como si amenazase un cataclismo y una voz tenue se dejó oír por entre las reverberaciones del suelo:

—Nosotros, los que estamos aquí sepultados durante siglos, trillamos la senda para que las generaciones del futuro aprendiesen a ensancharla, ennobleciéndola. Escucha lo que nuestros abuelos dijeron a nuestros padres: Estas islas son las cumbres de una tierra portentosa que la ira de Guabancex sepultó en el fondo de los mares… Nuestra raza desaparecerá y renacerá otra más fuerte. Está escrito en el firmamento… ¡pero seguiremos siendo cumbres!

Tamayo escuchaba con intensa atención, apretando a sus labios el puño compulsivamente. Agitaba su hermosa melena, negándose a comprender. En él equivalía a un apostolado, la felicidad de los suyos, y ante aquella declaración, un estremecimiento de rebeldía recorrió todo su cuerpo. Desorbitados sus ojos en alucinación, contemplaba el techo abovedado, esperando ver allí un nuevo prodigio. El monólogo se había demorado un breve instante para proseguir con más pujanza: la voz hasta entonces apagada adquiría la claridad de un clarín, estremeciendo de nuevo el templo, y algunos ídolos rodaron al suelo con estrépito.

Si pretendes alzarte hasta el Turey, atiende a la Divinidad, que es más potente que las nuestras; esfuérzate en aprender lo bueno que enseñan los naguacoquíos; cultiva la tierra, que es la fuente de todas las riquezas; aprende su idioma y estudia sus libros, que contienen la sabiduría del universo. ¡No basta morar en las cumbres! Es menester alzarse hasta Nonum por nuestros propios merecimientos.

Los ojos del indiecito ostentaban un brillo acerado y su rostro tenía una expresión confusa. No pudo menos que arrodillarse, y de sus labios brotó espontáneamente esta plegaria: ¡Ah, Señor de los Cielos, escúchame y atiéndeme! Estamos exentos de ambiciones bastardas; no queremos oros ni riquezas, ni civilización siquiera… ¡Todo cuanto pedimos es la libertad! Vivir nuestra existencia pacífica de antaño, libre de sujeciones y tributos. ¡Permite que pierda la vida! —Su voz henchida de fervor patriótico, pregonaba la rebeldía de su corazón.

Las ciguapas habían desaparecido y el joven respiró aliviado, admirando con curiosidad no exenta de veneración, los extraños ídolos caídos a sus pies. En su cerebro infantil, amalgamábanse perfectamente la realidad y la ficción; las verdades austeras del cristianismo con las poéticas leyendas de su patria. Reverberaba en su pecho el sentimiento inmortal que eleva el alma de los hombres, y se persignó a la usanza cristiana, emocionado. Pensaba que al fin le habían abandonado sus exigentes guardianas y que podía marcharse libremente, pero se equivocaba. Ya se alzaba, cuando irrumpieron en la eracra sus tres jueces fortuitas, pero esta vez eran más blandas sus maneras. La frescura y la virginidad de su alma, había desalmado a aquellas mujeres implacables.

—No venimos a torturarte de nuevo —rio guturalmente la ciguapa Superstición— no somos tan pérfidas como nos suponen… pero hablemos de ti… has triunfado en las tres pruebas decisivas y ya puedes marcharte en paz adonde los tuyos, pero antes debo concederte el premio que mereces por tu fervor y desinterés de patriota innato. En tu alma no anida el rencor contra los opresores, porque estás exento de soberbia. En cambio, no aceptas el triunfo de otra raza sobre la nuestra… Eres denodado y resuelto y Luquo sabrá premiarte como mereces. Para ti son estos preciosos ornamentos, que algún día ostentarás con orgullo. ¡Llévatelos y que el Hada haga luminosa tu senda!

