martes, 9 de septiembre de 2008

¡APARECIÓ CHUIC!


Dibujo de mi sobrino, Wolfrang Michael Eberle Ng (Loby), cuando tenía 5 años. Ahora tiene 23 y se fue a estudiar chino mandarín. Te extañamos Loby.
Posted by PicasaLa Alegría de Vivir

Chuic era un murciélago chiquito de San Cristóbal.
Claro que no era bonito, pero su mamá le dio tantos
besitos cuando lo amamantaba, como mosquitos le puso en
el hocico para enseñarlo a cazar, y nunca tuvo tiempo de
pensar en el asunto de la belleza.
Feo o bonito, era fuerte, saludable y, por supuesto, un
gran cazador de insectos y mejor fructívoro, o lo que es lo
mismo, comelón de frutas.
Chuic pensó en los amigos de la cueva. Ese día habían
apostado: quien comiera primero trescientos mosquitos,
ganaría los sabrosos mangos de la finca de doña Rosa, la
más grande de la provincia.
Lanzó un agudo chillido. El sonido avanzó en ondas,
evitando que chocara con los árboles, edificios o palos de
luz. Simplemente, las vibraciones avanzaban sin obstáculos,
indicando vía libre o chocaban con algo y se devolvían por
donde Chuic no podía pasar.
La noche estaba oscurísima. Capturó una mariposita,
¡ummm!; otra, ¡aaaah!, después un mosquito y... ¡tran!
¡Tremendo choque con el tronco obeso de una mata de
almendra!
Todo adolorido e inconsciente, fue encontrado horas
más tarde por Plin, Llin y Long, sus mejores amigos.
-¡Ay, Chuic, se te dañó el radar! -se lamentó Long,
compasivo.
-Llevémoslo donde Galena*, la lechuza. Ella sabrá qué
hacer -sentenció Plin, demostrando su sentido práctico.
-¡Rápido, vamos! -resolvió Llin.
Cada uno lo tomó por donde pudo y emprendieron el
vuelo. Así lo llevaron donde Galena, completamente
desmayado.
-Manténganlo en observación. -recomendó ésta
mientras le aplicaba hojas medicinales sobre los
magullones.
¡Pobre Chuic! Cuando despertó, sintió su hociquito
deformado y se puso muy triste. Se deprimió, es decir,
agregó a sus golpes físicos un problema del espíritu. Sufrió
temblores, perdió sus reflejos y como estaba fatigado o
cansado, casi ni se movía.
Chuic se sentía fracasado, perdido en la terrible
claridad del día.
-¡Ay de mí! -lloraba. -Ahora no soy más que un simple
ratón. Me pondrán un lazarillo. Perderé mi preciosa
libertad. No podré comer mangos, ni guanábanas, ni
manzanas de oro... ¡y ni hablar de la emoción de capturar
mosquitos en el aire! ¡Buaaah! ¡Estoy sordo! ¡Buuaah!
Tres días y tres noches lloró Chuic. No comió, no
bebió, no habló.
Todos estaban desesperados, porque no hay peor
ciego que el que no quiere ver. Chuic estaba negativo,
quejoso, pesimista... había que abandonarlo, ¿verdad?...
-¡No! -gritó Long. -Ahora es que Chuic nos necesita.
Vamos a convencerlo de que su problema tiene solución.
Así, idearon un plan. Se turnaron para leerle,
conversar, ponerle una musiquita y así no dejarlo solo ni un
momento. Le llevaron frutas en delicioso coctel. Le pasaban
las alitas por el cuerpo. Sin Chuic en el grupo, la diversión
no existía. Tenían que hacerlo reaccionar.
Sin embargo, Chuic seguía ausente de todo, con la
mirada perdida y completamente inmóvil.
Fue entonces que los tres amigos decidieron algo
extraordinario.


Una noche de luna llena, iluminados por su mágica luz,
tomaron a Chuic por dos de sus cuatro patas, extendiéndole
cuanto pudieron el patagio, la membrana que une los dedos,
patas y cola de los murciélagos. Volaron a toda velocidad,
alto, muy alto, y cerca de la mata de mango más olorosa
que encontraron, lo soltaron.
Chuic cayó al vacío con los ojos muy abiertos. Sintió
que iba a morir. Caía pesadamente en el abismo oscuro con
las alas plegadas... Entonces, lanzó un tremendo chillido,
despidiéndose de las frutas maduras y la amistad sincera.
¡La noche le devolvió en eco todos los tonos de su grito!
Abrió sus patas. Planeó como siempre lo hizo. Subió,
bajó, mordió las CBfrutas... Se enfrentó a la oscuridad
buscando a sus amigos, que victoriosos, volaban a su
encuentro.178

Cuando regresaron a la cueva, el quiróptero herido
había desaparecido. En su lugar estaba de nuevo el más
valiente y bullanguero Chuic, con toda la alegría de vivir
apostando a que se comería todos los mangos de la finca de
doña Rosa.%^


* Galena, como Galeno, el médico de la antigüedad que le dio su nombre a los doctores de hoy.

Conozcan a Laura Reyes, escritora de 7 años