lunes, 17 de julio de 2017

La metáfora del estanque


A propósito de “Bredo, el pez”, de José M. Fernández Pequeño

Por: Bismar Galán

Aquí está Bredo, uno de los tantos peces que han intentado escapar del estanque o al menos ascender en sus turbias aguas. Esto equivale a decir: “Aquí está Fernández Pequeño, el verdadero Bredo, quien ha logrado escapar del estanque, nuestro estanque, y tenido el valor de contar su aventura”. ¿Demasiado rápido para arrebatar el antifaz al narrador? Tal vez, pero asumo el reto. Lo asumo bajo el convencimiento de que, además de la genialidad y la ingenuidad propia del Principito, en esta obra hay mucho de la trascendente “Rebelión en la granja” de Orwell, gracias a la compartida visión del totalitarismo, la supresión de la voluntad individual y la manipulación de la verdad.
Claro que pude escribir sobre la sencillez creadora del autor, de lo ingenioso de su propuesta, de la distancia que logra entre concepción y expresión exacta, y simplicidad. Sí, pude hablar de la sublime y subyacente audacia poética que desborda la narración o de esa fuerza que es propia del lenguaje puro y coherente; pude hablar de ese mundo interior, infantil y a ratos cauto que identifica al texto. Pude hablar de esas imágenes que hacen de “Bredo, el pez” una obra cautivadora y sin edades. Como también pude dejarme cegar por el gozo y el placer desbordantes en cada una de sus páginas.
José M. Fernández Pequeño
Mas, ante la oportunidad y honor que me han sido concedidos, he preferido apelar a lo subyacente, a esa realidad solapada en la aparente inocencia que identifica a la historia de Bredo. Detrás de esa simulada ingenuidad, detrás de esas aguas tan propias como persistentes en los caribeños y sus creaciones (léase “su cultura”), hay una inquietante suma de mensajes y metamensajes que serán más perceptibles, estoy seguro, para quienes hemos tenido la “suerte” de vivir en el estanque. Sí, ese estanque donde no solo “la insularidad nos corroe” y donde el ansia de libertad nos magulla hasta la sombra.
Confieso que, para analizar esta elegante obra, lejos del apego al tecnicismo demandado por la crítica literaria y como he anunciado más arriba, he preferido buscar más allá del mensaje literal. He preferido hacerlo desde la metáfora que aflora en todo el texto, desde su propio título. En ella persisten, con total naturalidad y bañadas de inocencia, situaciones que ha tenido que vivir el autor antes, durante y después de escapar a la intolerancia y la marginación.
Esta metáfora trasciende el tributo a la migración, un tributo sin lisonjas ni medallas, pleno de imágenes que erizan la piel. Esta metáfora salda una deuda con la lacerante herida que provoca dejar el terruño para aventurarse a buscar y buscarse más allá de ese estanque que sus dioses venden como alfa y omega, como el único y real paraíso terrenal.
Aquí, el “quién soy” se convierte en el interrogante que empuja al singular personaje a la búsqueda de su identidad, centro del dramatismo que da sentido y sirve de excusa para la confidencia. Como todo hecho bien narrado, en “Bredo, el pez” lo literario se va hilvanado con sobriedad, sencillez y profundidad a la vez, a través de rupturas expresivas, sin perder la cohesión ineludible entre contenido y forma. Junto con la belleza que le es propia a la buena literatura, en esta obra el lector encontrará: amor, fidelidad, re-creaciones, enajenaciones, miedos, sufrimientos, dolor e impotencia social.
Escapar del estanque, si no es un sueño, muchas veces se convierte en una obsesión de aquellos “peces” que deciden enfrentar las circunstancias que tratan de hacerlos diminutos e indefensos, aquellos sobre los que redes y anzuelos se ciernen como lluvia de flechas de los arqueros de la dinastía Qin.
Son constantes en “Bredo, el pez”: el miedo, la sospecha, la desigualdad, el acecho… Para expresarlo, el autor pone la palabra precisa en boca de sus personajes, palabra resultante de la más personal meditación sobre ese estanque que evidentemente ama con la misma fuerza que extraña.
Precisamente, extrañar a los seres queridos es de las primeras y más naturales reacciones del que abandona su suelo. Llegan nostalgia, reconocimiento y reafirmación del amor: “Ninguna otra tenía unas escamas tan brillantes, y menos aún aquel aro plateado alrededor de sus ojos”, al decir sobre la madre de Bredo, esa madre que él idolatra y que puedo asegurar –yo que la conocí muy bien– era, además, la bondad personificada.
Puede la palabra desde arriba ser un arma tan benigna como fatal. De ahí que citar su persuasivo discurso es la forma más precisa para definir (criticar) cómo los peces protectores (¿cerdos de Orwell?) nos dibujan el estanque con la intención de conservarnos como parte de su mancha: “No hay peces extraños ni más mundo que este estanque. Nada existe fuera de lo que ves a tu alrededor”. Y así lo creímos y lo defendimos, hasta conocer otros mares; pero así lo creen y lo defienden muchos otros, incluso sin conocer el propio estanque.
