jueves, 21 de diciembre de 2017

De los tres niños que salvaron la Navidad, Néstor Medrano



“El viejo Antolín les contó que el niño Picú lo hacía feliz. Que tenía la promesa de llegar a la mina donde se guarda la esencia de la Navidad.
Les dijo que estaba escrito que era él quien debía penetrar y liberarlos del maligno de Tuzán. Pero Tuzán los sorprendió. Y con artes de magia de la mala hizo que el niño Picú desapareciera de la faz de la Tierra y sus confines. El niño Picú estaba destinado a salvar todas esas tradiciones hermosas y festivas de las criaturas divinas del Señor. Y una mañana ¡Zas! Tuzán lo alejó.
―¿Y cómo lo hizo desaparecer Tuzán?―preguntó Crisóstomo, buscando entender mejor la historia. Juanchi, se lo explicó…
―Tuzán es un ser malísimo que desapareció con magia de la mala al niño Picú…que iba a salvar las historias y las tradiciones del pueblo, tomando la esencia en una cueva donde había una mina… y así sucesivamente…
Crisóstomo miró más confundido que nunca al viejo Antolín, el viejo Antolín les mostró su dentadura blanquísima, se encogió de hombros y les dijo:
―Algo así…más o menos…pero ya, deben marcharse, pronto será de noche y sus padres estarán muy preocupados. Además no quiero que los vean en esta casa, el monstruo podría morderlos…
―¿Hay un monstruo?―preguntó Crisóstomo…recibiendo un codazo de Juanchi, que finalmente le aclaró:
―Solo bromea…”. (Fragmento).

lunes, 18 de diciembre de 2017

El ciempiés fuma arco iris en pipa y otras verdades. Mateo Morrison



Mateo Morrison
mateo@mateomorrison.com

Al leer el libro El Ciempiés Fuma Arco Iris en Pipa y otras Verdades de Lady Diana Castillo Villalón, experimento una importante sensación de que no estoy frente a un libro más de literatura para niños, sino frente a un conjunto de relatos escritos con los mejores elementos del idioma, donde cada palabra está plenamente seleccionada para que responda al proceso comunicativo cuyo resultado sea una obra artística.

Y digo esto porque una buena parte de los libros que se escriben sobre este importante y delicado género, priorizan el contenido, el argumento, la historia que cuentan y se olvidan del uso del lenguaje, y a veces resulta tan pobre que no merece el calificativo de obra literaria.

Asumir el hecho literario desde una narrativa hecha para niños y niñas, no debe significar rebajar la dignidad literaria, sino al contrario, elevarla con un nivel de especialidad aún más difícil que si se dirigiera sólo para adultos.

Este tipo de literatura que nos trae El Ciempiés Fuma Arco Iris en Pipa y otras Verdades, corresponde a una categoría que puede ser disfrutada por cualquiera, pues su soporte no es sólo el aspecto argumental, sino la estructura formal con que éste llega a través de un lenguaje depurado donde cada palabra ocupa un lugar preciso dentro de la estructura artística que le sirve de soporte.

Y es que una obra literaria no es sólo contenido, la forma en que se escribe será determinante para saber los niveles de calidad que les son atribuidos a todo texto con fines de permanencia en el tiempo.

Pero no sólo se trata de contenido y forma en esta obra, aparte de la lección ética que le deja a las lectores, está un fino sentido del humor y un definido horizonte de ironía orientado a combatir las bajezas humanas y exaltar los valores de la solidaridad, la hermandad y todos los aspectos que se constituyen en lecciones positivas para los lectores.

No falta lo lírico, como cuando dice en este texto que reproducimos del relato La niña y el Unicornio, lo siguiente: 

“El hombre apartó la vista de una hoja seca que estaba examinando.
¿Qué saben ustedes sobre eso? No han visto uno de esos tiempos que tienen alas multicolores y toman la miel de las flores.
Eso es una mariposa dijo la niña.
No importa su nombre. Es el tiempo, evasivo y hermoso, estoy seguro de que si atrapo uno podré tomar el sol mas rato y la luna conversará menos con las estrellas. Ahora déjenme en paz”.


Lady Diana Castillo Villalón o los primores del cuento infantil



Por: LEÓN DAVID

La visión profética de George Orwell: 1984 es ahora
Hacer de menos la llamada literatura infantil, reputarla género ancilar porque por modo ostensible se propone no ya satisfacer el acendrado gusto del lector avisado, sino cautivar el alma en agraz del niño dirigiéndose a un público inexperto y, por ese hecho, supuestamente fácil de contentar, semejante opinión, insisto, sobre ir en menoscabo del libro destinado a los chiquilines, presta –harto me lo temo- flaco servicio al oficio demandante del escritor tanto como a los arduos encantos del arte narrativo.