Tamayo escuchaba con un sentimiento indefinible de alivio y quedó como extático ante aquella asombrosa concesión. Solamente podría ostentar aquellos ornamentos como vencedor, y de aquel modo, con gusto ofrendaría su vida… ¿Pero, merecía realmente tal gracia? ¿Acaso no eran todos los indios desinteresados y amantes de la libertad? Quizás era esta una nueva celada, pensó con cierta duda todavía; pero las ciguapas recogieron aquellas riquezas, colocáronlas sobre una de las bateas y añadieron frutas y cazabe al ponerla en sus manos. Entre esquivo y emocionado, el indiecito no acertaba a dar las gracias debidamente.

—Ahora márchate a enfrentar la vida… Ya amanece y ningún mortal debe contemplarme a la luz del sol… Así habló la Oscuridad, mientras Tamayo, con lágrimas en los ojos, daba fácil salida a sus emociones. Las ciguapas desaparecieron en un remolino de aire, tendidas al viento las cabelleras e iluminadas sus frágiles siluetas por la luz imprecisa de la autora. Bandadas de aves revoloteaban mansamente en torno suyo, ensayando trinos armoniosos. Música más dulce no podía ser oía en parte alguna, pensó entusiasmado, porque la tristeza había huido de su corazón. El ambiente era fresco y convidaba al reposo. Sentóse bajo unos mameyes, no lejos de la eracra de oro, para disfrutar de un suculento refrigerio. Luego, sintiendo que el sueño le vencía, tendióse satisfecho, teniendo cuidado de poner a buen recaudo su tesoro.

Al despertar, ya era pleno día y el cielo estaba inundado de luz. Su primer pensamiento fue para la eracra sagrada, preguntándose cómo luciría a la luz brillante del sol. Recordó al mismo tiempo el regalo de las ciguapas, y advirtió la batea junto a sí, cargada con sus valiosos dones. Miró con delectación hacia el templo, pero este había desaparecido. Con los párpados entumecidos aún por el sueño, Tamayo trataba de analizar el prodigio. ¿Es que no estaba ya bajo los mameyes?

Miró hacia arriba, sintiéndose bastante desconcertado y advirtió que le cobijaba la ceiba, a cuyo tronco amarró su piragua. Allí estaba tal como la dejó, con los astillados remos echados a un lado. Y el lago de Jaragua resplandecía al sol como una gema viviente, moviéndose sus aguas al impulso de la brisa, sentía una certidumbre tan profunda de su aventura, que no podía desterrar el pensamiento de haber permanecido en las cercanías con premeditada intención. Por esa razón, le habían trasladado dormido de un sitio al otro, para que no pudiese tornar jamás a aquel refugio o paraíso vedado. Poniéndose lenta y calmosamente en pie, su rostro pareció transfigurarse, pues el extraño e increíble episodio, revestía el carácter de una divina premonición.

 

 

 

GLOSARIO

Nitaíno: Caciques secundarios.

Opías o Hupias: Almas de los difuntos. Estos espíritus tenían la los indígenas envoltura mortal.

Maboyá: El demonio en lengua taína o aruaca, creían que, haciéndole ofrendas comestibles, como a los Cemis, lograban torces sus designios.

Caribes: Según varios autores, los caribes no eran antropófagos, siendo injustamente calumniados. Los cronistas de Indias le creyeron devoradores de hombres al encontrar en sus chozas huesos humanos, los cuales conservaban como reliquia de sus ascendientes.

Caoba: Dándoles hermoso pulimento a las maderas con la piel de un pez de mar llamado labisa.

Los antillanos llamábanse a sí mismos taínos, que significaba gente noble, de condición elevada

Eracra: Bohío algo mayor que los demás. Casi siempre casa del cacique o templo. Lo indica Oviedo como usada únicamente en la Española (Zayas y Alfonso). (

Según Rafinesque, esta trinidad fue la misionera de la civilización antillana.

Behíque I introdujo el cultivo del campo y enseñó los métodos de fabricación del pan de casabe. Estableció el culto de los dioses y bosquejó su rudimentario magisterio por medio del romance

Behique II introdujo la medicina y los encantos: el suo del algodón y las yerbas sagradas.

