Yo, Ulmus. ©Leibi Ng

Scolytus multistriatus.


“… y tomaremos sobre nosotros el misterio de las cosas como si fuésemos espías de los dioses”.
 El rey Lear. William Shakespeare

Sé que muchos no lo creerán, pero nosotros, los de la familia Ulmáceas, ocupábamos extensos bosques. Éramos tantos como un ejército apretado luchando por la libertad, el pan y la justicia. Hasta el cielo se elevaban nuestras voces alabando el nacimiento de los retoños. Agradecidos, contemplábamos el paisaje con bondad. A nadie hacíamos mal y en cambio resistentes, nos repartíamos el trabajo en los astilleros, en los muelles, en las casas, en los más sólidos pilares de la civilización y nuestro nombre fue dado a muchas vías en varios continentes.

Como bendiciones, recibíamos elogios del sol, de la lluvia y del viento. Tenían especial aprecio por nuestra belleza. No sólo éramos altos, sino monumentales; no verticales, esbeltos; no frescos y vigorosos, lozanos… Resplandecíamos bajo la luz del día y al claro de la luna. 


Llenábamos alamedas con una música propia que salía de nuestras copas perfumadas… 
Eran nuestras las flores de amarillo y púrpura, con sámaras o frutos que diseminábamos ante el brote de las hojas nuevas. Gozábamos de una salud “de troncos” y los años pasaban circundando nuestras cortezas, al renovar el compromiso con la vida nueva.
¡Éramos sanos y robustos!


Ella llegó una mañana de primavera. Traía en su cuerpo la desgracia, pero no lo sabía. Llegaba alegre y despreocupada de un viaje por Holanda. Se llamaba Scoly. Venía cargada de ilusiones, dispuesta a conquistar a todos con su aroma; un aroma que junto al de mis brotes atrajo el viento del exterminio.

Yo sé que gemir no es digno, pero me brota el llanto al contemplar las ruinas, y es imposible evitar la paradoja de lo que fuimos y en lo que nos hemos convertido.

Lo cierto es que yo, como mis hermanos, allí alineados, flanqueando las riberas, empezamos a notar cómo se marchitaban nuestras hojas sin poder hacer nada. A partir de las puntas de nuestras ramas, aquel verdor cambió a un pardo-rojizo que oscureció cuando las hojas se enrollaron por el haz, como escapando de sí mismas. Igual que los soldados destrozados en medio de la batalla, se nos caían las ramas carcomidas por un enemigo invisible y silencioso que parecía nacer de nuestra propia savia.

¿Quién iba a saber que sucumbiríamos a causa de aquella criatura oscura y vivaz?
Recuerdo cuando se prendó de uno de mis miembros recién cortados; soltó aquel aroma extrañísimo que luego supe llamaba feromona. Estaba ansiosa por reproducirse…
taladróme mil veces perforando mi tronco con su estirpe y fue graficando mi sentencia. En cada hueco depositó una larva. No me dolió cuando me perforó, me dolió cuando supe que no tenía remedio, que me había condenado a ser un símbolo de muerte.

Scoly llegó con el desequilibrio. Preñada de su especie y portadora de mis propias esporas de C. Ulmi. Igual que aquel macabro monarca que obsequió a Alejandro Magno una doncella de hermosura capaz de doblegar su estatura pero inconsciente de matar con solo un beso pues había sido ungida desde el nacimiento, hasta crear una poción letal viviente. Para mí y los míos, Scoly fue el regalo de la adversidad.

Sin embargo, yo no hubiese hecho lo mismo que hicieron con la niña-veneno cuando la descubrieron, que fue lanzarla al fuego. A Scoly la habría cuidado hasta purificarla y salvarla para salvarme a mí mismo.

Ahora es muy tarde. Me asierran sin misericordia y ella no tiene más remedio que irse a otro árbol a prolongar su dispersión, llorando igual que todos, la desaparición del bosque grande y majestuoso al que pertenecimos con tanto orgullo.

Desde la orillas del Henares, cedo mi espíritu a los vientos y muero con la huella de coleóptero de mi pequeña , eterna Scoly, inocente instrumento de la hecatombe de los olmos.

Yo, Ulmus minor, no guardaré rencor, mas no me pudriré tranquilo hasta que vea sustituir a los de mi estirpe por otros árboles vacunados, resistentes e inmunes al hongo desdichado que camina montado en cuerpo ajeno y sobre cuerpo ajeno faena silencioso destruyendo implacable la majestad del bosque.

©Leibi Ng
Alcalá de Henares, Madrid









Este relato es sobre la grafiosis, enfermedad que ataca a los olmos de Europa. Yo vi los olmos del Río Henares y quise escribir algo al respecto para que las muertes de estos maravillosos árboles no sea silenciosa y con la esperanza de que se logre frenar la enfermedad.

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