Importa error de a folio suponer que la creación concebida para el solaz de los chicuelos es, en punto a rigor, habilidad, industria e inventiva, menos reclamante y, por ende, menos sustantiva y valiosa que la que se realiza para colmar las acaso retorcidas inconformidades de la persona adulta… A riesgo de infringir los oportunos modales de la discreción y la modestia postulando juicios con privanza de eternidad, no me abstendré de sostener en contra del parecer mayoritario del vulgo y acaso de los entendidos, que hacer genuina y perdurable literatura infantil no será, no es ni ha sido nunca cosa de coser y cantar. En efecto, si de apariencias delusivas no me pago, no tiene trazas de viable la creencia de que la ficción escrita para los niños, a causa de la inmadurez de quienes la leerán, requiere en lo atinente al logro del objetivo de entretenimiento y formación que de ella se espera, menos esfuerzo, talento y originalidad que los que solemos encarecer en las obras literarias de solera a las que son adictos ciertos individuos que han dejado atrás, en verdad muy atrás, la edad pueril.

Los asertos que acaban de escapar a los puntos de mi pluma no carecen, hasta donde he podido percibir, de fundamento a poco tengamos en la mira la finalidad suprema del arte de la palabra: seducir al lector mediante la belleza del lenguaje, sumergirlo en un universo extraordinario, sorprendente, donde en virtud de los poderes de la fantasía se auspicie el encuentro del fruidor de la obra con las ultimidades existenciales de su propio ser.

Va de suyo que en el caso del relato infantil pareja inmersión en los hontanares de la subjetividad, en las abisales simas del yo, impone de partida peculiares procedimientos constructivos y específicas estrategias retóricas. Salta a la vista que el mundo del niño no se asemeja al del adulto. Es, por tanto, imperioso que quien escriba para la chiquillada, por más que haya sobrepasado largamente la fase del trompo y las muñecas, lejos de haber dado la espalda a esa vis traviesa volcada hacia el asombro que es la marca inconcusa de la niñez, conserve –tesoro inmarcesible- el espíritu lúdico, optimista, desenfadado propio de los albores de la existencia… Y aquí es donde, bien lo hace explícito el popular adagio, “la puerca tuerce el rabo”; pues no todo escritor de probado profesionalismo o incluso de trayectoria sobresaliente, es capaz de producir páginas que los chicos leerán con gozosa fascinación. El don literario que hace las delicias del lector instruido y fructifica en narraciones y poemas de saliente calidad, no asegura en modo alguno el éxito de un autor cuando éste de repente da en la ocurrencia de escribir historias infantiles; que así como el creador de afortunadas novelas no es raro fracase con estrépito cuando incurre en la manía de estampar líricas efusiones sentimentales en lenguaje versificado, o el poeta de estro espléndido y acento musical a menudo se descalabra cuando endereza por los caminos de la prosa de ideas, así mismo el escritor de alto coturno y bien ganados títulos de excelencia en la esfera de la literatura para adultos, puede perfectamente zozobrar si, impedido por cualquier razón de conectarse con el niño que lleva dentro de sí, intenta hablar a la agente menuda en idioma que ya ha olvidado y desconoce.

No es este el caso –en ello va nuestro crédito- del libro de cuentos infantiles que exhibe el título de El Ciempiés Fuma Arco Iris en Pipa y otras Verdades, de la autoría de la joven narradora cubana Lady Diana Castillo Villalón. En las palabras introductorias que escribiera el poeta Mateo Morrison para dicho texto, topamos con el siguiente aserto que da remate a su atinada ponderación de los méritos de la cuentista: “esta selección de relatos (…) enriquece cualquier literatura de su género porque está escrita con los ingredientes esenciales de una obra de arte plena de sentido y con una estructura admirable.”… El juicio del prologuista es, para quien cure de la imparcialidad, ciertamente atendible. Veamos de mostrarlo: En mi falible opinión, el cuento para niños debe poseer, entre otras caudalosas prendas, las fundamentales cualidades a las que, a humo de pajas, aludiré a continuación: para empezar, desbordada fantasía de tónica jovial y coruscante; luego humor, gracejo, chispa, donaire; no puede faltar tampoco –tercer ingrediente- la poesía, la belleza de un estilo fluido, llano, fresco y sugerente; y, por descontado –postremo e imprescindible requerimiento-, es de rigor que las historias contribuyan a exaltar los valores de la alegría, la vida y el bien…