El Behique III introdujo la música. Quizás el Areíto y el Bao.

Maguacochíos o maguacoquíos: vocablo que significaba hombres vestidos. Llamaban así a los hispanos

Matunheri equivale a Vuestra Alteza.

Cibuqueira El cacique Caonabo era un caribe principal y vino a esta isla como capitán aventurero, y por ser buena casta, casó con la princesa de Jaragua: Anacaona. Provenía de la Guayas (de Guadalupe, hoy antilla Francesa).

Coasbáy: El purgatorio

La ciguapa tenía los pies al revés y sólo caminaba de noche. Según la leyenda campesina, era menester perseguirla con un perro negro cinqueño para apresarla

Usaban el oro tan sólo como adorno de sus personas, pero tratándose de un cuento de ciguapas, nos permitimos fantasear un poco. Los ajuares caseros del taíno eran confeccionados en barro o en higüeros, artísticamente labrados cuando eran destinados al cacique o nitaíno (Señor principal).

En los templos indígenas, una vez terminada la ceremonia, el cacique o el behique (sacerdote agorero) repartía equitativamente estas ofrendas entre la concurrencia.

Guabances o Guatanicex era la diosa de los huracanes. Tenía dos hijos que mandaban las olas y los vientos.

Turey. El cielo en dialecto aruaca

Nonum: la luna. Hemos usado la voz caribe en vez de la Arauca “caraya” por parecernos más eufónica. Ambas se habían generalizado en Quisqueya.

El niño que quería saber el origen de la jirafa

Luis Alberto era un niño muy curioso y le gustaba conocer el por qué de las cosas. Tenía cuatro años de edad y cursaba el kindergarden. Un día, mientras estudiaban la lección de los animales salvajes y domésticos, le llamó la atención la jirafa por el tamaño tan grande de su cuello, por lo que preguntó a la profesora: -¿cómo surgió la jirafa? -Dios la creó, así como creó a los demás animales- contestó la maestra. Sin embargo, Luis no se sintió satisfecho con esa respuesta, pero agradeció a la maestra su respuesta.

Cuando llegó a su casa refirió su inquietud a sus padres, pero ellos le dijeron: - lo que sucedió fue que la necesidad de supervivencia hizo que los animales se fueran transformando de unos más pequeños en otros más grandes- dijeron sus padres a Luis Alberto, pero las respuestas de sus padres y la de su maestra le parecieron diferentes y muy difíciles de entender; por lo que se dijo a sí mismo -debe haber una respuesta más sencilla para mi inquietud, lo averiguaré-.

Se dirigió a la biblioteca de su casa, tomó una enciclopedia que hablaba del origen de las especies animales y comenzó a leerla, aunque todavía no había sido alfabetizado. Mientras leía se quedó asombrado, ya que él no se imaginaba que sabía leer tan bien. Leyó que en una ocasión cuando comenzaron a aparecer todos los animales, había uno al que se le hacía muy difícil alimentarse porque las plantas de las que se alimentaba le quedaban muy altas y no podia alcanzarlas, pero como este animal necesitaba comer para sobrevivir, hacía grandes esfuerzos empinando sus patas y su cabeza para alcanzar su alimento, esto lo hacía muchas veces y durante mucho tiempo. Sucedió entonces, que por la jirafa hacer tantos esfuerzos, sus músculos comenzaron a fortalecerse y a crecer, y a crecer. Luego Dios vio el esfuerzo que hacía la jirafa y se puso muy contento con ella y extendió su gran mano, agarró el cuello de la jirafa y se lo haló con fuerza, y como todo lo que Dios hace es grande, por eso le hizo el cuello tan grande.

Luis Alberto se puso muy contento porque había hecho un gran descubrimiento fabuloso. Aprendió cómo surgió la jirafa, y además se dio cuenta que era capaz de leer una enciclopedia con apenas cuatro años de edad.

