MILADYS GONZALEZ, escritora dominicana

Publico su cuento, pues tuvo la gentileza de enviárnoslo. Es una joven dominicana que ya tiene varios libros dedicados a los niños. Su narración me parece completa, con todo lo que tiene que tener un texto dirigido a la infancia: diálogos y agilidad. Este viene con moraleja y transmite una cierta serenidad frente al aprendizaje de temas tan contundentes como la muerte. Lo dejo para que disfruten y alienten a Miladys por su oficio tan necesario en nuestro país.


Cigarra, Cigarro.
Sentado en lo más alto de la rama de un árbol, se encontraba don Cigarro.
Aleteaba a tal velocidad que sería imposible para el ojo humano ver sus alas, su cara roja como pimiento y su abdomen a punto de explotar. Cantaba el Cigarro, cantaba para su amada que desde lejos, y de reojo, lo miraba de vez en cuando.
-Cállese ya -dijo una vocecilla-. Estoy cansada de no poder dormir. Su canto es tan agudo, tan estruendoso y tan molesto que, desde que empezó el verano, ha sido un infierno este lugar.
Don Cigarro no entendió de qué se trataba aquella alharaca, pero así y todo escuchó en silencio las quejas de aquel ser diminuto que desde una rama le gritaba.
-Es usted tan pequeña, arañita de las nubes, que he tenido que hacer un esfuerzo para saber quién me hablaba.
La arañita se sintió ofendida, molesta e insultada. Corrió con todas sus fuerzas por la hojita que le hacía de hogar y al tocar el borde de la hoja se deslizó por su hilo de seda hasta llegar a donde estaba el Cigarro. De modo que quedó suspendida en el aire y frente a su cara le dijo.
- Yo soy una arañita. Soy pequeña, sí, es verdad que soy pequeña. Pero usted compárese con un búho y verá que es tan pequeño como yo. Sin embargo ni los búhos hacen tanto ruido como ustedes las cigarras.
Apacible y primoroso, el Cigarro estiraba sus translucidas alitas, acariciaba cada contorno de aquella delicadeza. Por un momento la arañita sintió que la ignoraba, por eso se balanceó hasta quedar frente a frente a los que en ese momento le parecieron unos ojazos a la arañita.
- ¿Qué le pasa? Le estoy hablando -dijo la arañita al cigarro.
- Discúlpeme, arañita de las nubes. Es que tengo una cita con mi novia mañana y tengo que estar impecable. ¿Sabía usted que cuando canto, le canto a mi amada?
- Es usted un descarado. ¿Me esta diciendo que solo cantan para enamorarse los cigarros? ¿Y las cigarras no cantan?
- No, las hembras no cantan, solo los machos cantamos y lo hacemos también para alertarnos cuando hay peligro. Pero la verdad es que la razón principal de nuestro canto es el amor.
Al expresarse así don Cigarro la arañita vio que era sincero. Y por un momento olvidó todo el insomnio que había padecido todo el verano. Pero recapacitó y entonces le dijo:
- Mire, don Cigarro, el amor es maravilloso, pero yo necesito dormir, deje de cantar, aunque sea por una noche, deje de cantar.
- No puedo dejar de cantar, si no canto no me caso con mi novia, y si no me caso no tendré hijos, y si no tengo hijos no dejaré mis castas en este mundo.
- Ni que fuera a morirse usted mañana, don Cigarro.
La arañita estaba segura que la engañaba y que su actitud era solo por fanfarronear.
- Machos. Todos son iguales. No importa que tan pequeños sean, siempre quieren ser el mejor de todos.
Más que un reproche aquello era un lamento de la arañita.
- Arañita de las nubes, perdone usted la impertinencia, será por poco tiempo que nuestro canto continuará, solo quedan unas semanas del verano, todos los cigarros nos iremos y, como ya le dije, las cigarras no cantan.
La arañita de las nubes dio media vuelta, resignada, sabía que tendría que escucharlos lo que quedaba de este verano y el siguiente si ella continuaba allí.
En su pequeña hoja en lo mas alto del árbol esperaba la arañita que terminara el verano, unas semanas que se hicieron eternas como el infinito, no muchos durmieron en aquel tiempo, porque aquel verano fue tan habitado por cigarras que a penas hubo espacio para los demás insectos y animalitos que vivían en aquel rincón del patio.
Pero como todo pasa, pasó el verano, y feliz la arañita de que hubiese terminado se deleitaba en sus habitáculos entre tejidos como una gran maraña de hilos invisibles.
Una mañana mientras tejía su casa nueva, la arañita de las nubes vio al búho dormido en una de las ramas más ocultas del árbol. Despacio, como acechándolo, se acercó a él, dio varias vueltas tratando de decirle algo, pero temerosa de despertarlo, asustarlo y que la aplastara con su enorme pata no dijo nada. Cuando comenzaba a cansarse hizo un minúsculo ruido como limpiándose la garganta, el búho, ave de sueño pesado durante el día no la escuchó, ella hizo el insignificante ruido una vez más, pero el búho continuaba profundamente dormido. La arañita de las nubes subió hasta una rama que se encontraba por encima de la cabeza del búho, después de mucho esfuerzo llegó al tope, ató su hilo de seda y se deslizó hasta quedar enfrente de la cara anteojos del búho, entonces con dos de sus patas lo tocó suavemente, el búho se acomodó sin notar el suave toque, y ella, ya cansada de la hazaña, gritó con todas sus fuerzas.
