Los felices de la charca, por Milady González

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Los Felices de la Charca

En la charca todos estaban contentos al comenzar aquel día, como sucedía todas las mañanas, todos menos la rana Roli. Fue por eso que su amiga mamá Pata, como le llamaban a doña Peta, se inquietó al verle triste y pensativa.

— ¿Qué le angustia Roli? —Preguntó doña Peta, pero ella no respondió pues tan lejana en sus pensamientos estaba, entonces doña Peta se le acercó y aleteando sus alas le preguntó nuevamente:

—Roli, ¿Está usted bien? —El aleteo de mamá Pata la confundió, Roli muy asustada contestó: —Nada, no me pasa nada.

Dando saltos se alejó, dejando a doña Peta más intranquila y lamentándose por no haber podido ayudar a su amiga. Aquella actitud distraida de la rana la había contagiado, sin advertir del espacio y el tiempo quedó meditando la pregunta: ¿Qué será lo que le pasa?

Bailando su alegría en las cristalinas aguas iba Colitas, una pececita que jugueteaba sus días en la charca. Decidió dar un gran salto para que sus escamas centellearan con la luz del sol; pero cuando salió del agua vio que doña Peta estaba triste, y le preguntó: — ¿Qué le pasa mamá pata?

Igual de metida en sus pensamientos que Roli, estaba doña Peta, quien no escuchó la pregunta de Colitas.

Colitas asomó su cara fuera del agua para escuchar la respuesta de doña Peta, pero nada sucedió. Entonces decidida se introdujo en lo profundo del charco y luego con impulso, subió, subió, y subió hasta salir del agua, dando un salto olímpico por encima de la cabeza de doña Peta, y desde allí gritó con todas sus fuerzas:

— ¿Qué le pasa mamá Pata? —Su caída salpicó abrumadoramente a doña Peta. Fue tal el susto, que doña Peta respondió lo mismo que Roli y se alejó.

Los hijitos de doña Peta vieron a su mamá alejarse y le siguieron en una fila curva que ondeaba de un extremo a otro.

Muy de prisa iba doña Peta, tratando de esquivar los matojos de la charca, mientras se deslizaba suavemente como si la empujase el viento.

Apenada y solitaria quedó Colitas, viendo como se marchaban. Se dejó llevar por la corriente, flotando sin prisa y con las claras facciones de angustia.

Hasta el fondo llegó Colitas, ausente pues su presencia se había quedado en las alas de doña Peta y la ondulante cola que hacían tras ella sus crías. En el fondo estaban el cangrejo Pincitas, la Centolla Muelotas, la langosta Casuela y otros peces amigos que se le acercaron preocupados al ver su actitud. No era normal, Colitas siempre estaba alegre y dispuesta a sacarle una sonrisa a todos.

La pececilla vio como todos se le acercaban, sorprendida gritó:

— ¡Yo no hice nada, yo no hice nada!

Pincitas con sus enormes cachos sujetó a Colitas mientras le explicaba que solo querían saber qué le sucedía.

Ella respiró aliviada y con una sonrisa nerviosa tartamudeó.

—A, a mi nada. Quien tiene un serio problema es mamá Pata. La vi muy apesadumbrada. Pero cuando le pregunté se enojó y me gritó que no le pasaba nada, luego se marchó.

Todos se asombraron de aquella noticia.

—Oh, Oh… —Decían en coro.

—Yo me quedé súper, híper preocupada por ella... —Aseguró Colitas dejando al descubierto unos ojos saltones que la devolvían a su volátil personalidad.

—Debemos saber qué es lo que le pasa. Quizás sepa de algún peligro que nos amenaza. Vamos a ver que le sucede. —Propuso Pincitas.

Muy pronto estaban Colitas, Pincitas, Muelotas, y los peces amigos de Colitas en la superficie. Casuela dijo: —Allá esta mamá Pata con sus hijitos.

Sigilosos fueron a su vera, Colitas con cara de susto delataba lo nerviosa que estaba. Por eso Pincitas decidió hablarle.

—Disculpe mamá Pata, pero todos estamos muy inquietos por usted. ¿Podría por favor decirnos que le sucede?

Hasta ese momento doña Peta no había visto a los demás, fue el aspaviento de los patitos que la hicieron reaccionar para llevarse el espanto de su vida. Cuando vio a todos esperando, con los ojos bien abiertos y en suspenso, pensó que aquel era el fin. Rápidamente puso a los patitos detrás de ella, y preguntó muy enfadada.

— ¿Qué les pasa?

—Tranquila mamá Pata. Solo queremos saber qué le pasa a usted. —Dijo perturbado Pincitas.

—Ah, era eso. Disculpen ustedes, es que estoy intranquila por Roli. Ha estado pensativa y triste hoy, cuando le pregunté que le sucedía dijo que nada y se marchó muy enojada. —Explico doña Peta.

—Eso es lo que dijo Colitas de usted cuando le preguntamos. —Interpuso Muelotas.

—¿Enojada yo? No, yo me asusté. Y en verdad no me pasa nada. A quien estoy segura que le pasa algo es a Roli. Ella sí esta triste.

Pincitas y Muelotas dijeron — Vamos a ver que es lo que le sucede entonces.

Descansando su tristeza sobre una hoja de lila estaba Roli. En un círculo que rodeaba su estancia emergieron sus amigos. Al verse rodeada se asustó mucho más que doña Peta. Un impulso incontrolable la hizo dar un impresionante salto que la trasladó fuera del círculo y hasta la próxima hoja de lila.

— ¿Qué les pasa? —Gritó desde el otro lado.

—A nosotros nada. Es usted quien parece preocupada y triste. —Respondió Casuela.

— ¿Preocupada y triste yo? —Preguntó sorprendida Roli.

—Eso nos dijo mamá Peta aquí presente. —Añadió Casuela.

—Sí, y además muy furiosa. Porque cuando le pregunté respondió que nada le pasaba y se fue saltando por la charca. —Enfatizo doña Peta.

—Asustada, muy asustada, cuando sus alotas arroparon mi cara e impidieron a mis ojitos saber qué ocurría. Me asusté, mucho me asusté. —Finalizó Roli con un profundo suspiro.

—Pero es que estaba usted tan…

— ¿Triste y distraída? —Interrumpió Roli.

—Eso, muy triste, yo la vi. —Replicó mamá Peta, ahora con voz suave y calmada.

—No, no, no. Nada de nada me ocurría. Es que me preguntaba yo: ¿Qué le pasaba a los habitantes del rincón Agua Clara que están desbordante de felicidad? No es el cumpleaños de ninguno, ni la fiesta conmemorativa de la charca, no ha nacido ningún bebé y ellos están muertos de felicidad. Solo eso me ocurría. —Expuso Roli.

¡Qué alivio sintieron todos! Claro estaba que aquella no era razón para preocuparse. Todos se fueron riendo, la rana Roli no entendió y ellos no precisaban explicarle, pues los felices de la charca honraban su nombre cada mañana y todo el día sin importar las condiciones del tiempo, poniendo su granito de arena para preservar la felicidad de cada uno.

MILADY GONZALEZ, escritora de literatura infantil y juvenil, poeta, estudiante de la carrera de Educación mención filosofía y letras, residente de la comunidad de Jarabacoa, email milady@sosuanet.com

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