Juana Díaz

NOTA: ESTE CUENTO FUE ENCONTRADO EN INTERNET.

viernes, 22 de octubre de 2021

Listado de autores dominicanos o radicados en la Repùblica Dominicana con obras dedicadas a la infancia

1.      Acevedo, Andrés

Adames, Julio

Armenteros, Marilyn

Balcácer, Juan Daniel

Barletta, Nelia

Brugal, María Consuelo

Cabral de Herrera, Lucía Amelia

Cassá, Roberto

Castillo, Karina

Castro Burdiez, Tomas

Carvajal, Luis

Cárdenas, Luis

Catraim, María Teresa de

Comarazamy, Luisa

Contreras, Brunilda

Coronado, Dinorah

Damirón, Anya

Decena, Noris

De los Santos, Dulce Elvira

De Santis, Geraldine

De Tolentino, Marianne

De León, Patricio

Díaz Blanco, Rita Evelin

Esquea, Rosa Francia

Esteva, Carmen

Florentino, Maritza

Freixas, Verouschka

Galán, Bismar

García Arévalo, Manuel

García de Pión, Nelly

García de Escobar, Obdulia

García, José Enrique

Gil, Ramón

Goedes. Johanna

Gómez, Luis Martín

González, Milady

Guerrero, Yina

Grimaldi, Eleanor

Hernández Montalvo, Elbita

Herrera, Ruth

Herrera, Niurca

Holguín-Veras Tabar, Oscar

Jiménez, Josefina

Liao, Yuan Fuei

Lozano, Clara Luz

Luciano López, Margarita

Martínez, Jorge Adalberto

Maxwell, Zahira

Medrano, Marianela.