- Despiértese ya!.
Con toda su calma y sin notar la existencia de la arañita de las nubes, el búho estiró sus alas y una de sus patas y bostezó. Aquel bostezo asustó enormemente a la arañita quien se vio camino al estomago del búho y sin regreso.
- Hola, Señor Búho.
- Ohhh! Arañita de las nubes ¿cómo estás?
- Muy bien, muy bien. Lo veía yo dormir y me decía qué tranquilos estamos desde que se fueron las cigarras.
- Sí, las pobres. Los machos solo viven un verano. Después que se casan, se mueren todos los cigarros, y las cigarras se quedan solas a cuidar a sus hijos.
Una risa retraída y perturbada se escapó de la garganta de la arañita quien en aquel momento quedó perpleja ante tal noticia.
- Señor Búho, ¿cómo puede usted inventar tal atrocidad? ¿Piensa que le voy a creer que todos los cigarros que estuvieron aquí no hace una semana, cantando como si se fueran a morir…Un recuerdo de don Cigarro la hizo entender la verdad... Están muertos. Y terminó su frase con una expresión mezclada de tristeza y pesar.
- No puede ser. Pero, Señor Búho, eso es una crueldad. ¿De qué sirve que vivan entonces?
- Son las leyes de la naturaleza, mi querida amiga. La muerte es un acontecimiento natural que nos pasa a todos. Unos primero, otros después, pero al final es solo un ciclo.
- Pues yo pienso que si las cigarras solo vienen a este mundo a cantar para casarse es un desperdicio de la existencia.
- ¿Qué haces todo el día, arañita de las nubes? -preguntó el búho enfadado. Aquel modo de valorar la existencia de una cigarra no le pareció a él que fuera apropiada.
- Yo no molesto a nadie por lo menos. Esas cigarras… Perdón, los cigarros, no paran de cantar, y no cantan como los pájaros que deleitan en las mañanas, cantan sin ton ni son, es desesperante.
- Aun así tienen su utilidad, y que tú o yo no la conozcamos no quiere decir que sean inútiles.
- Pues si usted lo dice debe tener razón, usted ha vivido más que yo, es un ave de la noche que debe conocer bien de estas cosas.
El búho se sintió aliviado al escuchar la respuesta de la arañita y la miró compasivo de su inexperiencia y su ignorancia.
- Señor Búho, ¿Por qué no me cuenta más de las cigarras? ¿A dónde se van las madres con sus hijos?
- Ponen sus huevos en árboles, y esperan hasta el próximo año para reaparecer. Hay unas cigarras que se tardan diecisiete años en reaparecer, son de los insectos los que más tiempo de vida tienen.
La arañita se quedó admirada. Y con marcada tristeza dijo:
- Yo conocí a un cigarro cantor. No fui muy amable con él. Me arrepiento ahora que se adonde se fue.
- Yo también conocí a un cigarro, pero este no era cantor. Era mudo.
- ¿Mudo? Oh no. Eso si que debió ser terrible.
- Sí, mucho. No pudo casarse nunca. Ninguna cigarra quiere casarse con un cigarro que no cante. Con su canto demuestran su fortaleza, las cigarras no quieren hijos débiles que no canten. El propósito de un cigarro es ser feliz, igual que el propósito de todos los seres del mundo.
- Qué triste debió estar el cigarro.
- Muy triste. Pero yo le conté la historia de una mariposa que nunca pudo volar.
Los ojos de la arañita parecieron saltar de su cara.
- ¿Una mariposa sin alas?
- Sí, sin alas. Pero no por faltarle sus alas deseó morirse. Hizo su vida normal, y cuando se casó tuvo hijos hermosos que sí tuvieron alas.
- Señor búho, ¿y usted es feliz? -preguntó la arañita. Aquella pregunta sorprendió al búho quien pareció visiblemente turbado.
- La verdad es que todos vamos en busca de algo que nos haga felices siempre. Yo sin embargo no busco nada que me haga feliz, porque todo lo que puedo necesitar lo tengo. Está dentro de mí.
- ¿Y qué es eso? ¿También yo lo tengo?
- Todos lo tenemos. No importa el tamaño que tengamos. Es un gusanito. Es el gusanito de la felicidad. Lo que pasa es que también tenemos el gusanito de la desconfianza, de la tristeza, de la ignorancia, además del gusanito de la felicidad tenemos otros gusanitos que luchan constantemente en contra del héroe de la vida. Solo hay que tenerlo presente y saber que el gusanito de la felicidad está por encima de cualquier otro gusanito.
La arañita se mostró dudosa. Y el búho le dijo.
- Ves, ahí está ese gusanito de la duda. Una carcajada de la arañita iluminó el solemne momento. - Tiene usted razón, Señor Búho. Yo también tengo ese gusanito de la felicidad.
El búho comenzó a dormirse mientras la arañita continuaba su conversación. Su vocecilla parecía cantarle una canción de cuna al búho. Cuando la arañita lo vio profundamente dormido, escaló su hilo y volvió a su trabajo. Tenía que aprovechar la tranquilidad del verano porque cuando llegaran las cigarras cantaría con ellos hasta quedar completamente ronca.
-- Milady Gonzalezmilady@sosuanet.com

Comentarios

anayansi ha dicho que…
La conozco, ya he leido otras obras de ella, es fantastica. Leanlo!! AC