Son diversas las enseñanzas dirigidas a construirnos esa paranoia colectiva en que se nos sume, sobre todo con la intención de sembrar la duda y la sospecha. Allí aprendimos a sospechar eternamente, de todo y de todos porque, como nos lo revela Fernández Pequeño a través de sus peces, “cuanto más amable se oyera, peores intenciones tendría quien hablaba”. Tenía razones el pez para sospechar: “Aquí hay algo raro. Cuidado si no intentan engañarme para que esté tranquilo y hacerme después quién sabe qué horribles cosas”.
Conozco, como Bredo, del miedo que persiste en el estanque, y como dijo la piedra, “me parece que lo más monstruoso ahora mismo es tu miedo”. Y se ha convertido en algo cotidiano debido a las consecuencias que podrían derivarse del hacer, el decir y hasta del simple pensar. Es por eso que Bredo pensaba que “Se había vuelto una vergüenza para los suyos y no quería pensar en el castigo que le esperaba si subía”, aunque no estaba dispuesto a ser condenado a ser siempre de los de abajo. Todo así, porque en nuestro estanque, como nos asegura el narrador, “el miedo del pez era más fuerte que su dolor”. Lo peor es que lo sigue siendo para la mayoría de los peces condenados a permanecer.
En “Bredo, el pez”, como en el real estanque, la persecución, el encierro, la vigilancia, la desigualdad se vuelven una obsesión. De ahí que, ante el encuentro con alguien que ya ha logrado salir y dejado de comer solo musgos, fluya un deseo que conduce a la más usual de las preguntas: “¿Cómo podría salir del estanque?”.
No es para menos, porque entre tantos motivos, se eterniza la sensación de vigilancia en que hemos estado sumergidos, casi siempre sin saber por quién y muchas veces sin conocer el porqué. Testimonios de Bredo así lo confirman: “había sido vigilado durante los días anteriores sin que él se percatara”. Lo cierto es que, cualquiera que sea el espacio, seguimos cargados de la vacilación: “Yo también tengo la duda de que somos observados”. Estamos convencidos de que somos vigilados, esencialmente si intentamos llegar, escalar y mucho más, si se sospecha que deseamos escapar… Pero, ¿cómo no intentarlo si la desigualdad nos empuja y “los peces más grandes del estanque, nunca quedan atrapados en la red de los dioses”?
Cuando logramos burlar los bordes del estanque, nos lacera la nostalgia. Nostalgia por aquellos que quedan dentro y que emerge en aseveraciones tan elocuentes como estas: “Si al menos Carlos, Montse y Sabrina estuvieran cerca”. “¿Quién viera a Carlos el calculista manejando el aparato de Palina?”, en claras evocaciones a la libertad y a las carestías de los otros, los que se quedan atados al estanque y sus realidades.
Pero Bredo logró salir del estanque y ver que “el mundo”, digo el mar abierto, sí existe. Pero con el vuelo llevó esa herida en el costado, esa herida que cicatriza pero que jamás sana en quienes logramos escapar, porque como he dicho en otro lugar “escapar es una herida”. Luego, una vez en mar abierto, comienzan las dudas, la autointerrogación: “¿Dónde he venido a dar? Deja ver si al final era mejor quedarse en el estanque”.
Fuera del estanque, nada ganará más valor que la amistad, la mano de esos que nos reciben y se convierten en los nuevos hermanos. “…en aquel lugar tenía libertad de hacer lo que quisiera, pero también el peligro estaba en todas partes y él dudada mucho que pudiera sobrevivir sin ayuda”, en referencia al espacio receptor. Y en paralelo, como es natural, la voz del miedo de los nativos ante el extraño: “Que se cure rápido y diga adiós. Aquí no hay espacio para nadie más”. Pero no importa, afuera lo más valioso es que “nada era tan impresionante como la luz intensísima que corría por aquel lugar…”. Se ha dicho “luz”, de esa que se extraña en el estanque.
Pero volver, no al estilo Almodóvar, es de las grandes obsesiones de quienes escapan del estanque. Por eso Bredo, y a propósito de contrastes lumínicos, regresó y “el estanque lo recibió con  su escasa luz y su agua densa, de un azul que ahora le parecía descolorido”. Sí, podía notar las diferencias porque ahora tenía con qué contrastar realidades.
Se encuentra de nuevo en un estanque donde se especula del que escapa, como eso de que “Bredo había muerto”, como de otros se dice que «cambiaron de sexo» aunque no sean chernas o que «están en una misión encomendada por los dioses del estanque», manera sutil de crear más dudas y desconfianza entre los peces. Por eso, entre los amigos de siempre unos se muestran inquietos; otros, curiosos y los más, desconfiados. Mientras, Bredo se hace más preguntas: “¿Cómo puede alguien preferir estar preso en el estanque, donde lo único que hicieron siempre fue abusar de él, en lugar de salir y ser libre?”.
En toda esa vida en el mar abierto, léase “mundo”, se aprende, sobre todo se aprende a perder el miedo y a decir. Eso hizo Bredo: “¡Es mentira! Esos que echan comida en el estanque son humanos, no dioses; y tampoco es verdad que saquen a los peces en su red para llevarlos a vivir en ningún mar. Los matan, que los vi con mis ojos”. Por eso, digo yo, se les teme a los peces que salen a mar abierto y regresan con realidades que esgrimen, algunas veces con relativa sutileza y otras, con euforia desbordada.