Medrano, Néstor

Mejía, William

Messon, Omar

Miller, Jeannette

Minaya. Leopoldo

Montero, Jenny

Montolío, Gladys

Morales, Tony

Moya Pons, Frank

Navarro, Luisa

Namnún, César

Ng, Leibi

Ovalle, Elizabeth

Payano, Iván

Paulino Coste, Lenin

Peña, Ermelinda

Peralta Romero, Rafael

Pérez, Luis Reynaldo

Pérez, María Teresa

Phipps Cueto, Miguel

Puigbó, Maríateresa

Ramos, Emelda

Ramos, Elena

Ramos Miranda, Evelyn

Read Escobal, Virginia

Rosario, Fari

Sabaris, Arlene

Sánchez Beras, César

Selman, Aidita

Serulle, Haffe

Stanley, Avelino

Tavares K., Juan Tomás 

Toral, Juan Carlos

Ubiñas, Karina

Valdez, Pedro Antonio

Zazo Martín, Oscar



Autores de literatura infantil y juvenil de la República Dominicana ESCRITORES DE LITERATURA INFANTIL Y JUVENIL DOMINICANOS 1. Amorós González, Sarah 2. Abréu, Domingo 3. Acevedo, Andrés 4. Acevedo Duarte, Agustín 5. Acra, Patricia 6. Adames, Julio 7. Alemán, Miladys 8. Antigua, Kianny N. 9. Antún, Lili 10. Andújar, Ray 11. Alcántara Almánzar, José 12. Alonso, Mercedes 13. Álvarez, Julia 14. Aybar, María 15. Balaguer, Elizabeth 16. Balcácer, Juan Daniel 17. Barletta, Nelia 18. Beiro, Luis 19. Beltrán, José 20. Betances de Pujadas, Estrella 21. Brugal, María Consuelo 22. Cabral de Herrera, Lucía Amelia 23. Calderón, Natacha 24. Campos, Juan Carlos (Koldo) 25. Candelaria, Sélvido 26. Capellán Mejía, Angelina 27. Cárdenas, Luis 28. Carrón Vicioso, Lorelay 29. Carvajal Núñez, Luis 30. Cassá, Roberto 31. Castillo, Rafael 32. Castillo, Karina 33. Castillo Soto, Luis Dantes 34. Castillo, Rafael 35. Castro Burdiez, Tomas 36. Catraim, María Teresa de 37. Catrain, Claudia 38. Cedano, Mario J. 39. Collado, Miguel 40. Collins de Colado, Mary 41. Comarazamy, Luisa 42. Contreras, Brunilda 43. Contreras, Marivell 44. Contreras, Ingrid Elizabeth 45. Cornielle, Pavel 46. Coronado, Dinorah 47. Cuevas, Julio 48. David, León 49. Damirón, Anya 50. De Morera, Sarah 51. De los Santos, Dulce Elvira 52. De Moya, Rita 53. De Santis, Geraldine 54. De Jesús Ulerio, Luis Felipe 55. Del Campo de Wittkop, Nora 56. Delgado Malagón, Blanca 57. Díaz, Junot 58. Disla, Paula 59. Disla, Reynaldo 60. Domínguez, Franklyn 61. Esquea. Rosa Francia 62. Esteva, Carmen 63. Estévez Aristy, Justiniano 64. Fernández Pequeño, José Manuel 65. Figueroa Garcés, Edelys 66. Florentino, Maritza 67. Freixas, Verouschka 68. Galán, Bismar 69. García Arévalo, Manuel 70. García de Escobar, Obdulia 71. García de Pión, Nelly 72. García, José Enrique 73. Gautreaux Piñeyro, Bonaparte 