lunes, 20 de junio de 2011

UNA OBRA QUE SE ME HABÍA ESCAPADO TODOS ESTOS AÑOS

He contado varias veces que mi deporte favorito es organizar los libros los fines de semana. Hoy, me he detenido en uno que se supone debí haber leído hace tiempo, pero por esas cosas de andar siempre en déficit, lo había sencillamente olvidado. Se trata de La ciudad de los fantasmas de chocolate de Jimmy Sierra. No lo he terminado de leer pero estoy gratamente sorprendida. Para no perder tiempo, voy a compartir el prólogo que está firmado por el profesor Narciso González. Es digno de mantener siempre presente.


SI YO FUERA PROLOGUISTA
I
Si yo fuera un hacedor de prólogos hubiera escrito una buena introducción para este libro titulado La ciudad de los fantasmas de chocolate.
¿Para qué quisiera prologar este libro de cuentos de Jimmy Sierra? Para llamar la atención sobre cuatro aspectos:


   Los protagonistas,
   Los recursos formales,
   Los lectores escogidos y
   Su valor ideológico-cultural.


Parece casi imposible hacer cuentos para niños con personajes reales. La recurrencia a los Pinochos, Caperucitas, Gulliver, Cenicientas, etc., es el camino casi obligado de la literatura infantil.
Sin embargo, estos fantasmas de chocolate de Jimmy, son personajes reales: De la historia cotidiana; situados en un tiempo concreto (los años 50); en lugares verdaderos (Villa Juana,Villa Consuelo...); y con las peculiaridades físicas y psicológicas con las cuales maravillaron a sus contemporáneos.


Sí. De haber sido yo un prologuista, hubiera resaltado que esos Clinche, Rana Bola, Capitán, Barajita, El Maco Pen Pen, y tantos otros, son seres tan verdaderos como esas tres palomas (las Mirabal). Y que tienen parecido valor, porque como ya se ha dicho "la locura es la caricatura de la libertad".


II
Pero... ¿pueden servir esos personajes de la historia cotidiana para hacer literatura para niños? Eso está determinado por los recursos formales.
El lenguaje es claro; no hay descripciones extensas; los párrafos son cortos, los adjetivos ajustados; hay buena presencia de gerundios.
Y, de haber sido yo un prologuista, hubiera destacado como Julio Samuel Sierra, sin pertenecer al partido de nosotros los versificadores, consigue logros con el uso de la rima, recurso éste muy efectivo para el sensible oído de los niños. hasta se mete en el difícil acróstico, como cuando la mitad del monstruo le dice Clinche:


Viene con la luz del día
Entre sombras a luchar,
Rompiendo todas las dudas
Derrota la oscuridad:
Amiga de los valientes
Dueña de la oscuridad.


III
Pero el triángulo literario está formado por: Autor, Obra y Público. Eso quiere decir que la valoración de una obra comienza desde el momento en que el autor determina a quién va dirigida su creación. Y en el caso que nos ocupa, se trata de los niños.


De haber sido yo el prologuista de La ciudad de los fantasmas de chocolate hubiera ponderado ese hecho de ser narrativa para niños. Hubiera recordado el proverbio oriental: "el pensamiento camina más aprisa pero el corazón llega más lejos"; y la necesidad de dirigir el mayor número de creaciones progresivas a la infancia, retornando siempre a la sentencia Martiana de que "Los niños son la esperanza del mundo".


IV
Y acabaría ponderando el valor ideológico-cultural de estos cuentos.
En un país donde la Dependencia es un incendio que destruye no solamente los valores nacionales presentes sino que, además, borra el pasado; en un momento en que la Penetración se traduce en Chapulines alienantes, películas sobre violencia y drogas, y todo tipo de difusión que impide la reflexión sana, es una verdadera alegría encontrar estos fantasmas de chocolate cuyas acciones y mensajes buscan afanosamente el progreso espiritual.


Así como Cervantes dijo de sus Novelas Ejemplares: "Heles dado el nombre de ejemplares porque si bien lo miras, no hay ninguna de quien no se pueda sacar algún ejemplo provechoso", así mismo Jimmy podría estar orgulloso de que en sus cuentos de chocolate no hay ninguno donde no se pueda saborear el dulce del bien y la verdad.


Me hubiera gustado ser el prologuista de La ciudad de los fantasmas de chocolate. Pero me conformo con llamar la atención a los verdaderos prologuistas que son los adultos (padres, maestros, tíos, amigos) que tienen la misión de introducir la obra entre aquéllos que son la esperanza del mundo.


N A R C I Z A S O


JIMMY SIERRA, autor de La ciudad de los fantasmas de chocolate
La ciudad de los fantasmas de chocolate

Mateo Morrison

Jimmy Sierra tiene una larga trayectoria de aportes culturales en las más diversas vertientes del conocimiento. Fue él quien, a través del Movimiento Cultural Universitario, abrió de forma definitiva nuevos espacios para jóvenes creadores de los barrios, en un país cuya literatura estaba prácticamente tomada por las elites.
Ahora nos presenta la segunda edición de su libro de relatos La ciudad de los fantasmas de chocolate.
Junto a Antonio Lockward y a Fernando Sánchez, había publicado el libro “Bordeando el río”, con prólogo de Pedro Mir. En este género mereció el primer premio del concurso auspiciado por la prestigiosa revista El Cuento, de México. Y digo género a sabiendas de la complejidad de la literatura actual que dificulta encasillar las producciones literarias a un esquema cuya utilidad principal es la didáctica, pues en realidad los llamados géneros no son compartimientos estancados.
La ciudad de los fantasmas de chocolate es más que un libro de cuentos y, precisamente, lo literario, lo ético y lo didáctico se hermanan produciendo un resultado que debería estar presente en la lectura de los estudiantes del país. Y es que con un lenguaje llano y eficiente, estructurado con inteligencia, se cumplen los parámetros de Vladimir Propp a partir de su Morfología del cuento publicada en 1918 y que tanto influyó en autores como Claude Lévi-Strauss y Roland Barthes.
En el lúcido prólogo escrito por Narciso González, leemos: «El triángulo literario está formado por: Autor, Obra y Público. Eso quiere decir que la valoración de una obra comienza desde el momento en que el autor determina a quién va dirigida su creación. Y en el caso que nos ocupa, se trata de los niños».
La fructífera trayectoria como gestor cultural y promotor de las más diversas manifestaciones de nuestra cultura podría hacer que nos olvidemos del creador y, precisamente con este libro, que oí mencionar por primera vez a Manuel Rueda y luego a Jeannette Miller, este escritor se sitúa a un nivel de exigencia en el género cuentístico de raigambre popular.
Ya es tiempo de que reconozcamos los aportes de este incansable trabajador de la cultura. La calidad de este libro es el pretexto que tengo para hacer el más grande de los homenajes a quien ha contribuido a la democratización de la cultura, haciendo que muchos de nosotros ocupáramos una butaca en el escenario de la vida literaria y cultural del país sin tener que quitársela a nadie, sencillamente incorporando a jóvenes de los barrios a la tradición literaria.