A estas cuatro estipulaciones –nos ceñiremos tan solo a ellas en obsequio a la brevedad-, a estas cuatro exigencias condice plenamente el libro de Lady Diana. La fantasía borbota, burbujea en cada una de sus páginas generando la magia fulgurante de lo maravilloso, como ocurre en el episodio de la bruja que convertida en estatua fue reventada en “miles de pedacitos que se regaron por el parque”; o bien como la vasija prodigiosa que el artesano modelara, la cual producía música; o acaso como el comienzo del relato titulado La niña y el unicornio, el cual reza: “Había una vez, en un océano, una isla. Era un lugar lleno de unicornios rojos, que volaban hacia los sueños de los niños. El océano estaba dentro de un libro y el libro lo tenía una niña”.

Por lo que toca al elemento festivo y retozón, a cada instante nos sale al paso, verbigracia el detalle de las tres palomas juezas del concurso de cocina, que al probar el repugnante menjurje de la bruja Oxer mudaron de color y cayeron desmayadas; o como el sujeto que a todo lo que se le preguntaba respondía, sin que viniera a cuento, con un refrán.

De impoluto lirismo, sobrados ejemplos podríamos escoger. Circunscribámonos a uno distraído de la fábula Las pecas de María: “María se fue muy contenta para su casa, pues al fin se libraría de esas odiosas manchitas. Iba tan alegre que entonó una canción. ¡Hacía tanto tiempo que no cantaba! Y mientras cantaba no se daba cuenta que detrás de ella se abrían los capullos de las flores, y con cada nota de su canción nacían ruiseñores y brotaban riachuelos a sus espaldas. Los habitantes de Gluglú sacaban las cabezas por las ventanas de las casas para ver aquel milagro. ¡Eran las pecas y la alegría de María las que hacían la magia!”… ¿Puede acaso darse mayor sencillez en la expresión de un suceso imaginario, no por exento de pretensiones retóricas menos estéticamente eficaz?

Por último, sería incurrir en delito de lesa equidad exegética no poner de resalto que la autora de la obra que a punto largo estamos escoliando, de manera natural, nunca forzada, alecciona, educa, orienta, plasmando en el entramado mismo de las historias que relata una serie de sustanciales valores éticos y de convivencia social; así el alcalde de Pueblo Chico, que era “aprendiz de todo y oficial de nada” y que “ Disfrutaba engañando”, recibe el peor de los castigos, éste: las mentiras con las que buscaba burlarse y perjudicar a gente cándida se tornaron verdades que hicieron la felicidad y la fortuna de los que él creía víctimas de su trapacería; o también el caso del artesano astuto que deseaba ofrecer al rey su vasija maravillosa y a quien los dos consejeros corruptos de la corte exigían a cambio de concederle audiencia con el soberano, la mitad de lo que el monarca le obsequiara a guisa de recompensa; ni corto ni perezoso, el avispado artesano, cuando el rey le preguntó si quería oro, plata y diamantes por su inigualable vasija, lo que pidió fue que le premiaran con doscientos azotes, y entonces, escuchemos: “El Rey se quedó asombrado y los consejeros abrieron los ojos como platos.

-No entiendo –dijo asombrado el Rey- puedes pedir riquezas y quieres que te den azotes, ¿estás seguro?

-Sí, su majestad- respondió el artesano.

Cuando los guardias del palacio iban a atarlo el artesano los detuvo.

-¡Un momento! –dijo. Soy un hombre que siempre cumplo mi palabra y le prometí a cada consejero la mitad de mi recompensa, pues bien, le corresponde a cada consejero cien azotes.

-¿Qué dices, campesino loco? –chilló el Primer Consejero.

–¿Cómo que cien azotes, no te das cuenta de que era una broma?- protestó el Segundo Consejero.

Pero el Rey era muy justo, por eso hizo que le administraran cien azotes a cada consejero para que no se aprovecharan más de sus súbditos.”

La villanía se paga: se impone la justicia. El mensaje que la divertida invención contiene anidará en el corazón del niño favoreciendo desde muy temprano el fortalecimiento de los más prístinos valores éticos, esos que ninguna sociedad que presuma de civilizada puede impunemente preterir.

El Ciempiés Fuma Arco Iris y otras Verdades es libro que fascinará al revoltoso público de los pequeñines; pero eso no es todo, los lectores que cargan varios lustros sobre sus hombros, con tal no hayan dejado apagar en el pecho la hoguera cálida de la infancia, cuando se aproximen a sus felices páginas no saldrán –lo afirmo, lo aseguro- defraudados.


