UN CUENTO CORTO DE JUAN BOSCH

EL NEGOCIO DE DOÑA HORMIGA


Desde que llegó el invierno, doña Hormiga se metió en su casa con sus hijas a comer, a engordar y a pensar en qué harían cuando llegase la primavera.
Resolvieron poner una zapatería cuando empezaran los días buenos.
Alquilaron una tienda en la calle El Conde y todo el mundo se quedó asombrado cuando abrieron su comercio.
La tienda estaba llena de zapatos desde el piso hasta el techo.
Eran zapatos criollos, mejores que todos los zapatos extranjeros que se vendían en la calle.
Cuando pasaron meses, pensó que el material se pudriría, lo que habría ocurrido si los zapatos no hubiesen sido criollos y lloró muchísimo.
Al tercer mes, apenada porque sus hijas, jovencitas en edad de lucir, no podían comprar ropa, y porque el casero, que era un perro al que las malas pulgas lo tenían siempre de mal humor, la amenazó con botarla.
Lloró tanto que parecía que se había roto una cañería del acueducto.
Sus hijas lloraron también.
¿Perderían su preciosa zapatería fruto de un año de laboriosidad y de ahorro y única esperanza de toda la familia?
Pero cuando más lloraban llegó la señora doña Ciempiés con cinco hijas y dos hijos pequeños a comprar zapatos.
¡Y doña Hormiga vendió la tienda entera!
Cada uno de sus inesperados clientes necesitaba cien zapatos.

Este fue el negocio de doña Hormiga, que se hizo rica en una hora como premio a toda una vida de trabajo y de confianza en el porvenir y todos los demás comerciantes de la calle El conde: turcos, españoles e italianos se murieron de envidia.

Los que hay ahora vinieron después.

Juan Bosch

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