Muy
buenas tardes
Escritores,
ilustradores, editores, docentes, bibliotecarios, familias, invitados
internacionales y, de manera muy especial, queridos niñas, niños y jóvenes:
Bienvenidos
a la sexta edición de la Feria Internacional del Libro Infantil y Juvenil.
Cada
vez que abrimos las puertas de esta Feria, sucede algo extraordinario: abrimos
miles de puertas invisibles.
Las
puertas que viven dentro de los libros.
Una
puerta puede llevarnos a un bosque encantado, a una ciudad que todavía no existe,
al fondo del mar o a una galaxia lejana. Puede llevarnos al pasado, al futuro
o, quizás más importante, hacia nosotros mismos.
Porque
leer es mucho más que comprender palabras.
Leer es imaginar.
Y
hoy quisiera que habláramos precisamente de eso: de la imaginación.
Pero
quisiera hacerlo desde una realidad que no podemos ignorar.
Hace
apenas unos días conocimos los resultados de PISA 2025.
Y
los números nos obligan a detenernos.
En
la República Dominicana, solamente el 23 por ciento de nuestros estudiantes de
15 años alcanza al menos el nivel básico de competencia lectora.
Eso
significa que detrás de las estadísticas hay demasiados jóvenes para quienes
comprender un texto, identificar su idea principal, relacionar información y
reflexionar sobre lo leído sigue siendo una dificultad.
Y
no podemos mirar ese dato como una cifra más.
Hay
una familia.
Hay
un maestro.
Hay
una historia.
Hay
una posibilidad de futuro.
Es
verdad que nuestro país ha avanzado en algunas áreas y que PISA también registra
progresos que debemos reconocer.
Pero
en lectura tenemos una deuda enorme.
Y
quizás debemos atrevernos a decir algo que muchas familias, educadores y
personas que trabajamos por la infancia hemos sentido alguna vez:
a
veces no sabemos qué hacer.
Tenemos
más tecnología que nunca.
Más
información que nunca.
Más
pantallas.
Más
plataformas.
Más
herramientas.
Y,
sin embargo, a veces nos sentimos desorientados frente a nuestros propios
niños.
Nos
preguntamos cómo lograr que lean.
Cómo
conseguir que presten atención.
Cómo
apartarlos por un momento de una pantalla.
Cómo
enseñarles a conversar.
Cómo
acompañarlos sin controlar cada minuto de sus vidas.
Cómo
prepararlos para un futuro que nosotros mismos apenas alcanzamos a comprender.
Y
ahora aparece una nueva pregunta:
¿qué
hacemos con la inteligencia artificial?
PISA
2025 nos ofrece un dato revelador.
La
mitad de los estudiantes dominicanos de 15 años dice utilizar chatbots de
inteligenica artificial al menos una vez por semana para aprender.
El
40 por ciento los utiliza para resumir textos que debía leer.
Y
el 36 por ciento, para redactar trabajos escritos.
Pensemos
por un instante en lo que eso significa.
Estamos
ante una generación que tiene a su alcance una herramienta capaz de leer por
ella, resumir por ella, escribir por ella y responder por ella.
Precisamente
cuando todavía estamos luchando para que aprenda a leer profundamente, a
escribir con claridad y a construir sus propias respuestas.
Entonces
la pregunta ya no es si estamos a favor o en contra de la inteligencia
artificial.
Esa
discusión probablemente llega tarde.
La
inteligencia artificial ya está aquí.
La verdadera pregunta es otra:
¿qué
capacidades humanas no estamos dispuestos a entregar?
Yo diría
que hay algunas irrenunciables.
La
capacidad de leer.
La
capacidad de escribir.
La
capacidad de hablar y escuchar.
La
capacidad de pensar críticamente.
Y
la capacidad de imaginar.
Porque
la inteligencia artificial puede ayudarnos a encontrar respuestas, pero somos
nosotros quienes debemos aprender a formular las preguntas.
Puede
resumir un libro.
Pero
no puede vivir por un niño la experiencia de descubrirlo.
Puede
producir un texto.
Pero
no puede sustituir el proceso mediante el cual un joven busca una palabra, se
equivoca, vuelve a empezar y finalmente descubre su propia voz.
Puedes
generar una imagen extraordinaria en segundos.
Pero
tambièn tiene que ser capaz de imaginar primero aquello que todavía no existe.
Y
por eso, paradójicamente, cuanto más poderosa se vuelve la inteligencia
artificial, más urgente se vuelve nuestra humanidad.
Antes
de que existieran los libros, existieron las voces.
