Rocío y el Cocuyito por Paula Disla


Había una vez una niña muy bonita, que se llamaba Rocío. Tenía un hermanito, también muy bonito, que se llamaba Ángel. A los dos les gustaba bailar, cantar, jugar con sus amiguitos y también con animalitos como gatos, perros, pájaros… pero sus animales preferidos eran las luciérnagas, en especial una muy pequeña, a la que llamaban Cocuyito.
Rocío, Ángel y sus padres formaban una familia humilde. Vivían en una casa muy pequeña, tal vez la más pequeñita y la más hermosa de toda la ciudad. Tenían una vida muy sencilla y eso les permitía apreciar los detalles de la naturaleza y disfrutar de pequeñas cosas como mirar las estrellas, disfrutar las puestas de Sol y la salida de la Luna… ¡No se cambiaban por otros, no señor!
Jugar con Cocuyito era algo muy preciado para ellos y hasta lo escuchaban con el corazón:
—Durante el día, guardo energía. De noche, mi luz interior sale para iluminar a las personas —así hablaba Cocuyito.
Rocío contó a Cocuyito que para la Navidad deseaba con todas sus fuerzas un regalo que pudiera compartir con la gente del pueblo, especialmente aquellas personas apagadas que no irradiaban luz, y se perdían de los pequeños detalles de la vida.
El día de la Navidad, Rocío se despertó más temprano que nunca. Aún estaba la Luna reinando en el cielo sin dar paso a los rayos del Sol. La niña se estiró y salió ágilmente de la cama para descorrer la cortina. Miró al Cielo y sus ojos mostraron el asombro al contemplar las figuritas que le presentaban las nubes.
Rocío no esperaba recibir un regalo tan extraordinario, brincó de la alegría, y gritó tan pero tan fuerte que despertó a su hermanito, a su papi, a su mami, a su gato, a su perro… despertó a los vecinos del edificio, del barrio y de toda la ciudad.
La sorpresa fue mayor cuando Rocío y su familia se dieron cuenta de que nadie más podía disfrutar de la sorpresa del cielo. ¡No veían lo que ellos! Entonces se sentaron pacientes a deleitarse en familia. Se reían y divertían invitando a los demás vecinos, pero ellos no entendían. La mamá de Rocío hizo sabrosas galletitas; su papá limonada y los niños prepararon la mesa con un hermoso mantel de flores pero los demás seguían sin ver nada en el cielo.
—Paciencia y alegría —comentó Cocuyito. —Ya verán como poco a poco llegarán mis amigos y formarán cadenas luminosas.
Empezaron a llegar primero los perros, gatitos, gallos, un cerdo, una vaca, el gallo, “el gallo, la gallina y el caballo…”. Luego la maestra, el carpintero, los abuelos, un artista, el señor del colmado, y como guiados por la magia y el espíritu de la Navidad, una energía muy fuerte empezó a fluir. El cielo brillaba y los rostros de las personas también.
Los cocuyos formaron en el cielo una gran estrella brillante y, en la Tierra, junto a Rocío y su familia, los demás hicieron una cadena luminosa tan grande que debió girar en el centro hasta convertirse en un corazón que destellaba la hermosa luz del amor, la unidad y el perdón.
Rocío no dejaba de sonreír, lo que daba más luz a su carita y, con gran fuerza gritó su deseo de Navidad para todos y todas:
—¡Que el Ángel de luz, con amor y con bondad, llene sus corazones de energía de paz y de sabiduría. ¡Feliz Navidad!


©Paula Disla

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