viernes, 4 de abril de 2014

LUNA DE LUNARES

Por Leibi NG

Una media luna
muy grande
amarilla
se vistió una tarde
con rojos lunares.
Sintió su hermosura
grande
desbordante
y fuera de sí,
se instaló en la noche
girando, girando
como quinceañera
en su primer vals.

Danzaba de gusto
porque le gustaba.
brillaba con ganas
porque se aceptaba.
Era muy feliz
nuestra media luna
en el cielo quieto
de la noche oscura.

Pasó una cometa
de cola naranja
y al ver a la luna
la miró
asombrada:
—¿Dónde te has comprado
los lunares rojos? ¿Dónde,
dime dónde? —la urgió
entusiasmada.

La luna enseguida
comprendió: “es envidia”.
Orgullosa dijo evasivas tontas:
“que cerca en la Duarte,
que en medio, en la Mella;
que abajo, en la Sánchez…”

Cometa Naranja
se puso furioso.
Recogió su cola
y tirando chispas
formó un remolino
para “vuelta y media”
a la luna dar
pero ella impasible
siguió tan tranquila
como siempre quiso
y quería estar.

Un rato en el Cielo
no es como en la Tierra.
Aquí hay un horario,
allá está lo eterno.
Sin prisa y sin tiempo
transcurren las cosas
en el cielo quieto,
el gran firmamento…

Sin prisa y sin tiempo,
Aerolito Verde,
como un lindo árbol
de ramas celestes,
frenó su carrera
de universo y fuego
al ver a la luna.
—¡Qué lindas bolitas
la adornan! Le ruego
me diga dónde las compró
porque yo preparo
para navidades
un bello festejo
con mucho oropel
y con ellas pienso
hacer un evento
como nadie ha visto
como debe ser.

Esta vez, la Luna
se mostró arrogante.
Fastidio, problema…
¡Un decorador!
Sonrió como muda
Así indiferente,
distante y ajena
como de papel.
Quería que aerolito
la dejara quieta
en su noche eterna
en su propio sueño…

Aerolito Verde
se sintió ofendido.
Igual que el cometa
se enojó muchísimo
ante aquel desplante.
Se lanzó al espacio
cual furioso bólido.
Se fue con su rabia.
Desapareció.

Sin prisa y sin tiempo
continuó lo eterno.
Lo que nunca muere,
ni es joven
ni es viejo.

Una extraña noche
de colores nuevos,
pasó por el frente
de la media luna
una estrella madre
con un triste gesto
así moribundo
de sus cinco puntas
el brillo extinguido.

Fue la media luna
quien dejó su mundo
de silencio y giros.
—¿No eres tú la madre,
estrella brillante
de la Osa Mayor?
Recuerdo que fuiste
para mi bonita,
mi niña mimada,
dulce Selenita,
maestra ejemplar…
¿Dónde está tu hija?

Quiso sonreír,
cuestionada estrella,
pero la energía
la había abandonado.
Débil, deprimida
¡Lágrimas del alma
había derramado!
—¡Ay, señora Luna!
¡Si usted hubiese visto
lo triste que fue
ver a mi Estrellita caer
al abismo y desaparecer!
Sé que fue accidente,
que nadie es culpable,
pero su recuerdo
vuelve a cada instante.
¡No puedo, no quiero
sin ella vivir!
Se secaba el llanto
y hacía grandes gestos.
Sin fondo,  insondable,
dolor de una madre
abisal, profundo…

—Ahora recorro
todo el firmamento,
de arriba hacia abajo.
Huyo, luego vuelvo,
hasta que la encuentre,
hasta que me encuentre.

Entonces ¡milagro de la compasión!
la señora Luna se quitó uno a uno
los lunares rojos
con los que lucía su enorme belleza.
Los puso en las puntas
de la estrella madre.
Le dio un fuerte abrazo,
franco y sano abrazo,
teniéndola cerca
de la luz inmensa
de su corazón.

Y  aquellos lunares
que la vanidad
un día inventó
sirvieron entonces
como abrigo o parches
para remediar,
aunque más no fuera,
la tristeza inmensa.

En el cielo o firmamento,
lo eterno siguió su curso
sin prisa y siempre sin tiempo.
la luna ahora blanca y pura
se instaló en el mismo centro.
se empeñó en formarse toda,
rellenita por completo
feliz de llamarse “luna”
con lunares o sin ellos.
Con su luz de magia buena
manda luminosos rayos
que nos llegan en las noches
cuando la Tierra es más tierna.


©Leibi NG

Conozcan a Laura Reyes, escritora de 7 años