74. Gil, Ramón 75. Gil Soto, Juana J. 76. Goedes. Johanna 77. Gómez, Ana Brígida 78. Gómez, Luis Martín 79. González, Milady 80. González Gutiérrez, Mirtha 81. Guerrero, Yina 82. Gregorio, Miguel 83. Grimaldi, Carol Cárdenes de 84. Grimaldi, Eleanor 85. Hallal, Farah 86. Hernández, Aída Consuelo 87. Hernández Montalvo, Elbita 88. Hernández Tejeda, Carolina 89. Herrera, Niurca 90. Herrera Montero, Ruth 91. Herrera, Joanna 92. Holguín-Veras Tabar, Oscar 93. Infante, Reynaldo 94. Jiménez Arias, Sonia 95. Jiménez, Miguel Ángel 96. Jiménez, Josefina 97. . Lantigua, José Rafael 98. Lebrón, Nixon 99. León, María Amalia 100. Liao, Yuan Fuei 101. Lobetty, Olga 102. López, Ernesto Fidel 103. López Azuán, Virgilio 104. López Tallaj, Luis 105. Lora, Huchy 106. Lozano, Clara Luz 107. Luciano López, Margarita 108. Mancebo, María 109. Martínez, Ana Teresa 110. Martínez, Jorge Adalberto 111. Martínez, Maricela 112. Medrano, Marianela. 113. Medrano, Néstor 114. Mejía, William 115. Meléndez, Luis (Cuentobastón) 116. Messon, Omar 117. Mercedes S., Otilio 118. Mieses, Juan Carlos 119. Miller, Jeannette 120. Minaya. Leopoldo 121. Montes de Oca, Guillermo Sterling 122. Montalvo, Manuel 123. Montero, Jenny 124. Montolío, Gladys 125. Mora Serrano, Manuel 126. Morales, Tony 127. Moreta, Luis (El Gallo) 128. Moya Pons, Frank 129. Ng, Leibi 130. Nina T., Ramón 131. Noble Espejo, José 132. Noba, Basilio 133. Oliva, Lorena 134. Ovalle, Elizabeth 135. Payano, Iván 136. Paulino Coste, Lenin 137. Peña-Gratereaux, Mary Ely 138. Peña, Ermelinda 139. Peralta Romero, Rafael 140. Pérez, Luis Reynaldo 141. Pérez, Xiomarita 142. Pérez, María Teresa 143. Phipps Cueto, Miguel 144. Raful, Tony 145. Ramos, Eladio 146. Ramos, Emelda 147. Read Escobal, Virginia 148. Recio de Pérez, Marilyn 149. Rodríguez Concepción, Edison M. 150. Rodríguez, Iván 151. Rosario, Fari 152. Romero de Florén, Alicia 153. Saba, Ramón 154. Sánchez Beras, César 155. Sánchez Féliz, Rubén 156. Sáenz Briones, Pablo 157. Selman, Aidita 158. Serrano, Rafael A. 159. Serrulle, Haffe 160. Sosa, José Rafael 161. Sierra, Jimmy 162. Stanley, Avelino 163. López Tallaj, Luis 164. Tavárez K., Juan Tomás 165. Taveras, Amy 166. Tejada, Rafael A. 167. Tejeda, Raúl 168. Tejeda, Ángela Digna 169. Then, Héctor 170. Terrero, Viola Nuris 171. Tolentino, Marianne de 172. Toral, Juan Carlos 173. Trinidad Ng, Yin-Lai 174. Ubiñas, Karina 175. Villanueva Montoya, Esmeralda 176. Vega, Annelie 177. Valdez, Pedro Antonio 178. Vargas de Castellano, Dulce 179. Zazo Martín, Oscar

