jueves, 15 de julio de 2010

Poema a los niños, de Fausto Vonbonek, de Literatura Infantil


Mi niño,
gota intacta de azúcar en sueño,
he cruzado el umbral donde el ángel
resguarda tu frente ya en calma.
Tú eres el trigo que nutre mi dicha,
la nata del juego, la miel de inocencia.
Es tu ropaje un juguete de paz que
dispara sonrisas.
Beso tu frente y altero el respiro en que
crecen tus sueños. Quiero sembrar una
gota de luz en tus párpados quietos, sí,
quiero alumbrar tu mejilla silente de un
beso de soles.
Duermes, duermes y entonces despiertan
tus sueños, tus risas, tus frágiles manos.
Todo es descanso en tu boca pequeña,
tanta sonrisa no alcanza a contarse con
tantas estrellas que abrigan tu vida.
Duermes azul como un libro de cuentos,
duermes y cada cabello despierta a bailar
con tu aroma de risa.
Hoy fui severo contigo, llegaste feliz a
contarme que el viento no puede mirarse.
Yo dije que sí revolviendo tu idea,
y de nuevo dijiste que no, que eso no era
posible, que fue tu maestra quien dijo muy
firme que el viento no puede mirarse,
que el viento es tan sólo una ráfaga etérea
y que sólo se observan las cosas que toca.
Quiero pedirte perdón porque en ese momento
abordé el tren de adulto y perdí de explicarte
que el viento es la espuma de un mar de
palomas, palomas pequeñas así como el polvo,
palomas que juegan y mecen las ramas,
palomas que limpian el frágil cuaderno
que flota en el aire.
Me olvidé de decirte que el viento es el auto
en que viajan los sueños, y que el claro chofer
que conduce el carruaje ha elegido el color de
una rosa en la luna. Me olvidé de decirte que el
viento se observa a través de un cristal que
se esconde en los libros. Me olvidé de decirte
que hay una palabra que pone en tus ojos las
gafas más tersas. Con ellas contemplas el centro
del mundo, el hilo de añil que sostiene la
estrella, la boca del viento, los magos que habitan
allá tras la noche.
Sabrás al amar las palabras que existe un lunar en
los labios solares, que el mar sabe hablar los
idiomas del cielo, que el átomo acoge una casa
pequeña en que habitan los ríos.
Sabrás defenderte de insípidos rostros que nada
han sembrado.
Sabrás que a lo lejos existe una niña que sueña
volar en su escoba encantada.
Esa palabra tendrás que aprenderla al sentir la
mirada que asoma a tus ojos.
Y una vez que esa palabra, la palabra poesía, se
hospede en tu sangre ya no dudarás del cirquero
del viento.
Y cuando te digan que el número cero no tiene
un amigo no asientes tu rostro, alza tu voz y
declara que ahí, en la esfera de leche se encuentra
flotando una rosa violeta, una rosa lunar donde
el tiempo pasado descalza sus pies y recuesta su
cuerpo en un tibio rincón de un sofá anaranjado.

Fausto Vonbonek.
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mirada que asoma a tus ojos.
Y una vez que esa palabra, la palabra poesía, se
hospede en tu sangre ya no dudarás del cirquero
del viento.
Y cuando te digan que el número cero no tiene
un amigo no asientes tu rostro, alza tu voz y
declara que ahí, en la esfera de leche se encuentra
flotando una rosa violeta, una rosa lunar donde
el tiempo pasado descalza sus pies y recuesta su
cuerpo en un tibio rincón de un sofá anaranjado.

Fausto Vonbonek.