Cuento terapéutico subliminal para dormir a los enanos y a las enanas




Juan Carlos Campos (Koldo)

Érase que se era un simpático ratoncito que cansado y con sueño luego de un día de mucho ajetreo, deambulaba por la casa en que vivía en busca de la cena.
Debajo de la mesa de la cocina encontró un suculento pedazo de queso que se llevó hasta la alfombra, dispuesto a comérselo cómodamente.
Sin embargo, pudo más el sueño y tras algunos bostezos, todavía con el queso entre los dientes, se quedó dormido.
Tan profundamente dormía que ni siquiera lo despertó la llegada de su más enconada enemiga: la gata.
Era una enorme gata de caminar ligero y elegante que en cuanto vio al ratón se relamió de gusto. Para una felina hambrienta no hay mejor bocado que un rollizo ratón.
Pero era tanto el sueño de la gata que optó por acostarse junto al ratón y dormir un rato. Siempre tendría tiempo cuando se despertara, de comerse al roedor. Abrió sus fauces en un bostezo interminable y hecha un ovillo, la gata cerró los ojos y se durmió.
Acertó a pasar por allí un perro de malas pulgas que al descubrir a la indefensa gata, sonrió complacido. Hacía mucho tiempo que no tenía un pleito con una gata.
Pero se estaba cayendo de sueño y era preferible acostarse a dormir sobre el sofá que andar de pendenciero.
Así que se estiró perezosamente y luego de bostezar sin pudor ni recato, como si nadie lo estuviera viendo, se durmió plácidamente.
Al poco tiempo pasó por el lugar una fiera leona de temible aspecto que al descubrir al perro inmediatamente pensó en devorarlo, pero era tanto el sueño, que aprovechando el resto del sofá y tras los clásicos bostezos, se acomodó quedándose dormida.
Llegó entonces un pesado elefante que al ver dormir a la leona se dispuso a propinarle una trompada; pero había sido tan largo el viaje desde la selva que prefirió mejor dormir unas horas. Para no ser menos, también el elefante bostezó repetidamente hasta quedar dormido.
Y dormía el ratón y dormía la gata y dormía el perro y dormía la leona y dormía el elefante, cuando sigilosamente, para no hacer ruido y desperar a los dormidos entró en la casa Tania.
Tania era la más indómita y experta cazadora de la región. Llevaba con ella una enorme escopeta de dos cañones, capaz de tumbar a un elefante. Nunca en su dilatada vida de cazadora había visto tantas piezas juntas, pero se encontraba muy fatigada luego de perseguir al elefante por toda la selva y se decidió a descansar primero un rato y reponer fuerzas. Se echó sobre la única esquina de la alfombra que todavía no había sido ocupada y fue quedándose domida lentamente. Entornó los ojos vencida por el sueño, hasta que sus ronquidos se sumaron a los de los animales.
Tan frecuentes eran los ronquidos y respingos de Tania que el simpático ratoncito se despertó.
Vio a la enorme gata durmiendo a su lado y vio también al perro y a la leona y al elefante y a la cazadora... y sintió miedo.
Mejor sería buscar otro lugar menos concurrido. Rápidamente recogió el queso que le quedaba y se fue a dormir a la alcoba de la casa. Se recostó sobre la cama y una vez acabó su habitual ración de bostezos, volvió a quedarse dormido.
Tan profundamente dormía que ni siquiera lo despertó la llegada de su más enconada enemiga: la gata.
Era una enorme gata de caminar ligero y elegante que en cuanto vio al ratón se relamió de gusto. Para una felina hambrienta no hay mejor bocado que un rollizo ratón. 
Pero era tanto el sueño de la gata que optó por acostarse junto al ratón y dormir un rato. Siempre tendría tiempo cuando se despertara, de comerse al roedor. Abrió sus fauces en un bostezo interminable y hecha un ovillo, la gata cerró los ojos y se durmió.
Acertó a pasar por allí un perro de malas pulgas que al descubrir a la indefensa gata, sonrió complacido. Hacía mucho tiempo que no tenía un pleito con una gata.
Pero se estaba cayendo de sueño y era preferible acostarse a dormir sobre la cama que andar de pendenciero.
Así que se estiró perezosamente y luego de bostezar sin pudor ni recato, como si nadie lo estuviera viendo, se durmió plácidamente.
Al poco tiempo pasó por el lugar una fiera leona de temible aspecto que al descubrir al perro inmediatamente pensó en devorarlo, pero era tanto el sueño, que aprovechando el resto de la cama y tras los clásicos bostezos, se acomodó quedándose dormida.
Llegó entonces un pesado elefante que al ver dormir a la leona se dispuso a propinarle una trompada; pero había sido tan largo el viaje desde la selva que prefirió mejor dormir unas horas. Para no ser menos, también el elefante bostezó repetidamente hasta quedar dormido.
Y dormía el ratón y dormía la gata y dormía el perro y dormía la leona y dormía el elefante, cuando sigilosamente, para no hacer ruido y despertar a los dormidos entró en la habitación Tania.
Tania era la más indómita y experta cazadora de la región. Llevaba con ella una enorme escopeta de dos cañones, capaz de tumbar a un elefante. Nunca en su dilatada vida de cazadora había visto tantas piezas juntas, pero se encontraba muy fatigada luego de perseguir al elefante por toda la selva y se decidió a descansar primero un rato y reponer fuerzas. Se echó sobre la única esquina de la cama que todavía no había sido ocupada y fue quedándose dormida lentamente. Entornó los ojos vencida por el sueño, hasta que sus ronquidos se sumaron a los de los animales.
Tan frecuentes eran los ronquidos y respingos de Tania que el simpático ratoncito se despertó. Vio a la enorme gata durmiendo a su lado y vio también al perro y a la leona y al elefante y a la cazadora... y sintió miedo.
Mejor sería buscar otro lugar menos concurrido. Rápidamente recogió el queso que le quedaba y se fue a dormir a la despensa. Se recostó sobre una lata de galletas y una vez acabó su habitual ración de bostezos, volvió a quedarse dormido.
Tan profundamente dormía que ni siquiera lo despertó la llegada de su más enconada enemiga: la gata.

(En este punto del cuento puede ocurrir que la niña o el niño motivo del relato, ya se hayan dormido, bien sea producto de la interminable sucesión de bostezos o por la tediosidad y el aburrimiento de un cuento en que el único monstruo es el autor. Si así fuera, el cuento ha surtido efecto y usted ha tenido éxito, por lo que sólo le faltaría hacerse un sitio entre el perro y la leona o entre el elefante y la gata y entregarse también usted al sueño. Si por el contrario, todavía el angelito o la angelita no se ha dormido, está usted en su derecho de seguir haciendo bostezar a los animales y cazadoras o cazadores, tanto por la casa como por las inmediaciones, hasta la victoria final. Recomendamos para el éxito de la empresa, que los múltiples bostezos sean convenientemente ejemplarizados. ¡Buena suerte!)

Queremos cuentos nuevos... cuentos premiados 1986 Ediciones CEDEE 1987

¡FELIZ CUMPLEAÑOS, QUERIDO KOLDO!
Queremos más cuentos tuyos.

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