Faltaría decir que, para la construcción de esta metáfora, Fernández Pequeño apela a la aventura, tema favorito de los niños. Esgrime un lenguaje sin artificios y mágico a la vez, donde la fantasía resplandece y asombra. Nos muestra una historia que atrapa, mientras crece en dinamismo y expectativas, obligándonos a mantenernos pegados al texto, a sus personajes, a sus esencias... Para mayor fortaleza, combina el heroísmo individual con el colectivo: exclusiva manera de sobrevivir en un estanque en el que los peces llevan como único abolengo, la esperanza.
Ya sabemos que el apego a las aguas y sus circunstancias, no es nada extraño en cada una de las aventuras de este creador. Evidentemente, un modo de mantenerse unido a su estanque, a sus recuerdos y experiencias, a sus asiduas escapadas al río Bayamo. De ese apego y amor por lo propio nos ha llegado esta obra que, además, lo delata como un gran conocedor de la espinela. A través de sus décimas, nos comparte moralejas propicias para reflexionar y aprender.
Estoy convencido de que conseguir tanto en una obra como esta ha exigido mucho más que arrojo, lealtad y valor. Algo así exige genialidad, constancia, imaginación y un trabajo meticuloso con el lenguaje (nada extraño en Fernández Pequeño) a fin de lograr sencillez, autenticidad y frescura. Queda así una obra en la que pueden abrevar los amantes del buen arte, sin distinción de edad, sexo, religión, ideas y cuantas fronteras se puedan levantar en beneficio o desmedro de... Ojalá sus lectores no sean como las personas mayores, a las que “hay que explicárselo todo”, como nos dijera el Principito.
Santo Domingo, 11 de julio de 2017
©Bismar Galán

viernes, 7 de julio de 2017

Entrevista a César Sánchez Beras, Premio Anual de Literatura Infantil Aurora Tavárez Belliard 2003



¿Por qué escribe para niños?
En un principio, escribir literatura para la audiencia infantil, fue un asunto meramente particular. Quería escribir para mis hijos, para mis nietos, para mis sobrinos. Pero mi blanco de literatura cambió para siempre, cuando tuve la oportunidad de interactuar con los niños y niñas de nuestras escuelas públicas y privadas. Los niveles de inteligencias, de agudeza, de creatividad, de asombro de nuestros muchachos, me desafiaban como escritor, como padre, como maestro que he sido casi toda mi vida. Cada nuevo propuesta que empiezo es un desafío visceral para un autor que convive con una infancia y adolescencia que atraviesa la era digital y la postmodernidad.  Escribir un texto que los muchachos no puedan predecir, que no puedan encontrar en la red, es una especie de caminar sobre la  navaja del desafío autoral.

¿Quiénes le han influido más a la hora de escribir?
Puede quizás parecer rara mi respuesta, pero me han influenciado los más diversos elementos y autores. Por ejemplo me influyó el maestro  Juan Bosch, Marcio Veloz M. y Adela Basch. Además tengo la influencia de todos mis colegas que escriben literatura infantil, pues sus excelentes obras demandan mi atención como lector/escritor. Pero en particular me ha influenciado la capacidad de asombro e interrogantes de los estudiantes que piden situaciones de mis textos, lo que a veces yo como adulto, no veo con la claridad necesaria.