1. Amorós González, Sarah

2. Abréu, Domingo

3. Acevedo, Andrés

4. Acevedo Duarte, Agustín

5. Acra, Patricia

6. Adames, Julio

7. Alemán, Miladys

8. Antigua, Kianny N.

9. Antún, Lili

10. Andújar, Ray

11. Alcántara Almánzar, José

12. Alonso, Mercedes

13. Álvarez, Julia

14. Aybar, María

15. Balaguer, Elizabeth

16. Balcácer, Juan Daniel

17. Barletta, Nelia

18. Beiro, Luis

19. Beltrán, José

20. Betances de Pujadas, Estrella

21. Brugal, María Consuelo

22. Cabral de Herrera, Lucía Amelia

23. Calderón, Natacha

24. Campos, Juan Carlos (Koldo)

25. Candelaria, Sélvido

26. Capellán Mejía, Angelina

27.   Cárdenas, Luis

28.   Carrón Vicioso, Lorelay

29.   Carvajal Núñez, Luis

30. Cassá, Roberto

31. Castillo, Rafael

32.   Castillo, Karina

33.   Castillo Soto, Luis Dantes

34.   Castillo, Rafael

35.   Castro Burdiez, Tomas

36.   Catraim, María Teresa de

37.   Catrain, Claudia

38.   Cedano, Mario J.

39. Collado, Miguel

40. Collins de Colado, Mary

41.   Comarazamy, Luisa

42. Contreras, Brunilda

43. Contreras, Marivell

44. Contreras, Ingrid Elizabeth

45. Cornielle, Pavel

46. Coronado, Dinorah

47. Cuevas, Julio

48. David, León

49. Damirón, Anya

50. De Morera, Sarah

51. De los Santos, Dulce Elvira

52. De Moya, Rita

53. De Santis, Geraldine

54. De Jesús Ulerio, Luis Felipe

55. Del Campo de Wittkop, Nora

56. Delgado Malagón, Blanca

57. Díaz, Junot

58. Disla, Paula

59. Disla, Reynaldo

60. Domínguez, Franklyn

61. Esquea. Rosa Francia

62. Esteva, Carmen

63. Estévez Aristy, Justiniano

64. Fernández Pequeño, José Manuel

65. Figueroa Garcés, Edelys

66. Florentino, Maritza

67. Freixas, Verouschka

68. Galán, Bismar

69. García Arévalo, Manuel

70. García de Escobar, Obdulia

71. García de Pión, Nelly

72. García, José Enrique

73. Gautreaux Piñeyro, Bonaparte

74. Gil, Ramón

75. Gil Soto, Juana J.

76. Goedes. Johanna

77. Gómez, Ana Brígida

78. Gómez, Luis Martín

79. González, Milady

80. González Gutiérrez, Mirtha

81. Guerrero, Yina

82. Gregorio, Miguel

83. Grimaldi, Carol Cárdenes de

84. Grimaldi, Eleanor

85. Hallal, Farah

86. Hernández, Aída Consuelo

87. Hernández Montalvo, Elbita

88. Hernández Tejeda, Carolina

89. Herrera, Niurca

90. Herrera Montero, Ruth

91. Herrera, Joanna

92. Holguín-Veras Tabar, Oscar

93. Infante, Reynaldo

94. Jiménez Arias, Sonia

95. Jiménez, Miguel Ángel

96. Jiménez, Josefina

97. . Lantigua, José Rafael

98. Lebrón, Nixon

99. León, María Amalia

100. Liao, Yuan Fuei

101. Lobetty, Olga

102. López, Ernesto Fidel

103. López Azuán, Virgilio

104. López Tallaj, Luis

105. Lora, Huchy

106. Lozano, Clara Luz

107. Luciano López, Margarita

108. Mancebo, María

109. Martínez, Ana Teresa

110. Martínez, Jorge Adalberto

111. Martínez, Maricela

112. Medrano, Marianela.

113. Medrano, Néstor

114. Mejía, William

115. Meléndez, Luis (Cuentobastón)

116. Messon, Omar

117. Mercedes S., Otilio

118. Mieses, Juan Carlos

119. Miller, Jeannette

120. Minaya. Leopoldo

121. Montes de Oca, Guillermo Sterling

122. Montalvo, Manuel

123. Montero, Jenny

124. Montolío, Gladys

125. Mora Serrano, Manuel

126. Morales, Tony

127. Moreta, Luis (El Gallo)    

128. Moya Pons, Frank

129. Ng, Leibi

130. Nina T., Ramón

131. Noble Espejo, José

132. Noba, Basilio

133. Oliva, Lorena

134. Ovalle, Elizabeth

135. Payano, Iván

136. Paulino Coste, Lenin

137. Peña-Gratereaux, Mary Ely

138. Peña, Ermelinda

139. Peralta Romero, Rafael

140. Pérez, Luis Reynaldo

141. Pérez, Xiomarita

142. Pérez, María Teresa

143. Phipps Cueto, Miguel

144. Raful, Tony

145. Ramos, Eladio

146. Ramos, Emelda

147. Read Escobal, Virginia

148. Recio de Pérez, Marilyn

149. Rodríguez Concepción, Edison M.

150. Rodríguez, Iván

151. Rosario, Fari

152. Romero de Florén, Alicia

153. Saba, Ramón

154. Sánchez Beras, César

155. Sánchez Féliz, Rubén

156. Sáenz Briones, Pablo

157. Selman, Aidita

158. Serrano, Rafael A.

159. Serrulle, Haffe

160. Sosa, José Rafael

161. Sierra, Jimmy

162. Stanley, Avelino

163. López Tallaj, Luis

164. Tavárez K., Juan Tomás

165. Taveras, Amy

166. Tejada, Rafael A.

167. Tejeda, Raúl

168. Tejeda, Ángela Digna

169. Then, Héctor

170. Terrero, Viola Nuris

171. Tolentino, Marianne de

172. Toral, Juan Carlos

173. Trinidad Ng, Yin-Lai

174. Ubiñas, Karina

175. Villanueva Montoya, Esmeralda

176. Vega, Annelie

177. Valdez, Pedro Antonio

178. Vargas de Castellano, Dulce

179. Zazo Martín, Oscar


Los mejores peluqueros, cuento de ciguapa por NELLY GARCÍA DE PIÓN

  Los mejores peluqueros, por Nelly García de Pion Durante los últimos días había llovido sin parar. Nubes grandes y grises bailoteaban en e...