Alguien
contó una historia alrededor del fuego.
Alguien
escuchó.
Alguien
recordó.
Y
alguien volvió a contarla.
Así
viajaron durante siglos nuestros relatos, nuestras leyendas, nuestros miedos,
nuestras esperanzas y nuestra memoria.
La
palabra hablada nos enseñó que una historia puede unir a una comunidad.
Después
aprendimos a escribir.
Y
entonces las palabras pudieron atravesar el tiempo.
Y
aprendimos a leer.
Pero
leer nunca fue solamente reconocer letras.
Cuando
un niño lee: «Había una vez un castillo en lo alto de una montaña», sucede algo
que ninguna pantalla puede mostrar exactamente.
Porque
ese castillo no es igual para todos.
Cada
lector construye el suyo.
Uno
imagina torres enormes. Otro, ventanas diminutas.
Alguien
ve una montaña cubierta de nieve. Otro la imagina rodeada de nubes.
Eso
es la imaginación.
El
escritor entrega palabras.
El
lector termina de construir el mundo.
Por
eso la lectura es uno de los ejercicios más poderosos de libertad que podemos
ofrecer a nuestros niños.
Y
quizás ahí tengamos una primera respuesta a esa sensación de no saber qué
hacer.
Volvamos
a lo esencial.
Leamos
con ellos.
Conversemos
con ellos.
Escuchémoslos.
Dejemos
que nos cuenten historias.
Permitámosles
aburrirse.
Hagamos
preguntas para las cuales la inteligencia artificial no tenga una única
respuesta.
«¿Tú
qué piensas?»
«¿Por
qué?»
«¿Qué
habrías hecho tú?»
«¿Cómo
terminarías esta historia?»
«¿Qué
mundo te gustaría inventar?»
Tal
vez no tengamos todas las respuestas sobre cómo educar a una generación que
crecerá rodeada de inteligencia artificial.
Pero
sí sabemos algo:
un
niño que lee, piensa.
Un
niño que escribe, construye su voz.
Un
niño que conversa, aprende a escuchar al otro.
Y
un niño que imagina descubre que la realidad no es el límite de lo posible.
Eso
es lo que defendemos cuando defendemos los libros.
No
estamos defendiendo un objeto de papel frente a una pantalla.
Estamos
defendiendo capacidades humanas.
Estamos
defendiendo el derecho de nuestros niños a construir pensamiento propio.
La
gran alfabetización de nuestro tiempo ya no consiste solamente en aprender a
leer y escribir.
También
necesitamos aprender a pensar frente a la tecnología.
Nuestros
niños tendrán que preguntarse:
¿De
dónde viene esta información?
¿Es
verdadera?
¿Quién
la creó?
¿Puedo
confiar en ella?
¿Existe
otra perspectiva?
¿Estoy
de acuerdo?
Y,
sobre todo:
¿Qué
pienso yo?
Porque
educar en tiempos de inteligencia artificial no puede significar enseñar a
nuestros niños a competir con las máquinas.
No
necesitamos niños que intenten convertirse en máquinas más rápida.
Necesitamos
niños profundamente humanos.
Curiosos.
Creativos.
Sensibles.
Capaces
de escuchar.
Capaces
de disentir con respeto.
Capaces
de imaginar aquello que todavía no existe.
Capaces
de utilizar la tecnología sin entregar a la tecnología la responsabilidad de
pensar por ellos.
Y
en esto tampoco podemos dejar solos a los maestros.
Ni
podemos dejar solas a las familias.
PISA 2025 nos entrega otro dato que debería hacernos pensar:
en
nuestro país disminuyó considerablemente la proporción de jóvenes que dice
conversar semanalmente con sus padres sobre lo que ocurre en la escuela.
Quizás
parte de la respuesta no sea tecnológica.
Quizás
parte de la respuesta sea profundamente antigua.
Sentarnos
juntos.
Preguntar.
Escuchar.
Contarnos
el día.
Leer
una historia.
Discutir
una idea.
Mirarnos
a los ojos.
Porque nuestros niños no necesitan solamente mejores dispositivos.
Necesitan
mejores conversaciones.
Necesitan
adultos presentes.
Necesitan
maestros acompañados.
Necesita
libros.
Necesitan
espacios seguros para preguntar y equivocarse.
Y
necesitan tiempo.
Tiempo
para leer.
Tiempo
para conversar.
Tiempo
para aburrirse.
Tiempo
para jugar.
Tiempo
para imaginar.
Por
eso necesitamos espacios como esta Feria.
