jueves, 19 de mayo de 2011

Chichiguas que me llevan a las nubes

AVELINO STANLEY. Nació en República Dominicana, en 1959. Tiene una licenciatura en economía, realizó una maestría en lingüística y un postgrado en historia afroiberoamericana. En el género de cuento ha publicado los libros: Los disparos, La máscara del tiempo y La piel acosada. Entre sus novelas editadas están: Equis, Catedral de la libido, Tiempo muerto, Por qué no he de llorar, Al fin del mundo me iré y, La ciguapa encantada por la luna. El autor es Premio Nacional de Novela (República Dominicana, Premio Sin Fronteras (Madrid) y Premio de Cuentos Ciudad de Viareggio (Italia).

Soy un anciano, vuelvo a ser niño.
En el camino vienen conmigo
los sentimientos que desperté.
Si me acompañas, te voy mostrando 
las conclusiones de mi vejez.


En un país con tradición cuentística, con el techo de Juan Bosch y Virgilio Díaz Grullón, hacer novelas dirigidas a los niños es una necesidad. Esto parece ser un acuerdo entre los escritores, pues cada vez hay más títulos con estas características. 

Tratando de actualizarme, he adquirido La verdadera historia de Aladino de Marcio Veloz Maggiolo, que obtuvo el Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil Aurora Tavárez Belliard en 2007 y esta que hoy comento, Chichiguas que me llevan a las nubes, de Avelino Stanley.

Hace poco, pregunté a un escritor si tenía alguna producción de estas características y su respuesta: "Yo no escribo para niños", me cortó un poco. Sin embargo, sé que hay una gran confusión entre lo que significa realmente literatura infantil y juvenil, con una frontera que ya tiene demasiados colores como para que salga incontaminada.

Ochenta y dos páginas, con tipografía a diez y ocho puntos y quince capítulos con epígrafes de adivinanzas, Chichiguas que me llevan a las nubes, de Avelino Stanley cumple su papel de educar a la vez que divierte y entretiene.

Un mínimo de intriga, un juego atemporal, dos planos, tal vez otro y tres enseñanzas (son más) convierten una historia de un viejo-niño-viejo que logra empatizar.

Yo que justo reconocía en la prosa de Rafael Peralta Romero esa sencillez sin pretensiones que noquea, encuentro en la narración de Stanley un hilo conductor hacia el entendimiento con una sensación para mí de juego discreto y aromado.

Presumo que Avelino extrae de sus recuerdos los insumos, lo que no quiere decir que él sea el anciano, pero sí el niño. Ese niño que es un ejemplo de comportamiento, educado, limpio, soñador y agradecido cuyo mayor anhelo era poseer ¡una chichigua! Y más aún: ¡acompañarla!

No hay en esta novela enfrentamiento entre el bien y el mal. No hay lucha para alcanzar "unas reliquias de la muerte", por ejemplo. Hay un anhelo, un sueño, una ilusión, pequeña, a la altura de una vida cercana a un descampado para jugar pelota y volar chichiguas.

Y desde el tiempo en que el sueño se hace realidad, partimos en viaje regresivo hacia el origen del deseo con un guiño que no deja de estar presente en toda la narración, pero que al menos yo lo interpreto como una clave, un ancla, un saco de arena para no irnos en banda: Cocco, una perrita que transmite el movimiento que brinda agilidad al texto como giros de alegría de su colita.

Porque Cocco es la mascota de la nieta de Pepe mayor, pero también es la compañerita de juegos de Pepe niño y si no fuera por la maestría del autor, el asunto lleva al lector a buscarle la solución de alguna forma que no llega a ser necesaria, puesto que Stanley lo resuelve casi al final. No digo más.

Como sea, Chichiguas que me llevan a las nubes, de Avelino Stanley es una obra dirigida a la infancia que regala una armoniosa visión de la construcción del mundo interior del individuo, mostrando esas escalas paso a paso de la niñez a la madurez y centrándonos en el anhelo como acicate para trabajar por lo que queremos.

Lo mejor logrado es transportar al lector hacia la acción del goce de volar ese objeto ligero y frágil que tiene sus secretos y técnicas, hasta ahora más popular entre los varones que entre las hembras, pero que presenta una magnífica oportunidad a los educadores para utilizarlas como elemento de equidad y cuestionamiento.

Hay una conexión íntima, muy humana entre ese niño huérfano y solitario, pero sin carencias que disfruta de su crecimiento hasta el final. Una historia perdurable en la memoria de la literatura infantil porque es sencillamente auténtica.

Por Leibi Ng



La metáfora del estanque

A propósito de “Bredo, el pez”, de José M. Fernández Pequeño Por: Bismar Galán Aquí está Bredo, uno de los tantos peces que han inten...