¿Qué siente un adulto al escribir para niños?
En mi caso personal es una especie de viajar en una dimensión paralela. Visualizar y escribir un texto desde el ojo de un niño, sin dejar de ser adulto.  Es un trabajo demandante, exigente, pues la audiencia infantil no tiene media tinta, o le gusta o no le gusta. Además cuidar todos los otros detalles, nivel de lengua, respeto por la edad, por la inocencia, por la identidad, por las raíces del niño para que ame lo universal sin dejar de apreciar lo propio. Todos estos elementos completan la maravillosa aventura de escribir para los chicos.

¿La literatura infantil puede solucionar algún problema?
Toda literatura resuelve problemas e incluso también los crea. En el caso de la literatura infantil, el solo hecho de crear un nuevo lector, de lograr que los infantes lean, es una manera de crear adultos conscientes, críticos, inteligentes, cívicos. El hecho de involucrar   un salón de clase en la lectura, comprensión y discusión de un texto, es una tarea que no solo resuelve problemas inmediatos, sino que evita futuras inconductas de los próximos ciudadanos.  Muchas lecturas trasmiten a nuestros pequeños  la tolerancia, la solidaridad, la alegría, el amor por la flora, el respeto por la biodiversidad,  el buen arte de compartir, la felicidad en su estado primigenio.

¿Qué otros libros está trabajando para nosotros?
Aunque escribo literatura para adultos e incluso he sido favorecido por la crítica y los jurados, soy esencialmente un autor para la audiencia infantil y juvenil. Tengo doce libros que esperan su turno para llegar al estante de los chicos. Puedo adelantarte estos:
“Juego de Asombro” (Haikus)
 “Niñas de Ojos de Agua”, (Teatro)
“El Niño a Quien Dios le Regaló la Música”, (Cuento)
 “Bajo el Sol de Miragoane”, (Novela Infantojuvenil)
“Alfabeto Poético del Monte”, (Poesía)
Ecuador Para Niños, “(Poesía)
 El Sueño de un Gran Marinero”, (Cuento)
“Sapito Azul y el Misterio Sonoro”, (Décimas infantiles)
“Tinma, el Guerrero de los Andes” (Leyenda)
“Sebastián, Rey de Lampirandia”, (Cuento)
“Al Otro Lado de la Ventana” (Novela infantojuvenil)

… y algunos más que el creador en su misericordia me ha regalado.

¿Por qué el humor siempre está presente en sus escritos?
Nadie aprende en un ambiente donde no es feliz. La risa, el humor, la imaginación, las situaciones hilarantes, son condiciones inherentes a la infancia. Un texto muy rígido a temprana edad puede alejar para siempre a un lector. No se trata de hacer un libro de humor, sino de contemplar escenas cotidianas desde el punto de vista de la hilaridad del niño. En mí caso particular, mis textos dramáticos para los infantes siempre tienen en común el humor y la versificación octosílaba.  Pues el teatro se apoyó en el verso en sus inicios y todavía sigue siendo válido este recurso. Los versos de ocho sílabas, que  son los de más fácil memorización, son para mí un recurso también importante. Igualmente me valgo de todas las estrofas posibles, pareados, haikus, cuartetas, tercetos, décimas y sonetillos. La musicalidad de la versificación no forzada, es un ingrediente también de gran ayuda para llegar a los nuevos lectores.

¿Qué es más importante, educar o divertir?
Para mí son dos eslabones muy próximos. Educar divirtiendo. La educación, la instrucción, el traspaso de los elementos constitutivos  de la identidad y la cultura, no tiene que ser una jornada aburrida. Pero ojo, mis textos no son para moralizar o enseñar civismo. Si eso ocurre es genial, pero mi blanco es que el niño lea, que imagine, que piense, que critique, que interrogue, que desafié la inteligencia del autor. Escribo para acercar al niño a los muchos caminos que tiene la literatura para llegar a  la felicidad.

En clases de Biología
yo siempre soy el mejor,
Igual  ciencias o  español
arte, inglés o geometría.
Pues tengo la mejor guía
para saber dónde están,
los datos que me dirán,
la razón de cada cosa.
Es la enciclopedia hermosa
que se llama TOBOGAN


--
César Sánchez Beras
World Language Department
Math & Science  High School
Math Science Technology

70-71 North Parish Road
Lawrence, MA  01843

cesabe90@hotmail.com
tpmpoeta@yahoo.com.ar
http://cesarberas.blogspot.com/

La metáfora del estanque

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