FUENTE:Artículo León David

martes, 5 de diciembre de 2017

Cuentos para Angélica de José M. Fernández Pequeño


EL AUTOR HABLA DE LA OBRA


Un padre quiere hablar con su hija como si fueran dos amigos y, con ese fin, se hace pasar por Pedro, un amigo que escribe cuentos para la niña y se los envía desde diferentes lugares del mundo. Así, a través de la ficción, padre e hija construyen un vínculo hecho de ternura y entrega. Cuentos para Angélica es una aventura en busca de la sinceridad, la prueba de que la imaginación puede ser un país espléndido, indispensable para todos.


LA OBRA

Cuentos para Angélica fue considerada finalista en la edición 2003 del "Concurso Internacional de Literatura Infantil LIBRESA-Julio C. Coba". Un papá que busca comunicarse mejor con su hija, "usurpa" el papel de Pedro, un "cuentacuentos" amigo, para en su nombre escribir historias a su hijita sin que ella pueda descubrirlo. Así le narra las aventuras de otro Pedro, un niño como ella, y al final ocurre lo imprevisto. Los cuentos de este libro hablan de la imaginación, la ternura, el aprendizaje de la vida, el primer amor y tantas otras cosas en las que, estamos seguros, te podrás reconocer. Por eso te invitamos a leer a continuación, a llegar hasta un final que será, como tú misma vida, un principio.

martes, 28 de noviembre de 2017

El ascenso de la literatura infantil dominicana José Nova | 26 agosto, 2017

En el universo de la literatura dominicana, las creaciones destinadas al lector infantil y juvenil se han multiplicado con los años, no solo con la labor de los autores dedicados por completo a este sector, sino también con los aportes de otros escritores más conocidos por su línea adulta.

Es a partir de la segunda mitad de los ochenta, según apunta el exministro de Cultura y Premio Nacional Feria del Libro 2016, José Rafael Lantigua, y con mayor acento en el decenio de los 90, que la República Dominicana comenzó a cosechar con fervor este tipo de obras en una diversidad de géneros que sirven de impulso a la imaginación y la creatividad para educar, divertir y formar a los infantes dominicanos.

Los primeros registros de la bibliografía dedicada especialmente a esta clase los ofrece el investigador Miguel Collado en su libro En torno a la literatura dominicana, donde consagra a la escritora puertoplateña Virginia Elena Ortea (1866-1903) como la pionera de los cuentos infantiles y juveniles en el contexto nacional, con los títulos Los diamantes (Revista Ilustrada, 1 de febrero de 1899)y Estrellas y flores: cuento de Navidad (Revista Literaria, 23 de marzo de 1901), contenidos en su libro Risas y lágrimas.


Dinamismo


Sin embargo, Collado establece que en la década de 1930 es que se inicia la publicación de textos infantiles con un reducido número hasta los años 70, período en el que vieron la luz solo 24 obras para niños. Una bibliografía insignificante si se compara que entre los ochenta y los noventa circularon 99 libros infantiles.

Precisamente, un repaso en ese sentido desde la creación del Premio Anual de Literatura Infantil y Juvenil Aurora Tavárez Belliard, muestra que se han ampliado las temáticas, construcciones y poética de la narrativa, aderezada por la ilustración gráfica. La lista de los autores y obras que han merecido este reconocimiento como parte de los Premios Anuales de Literatura, que entrega el Ministerio de Cultura, la integran Lorelay Carrón (Un pedacito verde en el corazón, 1998), Margarita Luciano (Quién se robó el verde, 1999), José Enrique García (Un pueblo llamado Pan, 2000), Tomás Castro Burdiez (Balle Nita y el Pez Cador, 2001) Luis Martín Gómez, (Mamá, a aquella caracola le está naciendo un mar, 2002), César Sánchez Beras (El sapito azul, 2003), Jenny Montero (Éranse unas criaturas del monte, 2004), Julio Adames (Cuerpo en una burbuja, 2005 -poesía), Marcio Veloz Maggiolo (La verdadera historia de Aladino, 2006), Dinorah Coronado (Rebeca al bate y dos cuentos más, 2007), Ana Brígida Gómez (La sirenita de coral, 2008), Tony Morales (Las aventuras del niño inventor y la bruja Marleny, 2009), Brunilda Contreras, (Esperanza, 2010), Rafael Peralta Romero (A la orilla de la mar, 2011), Virginia Read Escobal (El Pacto de Guani, 2012), Farah Hallal (Sábado de ranas, 2013), Gisela Nolasco Peña (La Cigua Palmera y la Madam Sagá, 2014), José M. Fernández Pequeño (Bredo, el pez).