Una
Feria del Libro Infantil y Juvenil no es solamente un lugar donde se exhiben y
se venden libros.
Es
un territorio para la imaginación.
Durante
estos días queremos que nuestros niños conozcan escritores e ilustradores.
Que
escuchen historias.
Que
inventen personajes.
Que
escriban.
Que
dibujen.
Que
conversen.
Que
hagan preguntas.
Que
descubran nuevas tecnologías.
Que
experimenten con la inteligencia artificial.
Pero,
sobre todo, queremos que comprendan algo:
la
tecnología más poderosa sigue estando dentro de ellos.
Es
su capacidad de imaginar.
Porque
antes de cada gran creación humana hubo alguien que imaginó algo que no
existía.
Antes
del avión, alguien imaginó que podíamos volar.
Antes
de viajar al espacio, alguien miró la Luna y se preguntó si algún día podríamos
llegar hasta ella.
Antes
de cada novela hubo una página en blanco.
Antes
de cada descubrimiento hubo una pregunta.
Y
antes de cada futuro hay una imaginación capaz de soñarlo.
Queridos
niños y jóvenes:
No
tengan miedo de preguntar.
No
tengan miedo de inventar.
No
tengan miedo de escribir una historia extraña, de dibujar un mundo imposible,
de cambiar el final de un cuento o de levantar la mano para decir: «Yo lo veo
de esta manera».
Lean
mucho.
Pero
también conversen sobre lo que leen.
Escriban.
Cuenten
historias.
Escuchen
las historias de sus abuelos, de sus familias, de sus comunidades.
Pregunten
a la inteligencia artificial, sí.
Pero
pregúntense también a ustedes mismos.
Y
nunca permitan que ninguna tecnología imagine todo por ustedes.
Esta
sexta Feria Internacional del Libro Infantil y Juvenil quiere celebrar
justamente ese encuentro.
El
encuentro entre la palabra que heredamos y la tecnología que estamos
construyendo.
Entre
el libro y la pantalla.
Entre
la voz y el algoritmo.
Entre
la memoria y el futuro.
No
tenemos que elegir entre libros y tecnología.
Tenemos
que enseñar a las nuevas generaciones a habitar ambos mundos con inteligencia,
sensibilidad y libertad.
Que
la inteligencia artificial amplíe nuestras posibilidades.
Que
la lectura amplíe nuestra mirada.
Que
la escritura nos ayude a encontrar nuestra voz.
Que
la oralidad nos permita encontrarnos con los demás.
Y
que la imaginación siga siendo ese lugar infinito donde todo puede comenzar.
Hoy
abrimos una Feria.
Pero
quisiera pensar que hacemos algo más.
Abrimos
miles de libros.
Miles
de conversaciones.
Miles
de preguntas.
Y,
con ellas, miles de futuros posibles.
Porque
cada niño que descubre el placer de leer descubre tambièn que el mundo puede
ser diferente.
Cada
niño que aprende a escribir descubre que puede dejar su propia huella en él.
Cada
niño que aprende a expresar y defender sus ideas descubre el poder de su voz.
Y
cada niño que conserva intacta su capacidad de imaginar descubre que el futuro
no es solamente algo que llega.
El
futuro también es algo que podemos crear.
Tal
vez hoy no tengamos todas las respuestas.
Pero
no estamos condenados a la desesperanza.
Tenemos
algo mucho más poderoso:
tenemos
la posibilidad de volver a mirar a nuestros niños, escucharlos y acompañarlos.
Y
tenemos una decisión que tomar como sociedad: que ninguna niña y ningún niño
crezca creyendo que pensar es algo que puede hacer otro por él.
Que
esta Feria sea, entonces, una gran invitación:
A
leer para comprender.
A
escribir para crear.
A
hablar para encontrarnos.
A
utilizar la inteligencia artificial para ampliar nuestras posibilidades, nunca
para reducir nuestra capacidad de pensar.
Y,
sobre todo, a imaginar.
Porque
si conseguimos que nuestros niños sigan imaginando, seguirán preguntando.
Si
siguen preguntando, seguirán aprendiendo.
Y
si siguen aprendiendo, todavía podemos construir con ellos
un
futuro extraordinario.
Bienvenidos
a la Feria.
Bienvenidos
a los libros.
Bienvenidos
a las historias.
Y
bienvenidos a ese territorio extraordinario donde comienza el futuro posible:
la
imaginación.
Muchas
gracias.
Dr.
Juan Carlos Toral
VI
Feria Internacional del Libro Infantil y Juvenil
Agora
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