Para que se tenga una idea de la producción de cada año, hay que destacar que el jurado del Premio Anual de Literatura Infantil y Juvenil Aurora Tavárez Belliard recibe hasta más de 20 propuestas de diferentes autores. Cerca de cumplir cuatro décadas de intensa producción, la literatura destinada a los pequeños ha contado con un valioso grupo de escritoras, como Mary Collins de Colado, Aida Bonnelly de Díaz, Leiby Ng, Eleanor Grimaldi, Marianne de Tolentino, Carmen Martínez Bonilla y Lucía Amelia Cabral, entre otras que no están en la lista de premios.
Aunque la labor de las mujeres ha sido fundamental, también los aportes masculinos han jugado un importante papel en el boom de la literatura infantil.

Al académico, cuentista y novelista petromacorisano Miguel Phipps Cueto, se le debe el mayor número de aportes. No solo es uno de los autores dominicanos con más publicaciones en las últimas décadas, con 73 títulos y coautor de siete, sino que es el escritor más prolífico de literatura infantil de América Latina y el Caribe. Forma parte de la más prestigiosa colección de libros para niños de Iberoamérica. En su bibliografía se destacan La lechuza hambrienta y el astro Sol, La hormiga cocinera y el escarabajo pelotero, El roedor fanfarrón, Crisálida, Nacimiento Divino, Dientesano, La niña que se convirtió en flor, El pajarito perdido, Luciérnaga, Plumas de vanidad, El sapito delincuente, El regalo más bello, Castillito de arena y La ranita comilona, entre otros títulos.

En la fecunda producción masculina, Juan Bosch es valorado como el primer escritor dominicano en publicar un libro de cuento infantil: Un cuento de Navidad (Santiago de Chile, 1956). Tres décadas más tarde puso a circular El culpable (Isla Abierta, 1985). Otra de las grandes figuras de las letras dominicanas, Pedro Henríquez Ureña (1884-1946), dejó su huella en este terreno cuando publicó en el periódico El Mundo, de México, Los cuentos de la nana Lupe.

Otras lecturas para niños


Algunos de los libros recomendados son Versos del mar (Bismar Galán), Mi caballito de goma y otros poemas para niños (Andrés Acevedo), Las gallinas son eléctricas (Farah Hallal), Las dos nanas (Dinorah Coronado), “Daniel y el ave” (Marivell Contreras), El unicornio (Vinicio López Azuan), Los fabricantes de juguetes (Iván Payano), El sonido que faltaba (Leibi Ng). El ave y el nido (Salomé Ureña) y La ciudad de los niños (Manuel Rueda. Junot Díaz, premio Pulitzer, se estrenará en el 2018 en el mundo de los relatos infantiles con un cuento sobre dos niñas dominicanas que crecen en Nueva York, titulado Islandborn.

Original publicación: http://elcaribe.com.do/2017/08/26/ascenso-la-literatura-infantil-dominicana/

domingo, 26 de noviembre de 2017

Entrevista a Farah Hallal,



Farah Hallal

Nació en Salcedo. A eso le atribuye su vena revolucionaria, esas ganas de luchar para que el mundo (o su país) sea mejor. Estudió Artes Gráficas en la Universidad Pedro Henríquez Ureña pero su trabajo se ha vinculado siempre a las letras. Escritora y directora creativa en agencias publicitarias y medios de comunicación, en los que también ha fungido de correctora. Es la fundadora de la Revulú, una revista infantil por la que dio a conocer sus cuentos y poemas. Farah, a través de la escritura, persigue de manera incansable que se respeten los derechos humanos, promoviendo talleres para enseñar a leer y escribir. Ella dice que, aunque parezca una locura, se puede vivir de la escritura. Sus hijos son su mayor inspiración. Aunque ella es una niña confesa.

Entrevista a Luis Reynaldo Pérez por Diario Libre



Luis Reynaldo Pérez

Franco. Y esa misma franqueza, confiesa, la usa para escribir a los niños y satisfacer a ese niño interior que lleva dentro. Es poeta, gestor cultural y editor. Dice que lee desde que tiene uso de razón y es un consumidor asiduo de literatura infantil. Lunario (Alfaguara, 2014) es una de sus publicaciones hecha especialmente a la medida de los niños (as) (sin importar la edad que tengan), sus lectores más exigentes. Su experiencia es vastísima en estos menesteres literarios y culturales. Cuando habla, lo hace con una propiedad que no se quiebra. Es uno con la palabra y en esta ocasión nos permite conocer un poco sobre sus andares y experiencias en la literatura infantil.

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